Nuevo fiasco de Wilstermann ante Universitario

Wilstermann juega cada vez peor. Su rigidez táctica le condena a la ineptitud ofensiva y a la vulnerabilidad en defensa. Todos sus defectos quedaron expuestos en el 3-3 con Universitario




José Vladimir Nogales
Impotente, al borde de otra calamidad. Abandonado a su suerte, huérfano de la indispensable sensatez para organizar un conglomerado disperso, Wilstermann volvió a hundirse en su más abyecta mediocridad. Asoman densos nubarrones por la institución roja, que llegó a ilusionarse después del doble naufragio inicial (dos veces su ventaja fue neutralizada), pero acabó perdido en el espejismo.


En su atormentado curso por la declinante segunda rueda, Wilstermann sigue buscándose, a duras penas, a sí mismo entre tropezones hirientes como la igualdad de anoche (3-3) ante un pobrísimo Universitario, resultado llamado a pasar factura porque mancilla la ilusión ganada a pulso en la ronda inaugural y resquebraja la tesorería. Habitante actual de la mitad de tabla, con dos raquíticas victorias en los últimos ocho partidos en casa, a Wilstermann vuelve a dolerle el promedio y le martillea el ánimo con tan pírricos balances.

El inoperante equipo de Mauricio Soria se desangra en todas sus líneas. En unos casos porque no se encuentra a sí mismo y se funde en la desconfianza; en otros, como anoche, porque su fútbol no cuaja entre las aberraciones tacticistas del técnico y la pobre respuesta de sus futbolistas. Podría decirse que no aprende de los errores y así cava sin querer su tumba. Hace quince días, por ejemplo, Bolívar le ridiculizó a base de fútbol veloz, dejando expuestas las deficiencias tácticas de un sistema desequilibrado hasta el suicidio. Ante Universitario, diáfano en la lectura de sus posibilidades, el juego también se torció por el medio, donde Wilstermann carece de marca, y se rompió atrás, donde no existen relevos y cada error pasa funesta factura.

Por ahí empezó el naufragio ante un Universitario sin rubor para proclamar a los cuatro vientos que le servía un empate antes de salir al campo. Y al desastre contribuyó también que Wilstermann fue víctima de sus calamidades tácticas.

Frente a Universitario se enredó en un partido que le dio toda clase de oportunidades para ganarlo. Anotó muy pronto: no le sirvió para serenarse. Tampoco sacó ventaja del segundo golpe, que debió aniquilar el revitalizado ánimo del rival. O de la tercera, cuando se asomaba el final de la batalla. Un equipo que se desentiende de tantas ventajas es porque tiene un problema. Su intrascendente fútbol convive con sufrimientos imprevistos, porque su autoridad fue cuestionada en algunos momentos decisivos por su falta de consistencia.

INSEGURIDAD

El problema de Wilstermann procede de la inseguridad que ha manifestado en casi todos los partidos. Ofrece momentos, detalles, destellos de su potencial. No ofrece garantías, no actúa con la cohesión necesaria, es un equipo que duda, incluso cuando tiene el viento a favor, como sucedió ante un Universitario sin juego que, únicamente, apostó al pelotazo como arma. En algún sitio, el cuadro rojo ha dejado los automatismos que, en un fugaz momento, le arrimaron a la cima de la clasificación. Detrás se adivinan los conflictos tácticos que erosionan las relaciones entre los jugadores, entre la plantilla y el entrenador. Aquél Wilstermann que arrancó con la vitola triunfalista de la Copa de Invierno, progresó sin demasiados apoyos tras la debacle en el debut. Ganó crédito poco a poco, en un meritorio ejercicio de Soria y los jugadores. La impresión es que esa época de conjugación de virtudes se ha extinguido mucho tiempo atrás. Del Wilstermann sin juego y con pegada de la primera rueda, hoy quedan ruinas. Subsiste el mal juego, pero han desaparecido las victorias. El suicida diseño de Mauricio Soria no alcanza ni para superar a los peor constituidos de la competencia, almas en pena que, de súbito, cobran vida. Como Lázaro.

