El desafío de las redes sociales

Carlos D. Mesa Gisbert
El futuro ya no es lo que era, el mundo no es lo que era, nuestro cerebro tampoco. Estamos viviendo el momento más vertiginosos de la historia humana, caracterizado por una revolución abrumadora de la comunicación, cuya expresión más destacada -qué duda cabe- son las redes sociales. Cuando la brumosa autopista de la información (una iniciativa desarrollada con fines militares, para variar) comenzó a despuntar en el ocaso de los años 80 del siglo pasado, era imposible suponer que sería uno de los aportes tecnológicos más importantes de la historia.


El internet se convirtió en una plataforma de un poder inconmensurable que conectó al planeta de un modo no sospechado y con una perspectiva potencial prácticamente ilimitada. El cambio marcó algunos rasgos definitorios. Uno de ellos fue la interacción que hizo realidad un mensaje bi y multidireccional, que antes era sólo una opción teórica y de aplicación limitada.

El otro -quizás el más importante- la transformación de las identidades individuales. Una persona es, no en tanto tiene una identidad reconocida por el Estado, a través de una cédula que lo hace "existir”, es en tanto posee un celular. El celular es una prolongación de la persona, no sólo un instrumento de comunicación, sino un instrumento que se ha convertido en imprescindible, como extensión de uno mismo.

La idea de que cada ser humano en el planeta tenga un celular parecía el delirio de algún iluso, hace menos de 15 años, hoy hay cinco mil millones de celulares en el mundo (no todos, es cierto, celulares "inteligentes”).

¡Más del 70% de la población de la tierra tiene un aparato! En muy poco tiempo llegaremos al 90%. La mundialización de las comunicaciones ha dejado de ser una expresión retórica para convertirse en algo tangible.

Esa personalización se combina con la existencia de instrumentos como los motores de búsqueda (Google) y las redes sociales que nacieron a mitad de los años 90, con Geocities, hasta su verdadera explosión en el primer lustro de este siglo, con Facebook, Twitter, Whatsapp y el largo etcétera de otras opciones parecidas.

La verdad de Perogrullo, que no por repetida deja de ser cierta, es que, como cualquier instrumento técnico, las redes, igual que el cine la radio y la televisión, no son malas o buenas intrínsecamente, son extraordinarias herramientas que pueden ser usadas en cualquier dirección. Pero lo que está fuera de duda es que son una de las expresiones más totalizadores de la libertad de expresión que haya concebido el ser humano jamás.

La dinámica, velocidad, número e intensidad que las redes le han impreso a esa idea, la de poder decir libremente lo que se piensa, ha colocado a la humanidad en un estadio que no conocía. Igual que desde que se descubrió el foco incandescente, está fuera de toda consideración suponer que a alguien se le pueda ocurrir desconectar la red eléctrica, es insensata cualquier posibilidad de desconectar las redes.

El que alguna nación, más grande o más pequeña, limite y censure parcial o casi totalmente el uso de las redes es un espejismo. La fuerza de estos medios es tal que rompe y romperá toda barrera y todo muro. No tiene sentido alguno pretender siquiera una regulación a las redes.

El costo que pagamos a cambio del beneficio del que somos acreedores es alto, desde mecanismos de difusión de ideas irracionales, conspiraciones para delinquir, organización de grupos terroristas, apología del delito y del crimen, hasta -es el caso de nuestro coyuntura electoral reciente- la reaparición del racismo, el sexismo y el machismo más descarnados, pero será siempre un costo mucho menor que lo que representa para la libertad.

En la medida en la que la propia tecnología lo permita, el rastreo del origen de determinados mensajes amparados en el anonimato debe hacerse de modo claro para aplicar la justicia a partir de leyes que ya existen para delitos que son iguales, pero que se cometan en la red o fuera de ella. Pero suponer que una limitación, una restricción o una censura abierta es la respuesta a esos excesos es una ilusión y -lo que es peor- es una forma inaceptable del ejercicio de un poder represor sobre un derecho fundamental de las personas y la sociedad.

Es, sin embargo, imprescindible que reflexionemos sobre los demonios que han aflorado en estos meses crudos e implacables de campaña política. Tanto en las filas de los impulsores del Sí como los del No, se ha hecho -en muchos casos- un uso cobarde de las redes para agredir y dañar la dignidad de personas, organizaciones y autoridades, sin otro argumento que el adjetivo descalificador, el insulto, la media verdad, la mentira o el falso "humor” que disfrazaba muy mal un racismo visceral.
La defensa militante de la libertad en las redes debe ir de la mano de la conciencia de lo mucho que queda por hacer para que nuestra sociedad destierre las peores taras de un pasado colonial, discriminador y excluyente.

Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.

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