A Wilstermann le bastó con una etapa y luego se marchó
Los equipos por hacer son así. Avanzan y retroceden, entusiasman y sufren. Son inestables. Pero la victoria les inmuniza. Desde este domingo, tiene una más Wilstermann, que durmió líder en compañía de Real Potosí, aunque se tambaleó un tiempo en el intercambio de golpes con un San José embravecido, envalentonado por su ansia de venganza contra Baldivieso y por su entusiasmo.
Wilstermann ganó (2-1) por oficio, por potencia de fuego y también por dos razones: Neuman encontró la red y Christian Vargas conjuró su infortunio. Pero esta vez sí arreció contra Dituro, asignatura que ya se daba por aprobada.
De repente apareció el mejor Wilstermann desde que Baldivieso asumió como técnico, un equipo bien tensado, mejor enhebrado que en otras jornadas, más solidario que de costumbre, con su área enladrillada y afincado en la del contrario.
Con el brasileño Thómaz de mariscal, el cuadro rojo metió el turbo. No fue el conjunto rajado de otras jornadas, todos se desplegaron con una intensidad desconocida, las líneas no se despegaron, fue un equipo corto y con alto sentido gremial en ataque y en defensa. Era el ataque lo que tenía en vilo a Wilstermann, falto de puntería y con algunos egos desatados. Frente a San José irrumpió un equipo coral, como lo había insinuado días atrás ante el inocente Universitario pandino. Amilcar Sánchez era el sostén y el primero en tirar del compás; Thómaz, el asistente final, daba hilo a todos; Andaveris, Díaz y Neuman se buscaban con la mirada, se ofrecían en corto y en largo. Ni rastro de ese Wilstermann de aventureros de los últimos tiempos.
Sin embargo, de acierto no anduvo muy sobrado (el índice de despilfarro volvió a ser elevado), cuestión que compensó a base de insistencia. Perseveró en un estilo más combinativo que facilitó las internadas en el área y la erradicación, no plena, del pelotazo inocuo. Descargado Neuman de la máxima responsabilidad en ataque (como extremo se desplaza con mayor comodidad), con un juego más variado, fue minando la oposición de un San José excesivamente guerrillero (llevó la fricción al límite de la brusquedad), conformista, mucho más con el marcador a favor, al que accedió en su única visita a Dituro. Pelota colgada al área, marcas distraídas, defensas atornillados y Bustamante victorioso en lo alto, 1-0.
De entrada, llamó la atención el criterio utilizado por Zahzú para afrontar la defensa del liderato. El adiestrador planteó un 3-4-1-2 que, coyunturalmente, debía ser reconfigurado para esterilizar el intimidante tridente rival. A fin de no quedar descompensado en el fondo (que los tres defensas no tengan que jugarse las habichuelas en exclusivos duelos con los atacantes), el técnico ordenó el sistemático retroceso de Ariel Juárez para componer una línea de cuatro e instalar la superioridad numérica que dicta el manual. De igual modo procedía con Lora, medio centro, para equilibrar el catálogo de marcas y descomprimir la tarea del líbero Ovando. Lora bajaba para asumir plena custodia de Oscar Díaz y permitir que Ovando, en libertad, socorriese el flanco agrietado. Y aunque los movimientos correctores reponían la estabilidad posicional en defensa, generaban insalubres desequilibrios tácticos. Primero, el retroceso de Juárez dejaba vacío el carril derecho. Por ahí, San José nunca pudo progresar. Segundo, la retrasada ubicación de Lora concedió abundante espacio para que Thomaz se moviese con comodidad. En ese panorama, a San José le costó remontar la cancha. Recuperaba muy atrás y disponía de escasas variantes para sacar el balón. Al carecer de fluidez tendía al atasco, a sucumbir a la presión de los rojos y, en consecuencia, a degradar la posesión.
Fuera o no por ello, el encuentro arrancó equilibrado y con dos disposiciones bien definidas: mientras Wilstermann trataba de imprimir ritmo y llevar la iniciativa, San José aguardaba en su terreno para explotar la contra.
MEJORA
Por lo observado, puede existir un buen Wilstermann a futuro, dependerá de lo que estire la manta. El guión de Baldivieso no es negociable: sus equipos se vertebran para blindar al portero propio sin la pelota y con ella como hilo conductor asaltar de forma vertiginosa al adversario. Del equilibrio entre las dos vías se encargan el pivote (Amilcar Sánchez) y el enganche (Thomaz), ellos marcan la línea, aunque el destape delante de Dituro suponga un sacrilegio.
En realidad, Wilstermann juega con dos mitades y, por más que no sea lo más sublime del mundo, si el equipo no abusa de una las dos partituras será un hueso para cualquiera, en ataque y en defensa. Lo fue para San José, que vivió una primera etapa aciaga, la nadería en ataque y la fortuna de Lampe bajo los palos. Mucha culpa tuvo Wilstermann, un dique en la retaguardia y una manada ofensiva. San José puso algo de su parte. No tiene el linaje de aquellos años en que peleaba los campeonatos. Hoy, víctima del desenfrenado rastrillo del mercado, nada queda de aquella subversiva escuela; este San José es la nadería.
Wilstermann tuvo brío, ritmo, disposición y momentos brillantes. Le sobró desatino ante la diana y necesitó que Neuman, obsesionado con el gol, fuera más resolutivo, además de ser corporativo. Sí lo fue Thomaz, que ofreció un repertorio fabuloso: paredes, taquitos, desmarques, asistencias, sutilezas. Frenó y arrancó en los momentos justos. No se detiene de forma brusca, sino que sus paradas tienen muy mala intención, lo hace habitualmente mientras pisa la pelota y la deja discurrir en otra dirección, casi siempre, al menos en esta ocasión, en la adecuada.