Cierto es que tanto cambio (de esquema y elemento) sólo ha acarreado inestabilidad y la inseguridad y confusión subsecuentes han drenado lo poco que, funcionalmente, se había edificado en la primera rueda. La teoría de la rotación suena a excusa falsa. Wilstermann ha dejado de funcionar desde su caída ante San José. En lugar de jugar en 50 metros, lo hace en 100, sin construir un bloque, sin cohesión entre sus líneas, con una creciente importancia de lo individual sobre lo colectivo, sin el compromiso necesario de sus figuras. De Francesco es un fiasco. Su aporte, como cabeza de área, es insignificante. Aparicio ya no gravita, en parte por la falta de apoyo. La laboriosidad de Andrada (ése sacrificado ida y vuelta al que lo condena la desolación del medio campo) ha pasado a constituir un foco infeccioso de imprecisión. A mayor velocidad, menor es la certeza de las entregas. Mucho peor, en un contexto de conjunción degradada, de coordinación descompuesta y sin balance. Wilstermann ya no es un equipo temible. Puede que sea el que más generosidad despliega, pero es vulnerable. Y sus rivales lo saben.

Los sucesivos empates de la visita (nítido efecto de claudicaciones defensivas de Rojas, Zanotti y Hugo Suárez) desató los nervios en el Capriles, que vive rodeado de un histerismo creciente del que no escapa nadie, ni jugadores, ni entrenador. El amargo resultado arrojó más luz, si cabe, sobre el repetido error de Mauricio Soria en la alineación. No es nueva la intención de remover caprichosamente las formaciones y diseñar algo cada vez más disparatado. Ya lo hizo en cotejos precedentes, con los calamitosos resultados a la vista. Arma un ambicioso tridente (estático y escasamente resolutivo), pero sin dotarle de una adecuada fuente de alimentación. ¿Cuánto fútbol podían generar Richard Rojas, Nicolás Suárez y Andrada? Muy poco o nada. El caso es que Wilstermann pierde gravitación en medio campo (no elabora y carece de marca), y ¿qué gana? Nada, volantes dispersos e inactivos. Todos superados, inertes en la marca e ineptos con la pelota.

OPCIONES

Claro que, a lo largo del partido, Wilstermann dispuso de algunas oportunidades más que Universitario, pero no jugó mejor y fue tremendamente exigido en defensa. Nunca hubo, mientras disfrutaba de efímeras ventajas en el marcador, la sensación de plenitud que se espera de Wilstermann, obviamente no de éste Wilstermann de Soria. Un jugador define ese estado de incertidumbre. Es De Francesco. Futbolista de apreciable estatura, llamado a ser la referencia del ataque, no acaba de orientarse en el equipo. Llega tarde y mal. Está mal colocado. Se equivoca en sus decisiones. Es un jugador atribulado que contagia sus dudas al resto de los jugadores. O eso, o De Francesco sólo es un síntoma de la desconfianza general. Lo extraño es que Wilstermann no tiene necesidad de plantear partidos tan verticales, tan directos o de dar continuidad a esa ambiciosa tesitura cuando va en ventaja. Sólo se trata de hacer un fútbol más sensato, más equilibrado y hacerlo con decisión. Sólo sucedió, ante Universitario, durante los primeros diez minutos. Wilstermann encontró su juego, su ritmo y su extraviada potencia. Y no paró hasta marcar el tanto de la ventaja. Luego regresó a sus tribulaciones y permitió que Universitario soñara con el empate a pesar de la pobreza que su fútbol ofrecía.

