Johana Bahamón actriz Colombiana cuenta su historia

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Tiene 19 tatuajes, me aclara; entre ellos, en su brazo derecho, un corazón y el nombre de su hijo, Simón, y en el brazo izquierdo las iniciales de las 12 mujeres que le cambiaron la vida.
A comienzos de 2012, Johana Bahamón Gómez era una de las figuras más populares del momento, gracias a su papel de Milagros Fontanarrosa, una mujer “exuberante en su belleza y desbordada en sus gustos, acostumbrada a ser el centro de atención”, de acuerdo con la reseña que el canal hacía de la serie Tres milagros, que terminó su temporada como el programa más visto de la televisión colombiana.







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Foto: Camilo Villabona
En la vida “real”, los medios especializados hablaban de una actriz exitosa, nacida en Cali, de voz ronca, cabello rubio y ojos color aceituna, que modeló desde muy pequeña (como un pasatiempo) y estudió Administración de Empresas en el CESA, pero decidió dedicarse a la actuación tras prepararse con Victoria Hernández (una de las “coach” de actores más exitosas del momento) y debutar en la exitosa serie familiar de los 90, Padres e hijos.
Foto: Camilo Villabona
En ese entonces era madre de un niño de tres años (hoy, además tiene una niña de 2), ex esposa de un cantante y novia de un ingeniero industrial dedicado a la banca, había aceptado hacer su primer topless para una revista y estaba a punto de cumplir 30 años. “Me parece lo máximo, siempre había querido llegar al tercer piso. A todas las mujeres les da miedo y se sienten más viejas, pero yo ya quiero llegar allá. A los 30 me va a pasar algo muy interesante, creo en mi instinto”, aseguró en una entrevista con la periodista Sandra Paola Rey para la revista Aló. Como una premonición.
Sus planes eran grabar una producción corta y, luego, tomarse un año sabático para dedicarse a la decoración y al diseño de vestidos de baño y ropa interior (sus intereses por aquel entonces), antes de retomar su carrera como actriz. No ocurrió.
Foto: Camilo Villabona
En octubre de ese 2012, gracias a su papel en la serie (que narra la vida de tres mujeres, nacidas el mismo día en diferentes ambientes sociales y marcadas por un destino trágico), Johana fue invitada como jurado en un concurso de belleza que se celebraba en la cárcel del Buen Pastor. “Nunca había estado en una cárcel -recuerda-, me llamó mucho la atención la invitación y, sin dudarlo un segundo dije que sí”.
Foto: Camilo Villabona
En octubre de ese 2012, gracias a su papel en la serie (que narra la vida de tres mujeres, nacidas el mismo día en diferentes ambientes sociales y marcadas por un destino trágico), Johana fue invitada como jurado en un concurso de belleza que se celebraba en la cárcel del Buen Pastor. “Nunca había estado en una cárcel -recuerda-, me llamó mucho la atención la invitación y, sin dudarlo un segundo dije que sí”.
Foto: Camilo Villabona
Suena a frase de cajón, pero la Johana que salió de esa visita a la cárcel era muy distinta a la que ingresó. “Uno sabe de la situación de las cárceles, del hacinamiento, de las malas condiciones, pero una cosa es verlo en el noticiero y otra estar ahí y vivirlo, sobre todo conocer a las personas que están ahí adentro”.
Tenía tres meses, calculó, antes de su próximo proyecto. Quería hacer algo (“no podía ser indiferente a esa realidad que acababa de conocer”), así que pidió autorización a la directora de la cárcel para montar una obra de teatro con las internas. Les pidió ayuda a algunos de sus amigos, para que dictaran talleres y dirigieran la obra, y durante tres meses fue casi cada día sin falta a la cárcel del Buen Pastor. “Quería compartir tiempo con ellas, conocer más sus historias”.
Foto: Camilo Villabona
Fueron 12 mujeres (las mismas cuyas iniciales están grabadas permanentemente en su brazo izquierdo) las que participaron en el montaje de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, dirigido por Victoria Hernández. “Cuando presentamos la obra en la cárcel eran 12 mujeres completamente diferentes, transformadas, empoderadas, con nuevos sueños, motivadas, con una sonrisa en la cara” .
MÁS ALLÁ DE LOS MUROS
Johana logró, por un tiempo, cambiar la dura rutina de la cárcel, pero quería más. “Cuando se me acabó el tiempo y tenía que volver a grabar le dije a mi manager (María Clara López) que no quería regresar a la actuación, que iba a seguir trabajando en la cárcel”. Su objetivo ahora era sacarlas de este lugar, que el público afuera (incluyendo sus familias) las viera de otra manera, presentarlas en las mejores condiciones: en un buen teatro, con un gran vestuario.
Ocho meses después la obra de lo que ya se conocía como Teatro Interno se presentó en la más icónica de las salas del Teatro Nacional, el teatro Fanny Mikey.
“Le dije a María Clara: ‘me voy a quedar otro año’, y al año: ‘no voy a volver a actuar’”. Sentada frente a una gigantesca mesa de reuniones, en la primera planta de una hermosa casa que alguna vez perteneció a un reconocido narcotraficante, Johana habla emocionada de sus cinco años de trabajo por la población carcelaria y postpenada. Lo que fuera una residencia, ubicada en un barrio bogotano tradicional, sometida a extinción de dominio por el Gobierno, y adjudicada al Instituto Nacional Penitenciario, hoy se llama Casa Libertad. Allí, en un convenio entre la fundación dirigida por Johana Bahamón (que cambió el nombre por Acción Interna), el INPEC, el Ministerio de Justicia y la caja de compensación familiar Colsubsidio, se ofrecen servicios de orientación laboral, atención psicosocial, asesoría para creación de empresas, educación financiera y una línea de crédito para las personas que salen de las cárceles. “Lo más importante es ayudarlos a que se puedan reintegrar a la sociedad de una forma digna”.

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