Por una cabeza...

Angustiosa victoria de Wilstermann (2-1) sobre un inexpresivo Royal Pari, que se suicidó en la segunda mitad cubriéndose en exceso tras una lamentable exhibición de intrascendencia. La codicia cegó a su técnico y, al final, se fue con las alforjas vacías


José Vladimir Nogales
JNN Digital
El fútbol es juguetón con la suerte, pero no tanto como para impedir la victoria de Wifetermann (2-1) frente a un equipo decepcionante. El cuadro rojo mereció la victoria después de un arranque prometedor que también sirvió para manifestar las miserias de Royal Pari, que está en el agujero y será difícil que salga de allí. Ni siquiera le sirve la autoridad conductiva y estratégica de Roberto Mosquera, el entrenador que llevó al equipo a cotas insospechadas. Del adiestrador peruano se esperan equipos sólidos, bien armados para defenderse y una obsesión por el equilibrio. No es el caso de éste Royal Pari, inestable desde el primer momento del encuentro. Nerviosos y superados por el partido, sus jugadores cometieron toda clase de ingenuidades, incluida la cadena de fallos que derivaron en la madrugadora anotación de Álvarez. En el vigente subcampeón nacional existe gente de oficio, con experiencia y rodaje, pero casi todos parecían juveniles. Se encastillaron en el área y aguantaron el chaparrón de mala manera. De juego, nada.


Con la ventaja inicial, Wilstermann se convirtió en el único poseedor del esférico, controló con comodidad el medio campo y dispuso un juego vascular, de circulación continua y fluida, pero con mucha lentitud en el tramo final. En esa zona, los cruceños sí supieron qué hacer: enroque y a esperar una salida más o menos digna. Pero, de a poco, el dominio de los locales fue diluyéndose al perder tensión e intensidad, tornando rutinaria y predecible su propuesta ofensiva. Royal trató de meter la cabeza en el partido y, por fin, pudo disfrutar del balón, hasta entonces hegemonizado por su rival.

Wiístermann había entregado campo y balón, sin pudor, sin centro del campo y sin nadie que supiera templar el juego, los viejos defectos incrementados por la ausencia de socios para Chávez. Mas que controlar, Royal Parí empujaba. Su fútbol revelábase escaso, circunscrito al poder físico de John Jairo Mosquera y al trazo fino del brumoso Milano, evanescente en la zona de cocción. Sin mucho que generar a partir de un banal juego de posesión, Royal impuso su poder aéreo, usufructuando una de las muchas pelotas que los rojos le permitieron colgar en el tinglado de Giménez. Lanzamiento curvo, al palo opuesto, por donde cuatro hombres ingresaron sin vigilancia. Justiniano alborotó la apacible (tediosa) tarde otoñal con un perturbador cabezazo, 1-1.

Wilstermann se inquietó ante las dificultades que encontraba para progresar con balón controlado. Sin fluidez para circular, se atoraba en la gestión del juego, tornándose plano y pastoso. Faltaba sentido colectivo para descubrir por dónde se quebraba la defensa rival y fallaron las individualidades para conseguirlo. Serginho insistía en la gambeta infértil, Álvarez se sometía a los anticipos de los centrales y Galindo se aislaba sobre la derecha, sin constituir un desahogo. Chávez detectó el problema e intentó mover a los demás, pero el estatismo de los atacantes no le garantizaban la recepción del pase y, mucho menos, la devolución. Entonces, Wilstermann quedó encerrado en el centro del campo, con carencias para evolucionar colectivamente en la medular. Curiosamente, una decisión de Roberto Mosquera ayudó a solventar aquella insondable dificultad táctica: quitó un volante creativo (Velásquez) para, agregando un defensa (Brau), transmutar el ambicioso 4-3-3 de la segunda parte en un especulativo (y medroso) 5-4-1. Parándose excesivamente atrás (estacionó la defensa en la puerta del área), Royal permitió a los rojos colonizar aquél pedregoso territorio. A la intensidad del asedio, la visita respondió con densidad, pero sin firmeza posicional. Tapó deficientemente los flancos y empezó a padecer filtraciones. Con movilidad e insistencia, Wilstermann desfloró un esquema defensivo que, al enladrillar el perímetro, parecía no correr riesgos. A la posesión que, de facto, había sumido le faltaba acierto y lectura del paisaje. Luego de una lluvia de meteóricos balones, el más cotidiano de todos (disparado desde una esquina) encontró la cabeza de Montero y viajó a la red.

No obstante a la rigidez y pesadez adoptadas por un exceso de blindaje en su armadura, Royal se sintió optimista y, asumiendo la herencia de la iniciativa, comenzó a jugar en campo rival, principalmente porque recuperaba el balón con facilidad y porque no encontraba oposición en zona de volantes (concentró centrocampistas de juego, sin oficio para la recuperación que, de todos modos, Ortíz tampoco ofrece). Durante un ramillete de minutos, Wiistermann aguantó de mala manera el intenso ataque de Royal, que jugó con más decisión que ideas, explotando su poder aéreo. Eso ya se sabe. Es un equipo con graves limitaciones creativas, pero contundente en el aire. En ese arreón, dos balones en los postes, alborotaron un estadio al borde de la histeria. Triunfo al fin y al cabo, sangrante, pero sin indulto para Portugal.

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