La libertad de Marcos Llorente

El jugador y compañía han ejercido su libertad, pero el resto también podemos hacer uso de la nuestra para reprobar su comportamiento por inapropiado.

Gemma Herrero
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Como Marcos Llorente vive en un país donde el derecho a la libertad de expresión está garantizado puede utilizarlo como quiera. Así, de paso, también queda retratado. No habían pasado ni dos horas desde el trágico accidente ferroviario de Urda cuando el futbolista publicó en su cuenta de Instagram un mensaje que fue compartido más tarde por compañeros de profesión como Carvajal, Courtois, Baena o Joselu.

Ni una mención a las víctimas —que en ese momento ni siquiera se sabía cuántas eran— ni a sus familias que ya entonces intentaban localizar desesperadamente a sus seres queridos, ninguna información sobre el teléfono de atención o los puntos de donación de sangre, ninguna palabra de apoyo para los que en ese momento intentaban salvar vidas y atender a los afectados. Su escrito tenía un único destinatario, el ministro de Transportes Óscar Puente y una única intención, señalarlo como culpable cuando aún no se sabía ni qué había sucedido con evidentes fines políticos. Esa fue su primera reacción y según iban pasando las horas ni lo borró, ni se retractó.

La publicación, por supuesto, se hizo viral. Marcos Llorente tiene casi tres millones de seguidores y sus colegas de profesión que la compartieron no le andan a la zaga. Son figuras públicas con gente que les admira, sus palabras tienen resonancia, son referentes para muchos y no tiene pinta de que hayan reflexionado en algún momento sobre su privilegiada posición en la sociedad. Que en una mañana terrible donde cada noticia era peor que la anterior, que en medio del dolor no respeten el duelo, los tiempos, que no piensen en cómo pueden ayudar y lo único que sean capaces de expresar sea odio es, sobre todo, una auténtica pena.

Marcos Llorente y compañía han ejercido su libertad, pero el resto también podemos hacer uso de la nuestra para reprobar su comportamiento por inapropiado. Un poco de humanidad, de empatía, es lo mínimo que se les puede pedir.

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