La herida abierta de Messi
En el Barcelona le hurtaron esa posibilidad porque no decidió él cuándo irse y de qué manera: le echaron...
Entre la oleada de emociones que ha provocado su marcha la predominante es la gratitud. No es exclusiva de los argentinos, sino extensible a cualquier coetáneo que haya tenido la suerte de disfrutarlo en vivo y en directo terminando por un último Mundial memorable en el que todo parecía posible hasta que se topó con España. En el cómo ha construido su carrera y no sólo en el qué a pesar de sus extraordinarias estadísticas está la clave. Porque detrás de los 208 partidos con Argentina, 126 goles, 70 asistencias, el récord de seis mundiales - incluidas tres finales de las que ganó una-, dos Copas de América y una medalla de oro en los Juegos Olímpicos, estaba un tipo introvertido, poco amigo de discursos, con alergia a los medios a los que se dirigía con un hilo de voz y que jamás se proclamó a sí mismo como el mejor del mundo aunque indiscutiblemente lo fuera.
Messi ha chorreado el aura del que ahora hablan y tanto ansían los jóvenes sin hacer ningún aspaviento ni gesto viral de TikTok. Lo ha hecho a su manera. En el Barça le hurtaron esa posibilidad porque no decidió él cuándo irse y de qué manera: le echaron. Su última imagen en el Camp Nou es de madrugada en un estadio en obras y sin afición que pudiera agradecerle. La anterior es la de un Messi desconsolado en rueda de prensa sin entender cómo le podía estar pasando algo así. Es una herida que continúa abierta. Y sigue siendo una pena.


