River le ganó de manera agónica a Atlético Tucumán y sigue en racha
El equipo de Ponzio volvió a ganar, se acercó a las Copas y sumó su tercer triunfo al hilo. Pese a que se complicó, se llevó los tres puntos a puro empuje gracias al gol de Almada.
Porque pese a todo, River ganó. Trepó posiciones en las tablas, se acercó a las Copas, se alejó de los zarandeos más críticos del semestre. Dio la sensación de avanzar, de poder abrir bloques cerrados con juego (como en el 1-0, con participación colectiva antes de la definición de Tobías Andrada) pero también con un bonus track de rebeldía: la arremetida de Meza, el empuje hasta que llegó el gol de Almada. Un desahogo con convicción, algo completamente necesario después de los mamporros acumulados. Aunque también dejó una sensación: de que para graduarse definitivamente de equipo sólido aún tiene que superar ese déficit que viene de arrastre. Para no seguir con los cover de los trámites ante Vélez (2-2), Santa Fe (1-1), Banfield (2-3), Independiente Rivadavia (3-1), además del 2-1 en el bravísimo José Fierro.
El gol de Andrada parecía haberle dado a River la tranquilidad necesaria en un contexto adverso: el campo pesado por el diluvio, un Julio Falcioni enfrente siempre hábil para blindar tácticamente a sus equipos en condiciones desfavorables. Lo único que parecía poner en riesgo el triunfo de River era su tendencia a no cerrar los partidos.
Un River que logró ganar su tercer partido al hilo pero que estuvo a un empellón de orgullo de volverse de Tucumán con un empate producto de su constante coqueteo con la complicación propia. Por errores de lectura en la fase defensiva (un pelotazo frontal alcanzó para que Canelo le ganara la posición a Martínez Quarta y definiera al poste izquierdo). Y también por una costumbre por lo pronto peligrosa de defender las pelotas detenidas demasiado cerca de la línea de gol. Lo aprovechó Clever Ferreira, lo que puso en jaque a un rey que dejó venir a los alfiles. Que en el segundo tiempo prescindió del juego simple que pregona su deté, pero que se acomodó a tiempo.
El grito de Ponzio, el estallido en esa última jugada que terminó en el gol de la victoria, marca la pauta de lo transformadora de una victoria que deja enseñanzas y a la vez un robustecimiento de la convicción.
Porque pudo dominar, River. Porque siguió explotando a sus jugadores más importantes. Porque coqueteó con la dificultad y se repuso, resiliente con el reloj jugándole de contragolpe, para conseguir ese triunfo que necesitaba después de siete años en el Jardín de la República. Un equipo que, es cierto, volvió a exponerse a un castigo y casi lo paga caro, pero que se levantó. Y ganó. Y demostró que tiene combustible como para seguir creciendo.


