Wilstermann repitió carencias y no pasó del empate con San José

Presa del apuro, presionado por su propia gente, Wilstermann jugó un partido antipático ante un San José tácticamente ordenado, que le sacó de quicio siempre. El cero resumió la jornada.




José Vladimir Nogales
El gol en el fútbol se ha comparado a lo que la cima supone para el alpinista, al clímax entre los amantes o, incluso, con un anticipo del paraíso en el que cada cual crea. Para este partido es más útil la más simple de sus concepciones. El gol es el objetivo de la práctica del fútbol y sin él -o ellos- nunca un encuentro estará completo. Si Wilstermann hubiera logrado marcarle un gol a San José, probablemente se hablaría de un trabajo bien hecho por parte de los hombres del debutante Andrada. Sobre este punto no merece la pena agregar nada sobre San José, que bastante tuvo intentando que no le metieran un gol como para buscarlo para sí, apostando únicamente al contragolpe.


Con máscara de solidez, los rojos tantearon durante un cuarto de hora largo a los orureños. Muchos balones largos para Andaveris, que es una táctica aparentemente contraria al éxito (sobradamente comprobada en la ulterior conducción de Mauricio Soria), pero que, aunque el coripateño no tocara ni una de esas pelotas, sirvió para analizar las posibilidades de sus contrarios.

Tras los pelotazos científicos, Wilstermann decidió que lo que le convenía era que el balón rodara. No hacía falta ningún doctorado para darse cuenta de que San José se componía de una defensa rápida, disciplinada e inteligente; una línea de mediocampistas picapedreros que prefería cobijarse junto a los zagueros que intentar una jugada más allá de la divisoria, una combinación, un triángulo rectángulo, isósceles o escaleno, lo que fuera; y los dos atacantes (Ruiz y Angola) más el enganche (Puma), a los que no se conoció hasta la segunda mitad del enfrentamiento.

Para tocar, Wilstermann se desplegó en una formación que bien podría definirse como un trapecio escaleno, cuya acentuada asimetría engendró cierto desequilibrio posicional con perturbadores efectos en el funcionamiento. La conjunción de Alfonso (de escasa actividad en la primera mitad) y Nicolás Suárez no mejoró la marca en el centro del campo, ni la salida resultó más cristalina. Los laterales se adelantaban con escaso sentido de profundidad (casi siempre para enviar un centro inútil) y los interiores (Andrada y Romero) nunca llegaron a ser extremos. Al contrario, ejecutaron movimientos ambulatorios por el centro, sin encontrar sociedades y abandonando la orilla, con la subsecuente pérdida de profundidad. A pesar de que perdían exactitud cuanto más cerca se encontraban de la portería que buscaban golear, los rojos evidenciaban falta de fundamentos en su juego (combinaciones cortas, desmarque, coordinación, conjunción colectiva), escasa elaboración (a falta de un nervio motor que maneje tiempos y espacios) y nula potencia. La prueba está en la patética inanidad de Salinas y la inútil laboriosidad de Andaveris, lejos de donde sus aptitudes cotizan.

SIN CONJUNCIÓN

Wilstermann lució como un conjunto muy "desconjuntado". No existió sentido alguno de la transición, ni pareció que sus futbolistas hubieran jugado juntos antes. Pero logró que no le metieran gol. San José lo intentó sobre el final. En ocasiones brilló con su apuesta por el juego explosivo, de estampida. Pero no supo marcar ni un sólo tanto. Ninguno cumplió el objetivo.

Llamó la atención que Wilstermann transmitiese las señales habituales. La gestión del partido, del resultado, de la emotividad del encuentro, revela carencias e imperfecciones preexistentes. Subsisten las insolubles deficiencias para generar juego. La superlativa tenencia del balón (traducida en altos porcentajes temporales) escasamente significativa resulta si el manejo carece de sentido, de orientación o de un propósito colectivo. Y lo que denota el cuadro de Andrada es, precisamente, escasa capacidad para desequilibrar con la pelota, individual o colectivamente. Y cuando las cosas no salen, el equipo se precipita y concede contragolpes en inferioridad defensiva. ¿Por qué? Porque el equilibrio posicional se altera y, al estirar en demasía la estructura, la defensa queda expuesta. En esta ocasión se podía argumentar que los medios centros, la sala de máquinas, Nicolás Suárez y Alfonso, no acertaron ni una, y que fueron literalmente barridos por los piques de Abdón Reyes. Que no dieron un pase bien y sí muchos mal, que la delantera no tiró a gol, que el equipo se obsesionó tanto con llegar al gol que sólo miró a Andaveris (perdido entre las torres defensivas, Tordoya y Palacios) y se olvidó de Salinas, el encargado de desbordar. Pero ese olvido también obedece a la ausencia de gente que piense y elija los caminos.

Andrada no ha cambiado mucho en realidad. Se juega como el año pasado con Soria en el banquillo. Quizá con menos histeria y otro esquema, pero con los mismos aciertos y los mismos errores. El problema de Wilstermann procede de la inseguridad que ha manifestado en casi todos los partidos en casa del precedente curso. Ofrece momentos, detalles, destellos de su potencial. No ofrece garantías, no actúa con la cohesión necesaria, es un equipo que duda, incluso cuando tiene el viento de cola, como sucedió varias veces en el torneo anterior. En algún sitio han olvidado los automatismos que debían inculcarse a este conglomerado huérfano y amorfo para que, de una vez y por todas, funcione como equipo. Cada quien hace su parte y parece bastar. Nadie toca y va a buscar la descarga. Nadie devuelve y pica para recibir. Todos tocan y miran. Los volantes no llegan, no leen los movimientos. Nadie se desmarca. Falta trabajo de equipo. Y ésa es tarea del técnico.