El margen de maniobra de Universitario era mínimo. No sólo acusó el golpe del primer gol a los 11 minutos (cabezazo de De Francesco), con todo lo que eso significa, sino que no parecía preparado para gran cosa. Como media punta, Fierro rivalizó con Amador en los despistes; Gallegos mantuvo su decepcionante indiferencia, apenas desmentida con algún detalle interesante; Alejandro Bejarano y Alvaro Delgadillo no conseguían progresar, víctimas de la imprecisión global; los centrales (Barra –que bajó a ocupar el lugar del lesionado Delgadillo- y Torres) sudaban frío cada vez que Aparicio aceleraba con la pelota. Univeristario tuvo todos los números para perder. Y no perdió. Con poco fútbol, puso en graves dificultades a un Wilstermann amorfo, cuya defensa dio señales de inestabilidad en todos los centros que le colgaron, incluido el del tanto de Bejarano que puso el 3-3.
La debacle tomó cuerpo, favorecida por el desacierto clamoroso en el ataque local, capaz de mantener una enemistad interminable con el gol, y la imposibilidad de darle un desahogo a una zaga sangrante.

Consciente de las dificultades de identidad que está atravesando el grupo de Soria en el tramo final de la Liga, el conjunto visitante no tuvo reparos en intentar llevar el control del juego, en procurar que las acciones transcurrieran en la parcela enemiga. Lo dispuso desde la reanudación, instalándose en campo rival y adelantando a los volantes exteriores (Bejarano y Delgadillo, luego Ríos) como extremos con el propósito de jaquear, por todos los flancos, a una defensa sujeta con alfileres. Aún sin producir mucho con el balón, Universitario arrinconó a los rojos a puro pelotazo. La idea no pasaba, necesariamente, por acertar algún balón en el amontonamiento propuesto, sino provocar un error (plausible) en una línea tan atribulada y propensa a cometerlos. Y, de la nada, la U extrajo petróleo. Apenas se había rebasado los veinte minutos de la reanudación y el nuevo gol de Fierro (pelotazo de Ríos que superó a un flojo Zanotti) ponía en evidencia la falta de frescura en el juego de Wilstermann y premiaba la actitud del equipo de Vega.

Con la paridad en el marcador aparecieron todos los defectos de Wilstermann (desde los conceptuales hasta los más miserables), resumidos en la falta de precisión en el pase y los cada vez más habituales desajustes defensivos. Sin embargo, por unas circunstancias o por otras, Universitario acostumbra a dar oportunidades a sus rivales. La concedió otra vez, permitiendo el pase filtrado de Cardozo para el gol de Salinas, 3-2.

El partido parecía muerto, pero Universitario sacó una de las virtudes apreciables en equipos aguerridos, atributos que, en estos aciagos días, alcanzan (sean equipos de la categoría B, H o Z) para tumbar a este raquítico Wilstemann: atacarlo frontalmente, aún sin consistencia creativa o excelsa virtud. Fue una mezcla de fe, de carácter y de fortuna. Un nuevo error posicional (de Axel Bejarano), sumado a la deficiente cobertura de una herrumbrosa zaga, posibilitó la ulterior internada del Alejandro Bejarano. Su disparo, casi a ciegas, no encontró obstáculo cierto en su ruta a la red. Suárez, el último bastión, insigne custodio de los tesoros patrimoniales, yacía en el césped. Estaba derrotado. Wilstermann se dejó embarullar en un forcejeo confuso, una cuestión más de empuje que de fútbol, que estropeó sus mortecinos momentos.

Wilstermann: Hugo Suárez, Santos Amador, Mauro Zanotti, Axel Bejarano, Gerson García, Nicolás Suárez, Richard Rojas (Cardozo), M. Andrada, Pablo Salinas, L. De Francesco, Erick Aparicio (G. Suárez).

Universitario: Elduayén, Alan Loras, Elmer Ferrufino (Ballivian), Oscar Áñez, Saúl Torres (Prado), Rolando Barra, Álvaro Delgadillo (Ríos), A. Bejarano, Ronald Gallegos, Bosco Frontán, Juan E. Fierro.

Público: 3.062 Bs.: 42.530

Árbitro: Juan Nelio García (SC)



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