Cómo ganó Boca el Superclásico desde lo táctico
El Xeneize venció a River por 1-0 en un partido condicionado por la expulsión temprana de Lucas Martínez Quarta. La tenencia pausada y las modificaciones de Arruabarrena fueron las claves de un triunfo clave en la pelea por la tabla anual.
Arruabarrena paró un equipo que partió desde una premisa clara: dominar la posesión a partir del habitual trinomio Delgado-Paredes-Ascacíbar y ser ancho y profundo con los laterales Lautaro Blanco y Leandro Lozano y los extremos Sebastián Villa (por izquierda, a perfil invertido) y Leonel Flores (por derecha, a pie natural). Sin mayores sorpresas más allá de la suplencia de Alan Velasco (anunciado en la previa como reemplazo y matiz de la explosividad de Flores con su juego entre la raya y el centro), la intención del Vasco fue ser protagonista desde el primer momento. El resultado: lo esperado.
Desde la primera salida, un movimiento fue recurrente: la búsqueda de Miguel Merentiel, delantero incansable y exigente con espacios, entre Lucas Martínez Quarta y Nicolás Otamendi. Al principio ruta apurada, una buena salida de Boca por abajo con Milton Delgado apoyando a Leandro Paredes (marcado por Thiago Almada); Leandro Lozano rompiendo por adentro; y Santiago Ascacíbar a una altura superior (y no tomado a tiempo por Otamendi) le permitieron a la Bestia enfilar hacia el arco de Santiago Beltrán. Martínez Quarta, último hombre mal perfilado, lo derribó para frenarlo. El VAR corrigió la no sanción inicial del árbitro Nicolás Ramírez y el central fue expulsado. El paisaje del partido cambió total y prematuramente a los 10'.
Si River pretendía presionar alto en un 4-3-1-2 estrecho, semejante cimbronazo provocó que Leonardo Ponzio ajustase el sistema: la salida del punta Lucas Beltrán por el zaguero zurdo Lautaro Rivero provocó el reajuste a un 4-4-1. Ángel Correa libre como único punta, Almada retrocediendo por izquierda, Tomás Galván cerrado junto al juvenil Lucas Silva y Tobías Andrada abierto por derecha configuraron un bloque bajo que el Xeneize debió atacar con paciencia.
La circulación pausada, aunque poco inspirada y con la entrelínea vaciada (producto de la amplitud máxima de ambos extremos), fue la tónica general del primer tiempo. Hasta que una recuperación de Merentiel sobre Silva (visiblemente superado bajo presión) devenida córner, un centro abierto de Villa desde la derecha hacia el centro y la cabeza del embalado y enrachado Lautaro Di Lollo desequilibraron el trámite. De allí en más, fue todo de Boca. La poca efectividad en los contragolpes, minimizada por sendos cierres de Rivero, conspiró contra un marcador más amplio.
Una de las fortalezas de Boca estuvo en la conexión Flores-Ascacíbar por derecha. Abierto para buscar el mano a mano contra un recién recuperado y veterano Marcos Acuña uno y cerrado en una zona intermedia para tocar, ir y llegar el otro, su pequeña sociedad fue un gran problema para el bloque de River, condicionado y abierto en cada salto de presión por la inferioridad numérica. Y por la poca vocación defensiva de Galván, cuya espalda fue un oasis de pocas pero muy influyentes recepciones del Ruso.
Ponzio tomó nota y, con la salida del expuesto Silva y el ingreso del conductor Lautaro Pereyra en el entretiempo, el ex-Tigre pasó a la derecha y su lugar en la base lo ocupó Almada, retrasado para tocar más pelotas y hacer que su equipo respire. El problema de fondo (la cobertura del espacio entre líneas) siguió existiendo. Arruabarrena, precavido al quitar al amonestado y diestro Facundo Jagger Herrera por el zurdo Ayrton Costa, no tardó demasiado en darle ingreso a Velasco para explotarlo. Y Flores, de gambeta insinuadora pero imprecisa desde la vuelta contra Vasco da Gama en el Maracaná, fue el sacrificado.
Con el ex-Independiente en cancha, las distancias entre Paredes y los delanteros fueron menores y las ventajas por adentro, mayores. Así es que se vieron más recepciones y transiciones. Al ingreso espejado de Sebastián Driussi (escoltado en la misma ventana por Juan Cruz Meza), el Vasco respondió con la entrada de Enner Valencia. Referencia más clara que Merentiel, el ecuatoriano arrancó y aguantó la pelota en la jugada de la expulsión de Gonzalo Montiel, la segunda para River. Lautaro Blanco, con la banda izquierda despejada por Velasco, avanzó y sufrió la barrida a destiempo del lateral, más protagonista por su salida de la cancha que por su juego.
Con la ventaja sostenida en el resultado y ampliada en la cancha, el ingreso de Carlos Palacios por Villa respondió a la necesidad de cerrar el partido defendiéndose con la pelota; la de Tomás Belmonte (recuperado de una lesión de meniscos) por Paredes, para dosificar al capitán y símbolo y recuperar a un cobertor de espacios. Lo cierto es que el 4-2-2 diezmado de River no pudo activar ningún contragolpe y Boca tampoco se exigió. El Superclásico ya estaba garantizado.
Otros tiempos hubieran augurado dificultades aun con todo a favor. Pero esta versión del Xeneize, viva (aunque no consagrada todavía) en todos los frentes, ha acostumbrado a sus hinchas a que el temple sea su lógica y el resultado, una consecuencia de ello. El fútbol lo favorecía en la previa y lo favoreció en el desarrollo. Y el ruido (que es eso, un estímulo externo que no influye decisivamente en lo que sucede en el juego) no puede taparlo.