Wilstermann no ha funcionado bien en el arranque de la Liga. En lugar de jugar en 50 metros, prefiere hacerlo en 100, sin cohesión entre sus líneas, fracturado en el medio, con una creciente importancia de lo individual sobre lo colectivo, sin el compromiso necesario de algunas de sus figuras, Romero a la cabeza. El argentino es lagunero. Aparece poco y desaparece bastante. Su minúscula incidencia en el trámite resta gravitación a un medio campo que necesita trabajar a destajo para quebrar los rocosos diques que los contrarios edifican. Pero, además del compromiso en la tarea, es menester conservar la propiedad de la pelota. Y Wilstermann se vio infectado por el bacilo de la imprecisión. Muchos de sus proyectos ofensivos, aún escuálidos, fracasaron por esa degradación técnica que propició profundas réplicas. Wilstermann no es un equipo que intimida. Puede que impresione por nombres y despliegue físico, pero es vulnerable. Y sus rivales lo saben.

COMPLEMENTO

En la segunda parte subió el ritmo del encuentro, con un Wilstermann que lo intentó siempre pero sin claridad y sin que jugadores claves como Andaveris o Salinas aportaran demasiado, y con un San José que se acercó más a las inmediaciones de Hugo Suárez, aunque sin demasiada convicción.

San José optó por guarecerse en su área y decidió aguantar el temporal, sin olvidar su mejor arma, el contragolpe, con el que podía haber sentenciado un partido que, pese a la feroz arremetida local, le ofrecía resquicios para una victoria. El ingreso de Abdón Reyes (sustituyó a Puma) explotó una veta inexplorada: la búsqueda a las espaldas de Alfonso. Allá bullía un fértil y próspero valle que desembocaba, fecundo y pródigo, en las puertas del triunfo. Zenteno y Zanotti se encargaron de que esa puerta nunca fuese vulnerada, pese a que fue zarandeada un rato largo.

Wilstermann no acaba de encontrar su patrón de juego, ni los futbolistas su lugar, ni el colectivo su sistema. Es un equipo que juega a impulsos de corazón. A eso se apelaba ante San José, vistas las carencias asociativas del conjunto. El problema del equipo rojo es que no encuentra ni patrón, ni líder que le soporte. En cierto modo, la segunda mitad reflejó una parte del espíritu local. A falta de fútbol, decidió apelar a la heroica, como tantas veces, y no le fue mal. Aunque pudo irle peor (cada contragolpe de San José tenía sensación de desastre).

En ese contexto (una batalla de ida y vuelta) los rojos no consiguieron maquillar con intensidad (ir arriba con todo) su imagen de equipo dubitativo. Tambaleante. Lo demostraron durante la primera mitad, en la que llevaron todo el peso del partido y crearon las oportunidades, sin embargo, carentes de firmeza en el centro, supeditaron todas sus ideas a los pelotazos para Andaveris. En estampidas, más que en galopadas, los rojos se estrellaron contra la seriedad defensiva orureña.

San José, sin virtudes que encandilen, fue más estable y tuvo más recursos durante todo el encuentro. Fue mejor, pero eso no significó demasiado. El duelo podía romperse en cualquier momento: por la voluntad de insistencia del local o por la facilidad de San José para llegar a posiciones de remate. Nadie en el cuadro local detectó a Torrico, que era salida, marca, relevo, manejo y llegada.

CARENCIAS

Quedó dicho que las carencias colectivas presidieron el fútbol de Wilstermann. No esperaba vérsele tan desatado, posiblemente porque asumió su falta de sustancia para crear juego. Donde no llegaba con geometría, le alcanzaba con el vigor. Es decir, más músculo que cerebro. Como equipo no dejó otro trazo. Sus centrocampistas fueron superados por la compacta media de San José, donde cada uno hizo lo que mejor sabe. Y lo hicieron muy bien. Ovando se enredó en algunas fricciones con Romero, pero ganó la batalla particular. Carrizo le dio un buen dolor de cabeza a Andrada y Abdón Reyes (cuando le tocó) coronó el juego general con la habilidad que le caracteriza.

Enfrente, se proclamaron las carencias de Nicolás Suárez para sostener al equipo en el centro del campo. No recupera ni genera, tampoco ofrece salida limpia. Sin embargo, salió del encuentro más titular que nunca. Gianakis Suárez le sustituyó a última hora y su actuación fue una astracanada. Salió sin crédito y con la certeza de los malos tiempos que le esperan en Wilstermann. No hubo mucho en el medio campo ni antes ni después. Ovando se impuso a Romero (Cardozo se borró solo cuando entró), Andrada estuvo disperso (y errático) y a Nicolás Suárez le superó la agitación del partido.

San José fue menos de lo que se esperaba, pero redituó tanto como podía calcularse con otra formación (no estuvo Saucedo, falta integrarse Diego Cabrera). Wilstermann sigue inmerso en las mismas dudas.

Wilstermann: Hugo Suárez, C. Machado, Edward Zenteno, Mauro Zanotti, Gerson García, Nicolás Suárez, Facundo Alfonso, Maxi Andrada, S. Romero (Cardozo), A. Andaveris, Pablo Salinas.

San José: Carlos Barahona, Luis A. Torrico, Carlos Tordoya, Luis Palacios, Ignacio García, Didí Torrico, Mario Ovando, S. Carrizo, Ronald Puma (Reyes), Cristian Ruiz, Víctor H. Angola.

Público: 20.280 boletos vendidos

Recaudación: 325.445 Bs

Árbitro: José Jordán (CHU)

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