Atlético - Villarreal Primero los pitos, luego el silbato
Pubill adelantó al Atleti en el partido del juicio a Julián, que jugó media hora y fue abroncado por la afición. El Villarreal remontó con dos penaltis. Giuliano igualaría al final. Le Normand, expulsado.
AsEl Submarino pescó un punto en las aguas revueltas del Metropolitano. El partido del juicio a Julián terminó siendo el primer revés en la temporada de un Atleti atado a otro silbato: el del árbitro.
Este fue un partido que comenzó antes de que el balón comenzara a rodar. Cuando los equipos estaban aún en los vestuarios y en la megafonía se recitaban los nombres de los futbolistas por jugar. En el banquillo del Atlético ya ese que con esta afición ya no se quería encontrar por soñar con el Barça. Julián Alvarez. Cuando su nombre se dijo y su foto apareció, el aire se llenó de silbidos que cortaban como esquirlas punzantes en la tarde despejada. Así recibe el Metropolitano a quien le traiciona. Y Julián lleva todo el maldito verano rompiéndole el corazón.
En el Atleti se habían acabado los onces de circunstancias aunque siga con jugadores sin forma física. Enfrente, un rival de Champions al que recibía sin chavales. Pubill se estrenaba en la temporada mostrando que, una estrella después, la vida sigue igual: la primera vez que el Villarreal se presentó ante Oblak evitó con el muslo el gol de Pepé. Ocupaba el campeón del mundo su sitio natural en el campo, el lateral derecho, en una línea de cuatro con otro campeón del mundo en la izquierda, Grimaldo, en un once con otras dos titularidades observadas con ganas. Una, de la de Hjulmand con Koke en el medio, para descanso de Barrios. Otra, la primera de Kang-in.
El Atlético salió con balón, intención y un problema: no tiene 9. A Ademola ese traje le queda grande. Se pierde. Desaparece. La apuesta por Lookman como delantero es jugar con uno menos. Los desmarques al espacio, ciencia ficción, pura utopía. Y eso que el coreano a cada balón que tocaba mostraba que guarda un catálogo infinito de recursos en la bota. Presiona, se revuelve, hace la cobertura. Y luego, cuando mira a portería, lo hace con el pase de Griezmann entre líneas. El Villarreal que había salido sin que Iñigo modificase el once del primer día en Santander, aguardaba agazapado, pero también preparado. Pepe insistía por la derecha buscando el centro para que Moleiro y Ayoze sorprendieran desde segunda línea. En la primera parte solo una vez les salió. Aquella en la que Pubill les cerró la puerta en la línea.
El Cholo seguía con el mando porque en verano ha encontrado un nuevo reloj, un danés con precisión suiza, ese Hjulmand capaz de multiplicarse, sólido en defensa y agresivo para recuperar el balón. Un tipo de esos que farmea aura solo con ponerse de pie. Pero el Atleti seguía teniendo un problema. A Lookman se le seguía haciendo de noche cada vez que pisaba el área. Y así se pasó la primera parte. Sin que ninguna buena intención subiera al marcador. Al descanso, por cierto, cuando los suplentes rojiblancos salieron a calentar, Julián iba entre ellos. El último. Con los pitos otra vez ahí, altos.
El descanso se hizo definitivo para Mendoza, con Baena apareciendo en su lugar tras el paso por la caseta. El que lo hizo como si acabase de tomarse un café fue el Villarreal, con Romero convertido en una amenaza para lucimiento de Oblak de todos los santos. El partido de ida y vuelta, con los de Iñigo Pérez mejor y de pronto todos los ojos en un lugar donde no había fútbol. La banda cercana al córner del fondo sur: Julián acababa de salir a calentar. Los pitos volvían a envolverle como si fuera su nueva camiseta. Unos pitos que subían de intensidad tras una señal del Cholo. Había llamado a tres hombres de ese lugar. A Llorente, Barrios y Julián. En ese momento en que Pubill se soplaba la bota para regalarle al Metropolitano su tercer golazo desde fuera del área en la temporada, el primero del partido. Simeone sentó a Julián para dejar el triple cambio en doble, pero entonces lo que pasó es que Hjulmand empañaba su buen estreno con un penalti sobre Buchanan. Comenzaría el tiempo de la siguiente serenata. La del árbitro.
Gerard Moreno lo marcaría y Simeone volvería a llamar a Julián. Adentro con Barrios y Llorente. Volverían a lloverle los pitos en un larguísimo minuto y medio. La vida sigue, su destino es este y, si no lo quería, que no lo hubiera firmado hace dos años. Pero entonces el propio estadio descubrió que hay silbidos mucho más leves que hacen más daño. De nuevo ese que salía del silbato de Hernández Hernández. Le Normand empujaba en el área a Mikautadze para provocar que su escapada terminara con parada de de de Oblak. El árbitro dejó seguir hasta la llamada del VAR en la oreja y la pantalla. Penalti. Roja al central. Mikautadze marcó. El Atleti, de pronto, obligado a remar en un partido que había pasado de los pitos al silbato del árbitro. Julián, trotón, apenas tocaba balones.
El que los corría todos era ese que nació soñando Atleti. Un Giuliano que le puso lazo, con una definición perfecta, a una jugada con conducción y pase al hueco de Baena. Y rescatar un punto. En medio del ruido.


