Opinión / Jugar hasta morir
Todos podemos engañarnos, pero un futbolista no puede dejar de serlo jamás.
La retirada de los futbolistas, obligados a dejar de hacer lo que mejor saben a una edad aún temprana, bulle estos días de lágrimas de Messi en su emotivo adiós a la selección, de berrinches egoístas de Cristiano Ronaldo tras ser humillado por su seleccionador (hay formas más valientes de hacerle saber que ya no le quieres), de adiós con retorno al Camp Nou de Pedrito, de declaraciones de Modric sobre su posible futuro en el Real Madrid, un club con tantas leyendas que no le puede ofrecer tarea ni sueldo a todas.
De entre tantas despedidas, aparte de la de Abdón Porte, que se suicidó allá por 1918 por no querer perder su sitio en el once de Nacional de Montevideo, me fascina la más tramposa, la del que se engaña a sí mismo: el caso del jugador-entrenador (¿con los años va mutando a entrenador-jugador?), poco visto en España, donde la reglamentación no lo permite desde hace décadas. El mítico ariete César, héroe alopécico, lo hizo en el Elche a finales de los 50, como el canario Campos en el Sporting.
El gran héroe del Liverpool, Kenny Dalglish, anunció que cogía al equipo al día siguiente de la tragedia de Heysel en 1985. Pero no dejó de jugar, en un tiempo en el que, para más inri, solo había un reserva en el fútbol inglés (los dos cambios no llegaron hasta 1987). Marcó goles importantes durante cinco años entre la caseta y el verde, hasta colgar las botas. Pero desde el banquillo siempre entendió de quién era el fútbol: “Yo no les lideraba, ellos me guiaban a mí”, decía el entrenador campeón con el brillo en los ojos del que sabía que moriría siendo futbolista.