GOLPES
Los rojos alcanzaron posiciones de remate con mucha frecuencia, por la buena llegada de Zampiery por derecha, porque Sánchez quitaba bien, Thomaz gobernaba mejor, Andaveris desequilibraba como extremo flotante (no siempre anda pegado a la banda, defecto que sí se observa en Neuman) y también porque Díaz quería rematar seguido. No había lugar para las dudas. El problema residía en la concreción.
A mucho insistir, Wilstermann demostró su fortaleza moral y logró empatar el partido gracias a un extraño autogol de Lora. Un robo de Vargas en el corazón del área rival (penalizando la indolencia defensiva orureña) derivó en un furtivo disparo que impactó en un zaguero, rebotó en Lora (que iba a contramano) y se metió en el arco de Lampe. El partido tenía un ritmo infernal y los acontecimientos se precipitaban con extrema rapidez. Wilstermann logró adelantarse en el marcador con un impactante gol de Neuman que aprovechó un pivoteo de Andaveris para fusilar, a espaldas del inerte batallón de retaguardia, a un huérfano y petrificado Lampe.
Mientras San José estaba preso de las dudas y la ansiedad, Wilstermann actuó con seguridad en el primer tramo del encuentro. Era un equipo de paso firme, bien ordenado para conseguir la pelota y hacer daño a una defensa que tardó en tomar sitio. El cuadro rojo entendió perfectamente que aquellos minutos eran decisivos. Apretó y consiguió el empate cuando más lo necesitaba. Un gol que puso de manifiesto el desorden y la crispación en la defensa visitante, expuesta a una calamidad en cada llegada roja. Más que nada, el tanto de Neuman vino a acreditar la inferioridad de San José, que para entonces comenzaba a derrumbarse.
Con el segundo gol local (sobre el linde del descanso) se cerró un capítulo y se abrió otro. Cabía la posibilidad de una victoria aplastante de Wilstermann. Sólo necesitaba jugar un poco y aprovechar las deficiencias de su contrario. Pero Wilstermann no jugó lo suficiente. Y a ratos no jugó. Y se encontró con el arreón de San José, que realizó un ejercicio de voluntad. Sin apenas fútbol, pero con mucho coraje, equilibró el partido y forzó dos o tres ocasiones en el área. Oportunidades notables, por otro lado. En plena crisis del local, que se borró de manera sorprendente (Baldivieso transmutó el 3-3-1-3 inicial en un rácano 3-4-1-2, llevando a Andaveris como medio centro), San José (que agregó a Christian Díaz como atacante y asumió un formato táctico <4-3-1-2> más ofensivo) multiplicó sus arribos a las vecindades de Dituro. No todas claras, eso sí.
ABANDONO
Wilstermann se fue del partido por voluntad propia. Se volvió especulador, se metió atrás y buscó el contragolpe con balones largos o largas réplicas, pletóricas de velocidad. Al cuarto pelotazo, el equipo perdió sensibilidad. Sucede cuando te quedas sin el balón y estás expuesto a un fútbol de ida y vuelta, precisamente el que más convenía a San José, que se metió en el encuentro por decisión del local, que se paró muy atrás y renunció a discutir la posesión.
La tontera de Wilstermann se prolongó durante todo el segundo tiempo. Jugó mal y permitió la tromba final de San José, que pudo empatar dos veces, tras incomprensibles salidas de Dituro a ninguna parte. Desde ese momento, el partido ganó en tensión. La escasa efectividad de los rojos en las réplicas (los ejecutores toman decisiones erradas y las transiciones resultan excesivamente largas al arrancar de muy atrás) y la ninguna eficacia en el área (Neuman no está fino en la definición y Díaz luce indeciso) fueron degradando las opciones de liquidar el pleito. San José era víctima de su hipertensión y Wilstermann de su interés por enfriar el encuentro (sin Thomaz, se partió por la mitad y perdió llegada). Lo más normal es que se desatara la tormenta, cosa que ocurrió sobre el final, con ataques por oleadas de la visita. Pese a la inserción de un contingente atacante (Muñoz se sumó a Díaz y Bustamante), San José carecía de potencia. Le costaba verticalizar, filtrar balones para alimentar la voracidad de atacantes que permutaban posiciones. Faltaba un asistidor, una mano rectora, un prestidigitador que visualizase las opciones. Sin Loayza (su nervio motor), San José se entregó al pulso colectivo y volvió a ser el equipo desencajado, roto por la tensión, decidido por razones extrañas a cavar su tumba, como le ocurrió muchas veces, después de un partido que no dejó rastro de fútbol y que mantiene a Wilstermann con el viento de popa.
No pudo San José sobreponerse a la desventaja. Forzó la máquina y arrinconó a Wilstermann en su campo. Le faltó clarividencia ofensiva y le sobró rigidez. No halló la red. El grupo orureño fue víctima de su propia ansiedad y también de la imprecisión. Wilstermann, con un fútbol muy oportunista, podrá argumentar en su defensa que venció al líder del torneo sin materializar todo lo que produjo. De todos modos, para la hinchada wilstermanista fue una tarde de felicidad después de tantos partidos de sufrimiento. La afición, que se ha vuelto aprensiva en los últimos meses, celebró con entusiasmo una victoria tensa, imperiosa y largamente esperada.



