Chico era yo y no me acuerdo (2)

Ramón Rocha Monroy
Borges confesaba algo por lo demás evidente: que el escritor no es filósofo ni menos un oráculo de Delfos, que ejerce apenas el melancólico oficio de tejer signos, que apenas pinta cuartillas con 28 letras del alfabeto para divulgar ideas ajenas. Digo que es evidente porque Borges no fue precisamente un filósofo, pues se limitó a enunciar tres, cuatro o cinco angustias o regocijos: los laberintos, los tigres, la noche, la espada, los límites, la vida después de la muerte o el anhelo de morir definitivamente.

Borges sí fue, en cambio, un experto tejedor de signos linajudos, un memorioso, como Funes, que recordaba la cita precisa de la literatura nórdica, la sentencia dicha en sajón antiguo o el versículo de los Upanishads, y cuando no lo recordaba bien, los inventaba con el mayor desenfado. Aquí podemos sacar la segunda conclusión: que la novela histórica no es, de ningún modo, una referencia histórica. Citemos, por ejemplo, la confusión que se ha armado en Cochabamba con el tema de las heroínas de la Coronilla, pues hace tiempo que se ha dado por verdad histórica una invención novelera escrita por Nataniel Aguirre en Juan de la Rosa.

En esas páginas, el notable descendiente del último intendente gobernador de
Cochabamba, Manuel González Prada, que era su apellido materno, da por sentado que las valerosas cochabambinas fueron conducidas por una ciega llamada Manuela Gandarillas, quien tenía una nietecita de nombre Rosa Soto, y construye el recio personaje de Alejo sobre la sombra de Alejo Calatayud, muerto en el cadalso en 1731, casi un siglo antes. Digo sobre la sombra porque Nataniel Aguirre “sombras solía vestir de bulto bello”.

Pues bien, investigaciones históricas cometidas por esos antipáticos ratones de archivo que suelen desmentir a los novelistas dicen que Manuela Gandarillas era una dama de buen ver que gozó de la mejor vista, y que Rosa Soto murió 60 años después del episodio de La Coronilla, con lo cual Nataniel Aguirre y quienes creímos en sus afirmaciones nos vamos a salva sea la parte. ¡Pero la culpa no es de él, sino de quienes confunden la recreación novelística con la verdad histórica!

Un elemento final me viene a la memoria desde las novelas de Umberto Eco. Al leer El Nombre de la Rosa o El Péndulo de Foucault me di cuenta, acaso por primera vez, que ese tejedor de signos que es un novelista puede usar información de mundos desconocidos y cocinar una buena sopa, un manjar sabroso como si hubiera nacido y vivido en esos mundos. Por supuesto que respeto el escrúpulo del narrador norteamericano, que tiene que vivir la realidad que escribe, pero ahí percibo la genialidad de Eco, y tanto más la de Borges, pues ambos son hombres de escritorio, lectores que prefieren la realidad vicaria de los libros a la vida en el caos cotidiano que no logramos entender, y entonces se enteran y traman y, otra vez, como quería Góngora, sombras suelen vestir de bulto bello.

Este párrafo tiene una conclusión o, más bien, una súplica: Por favor, no crean lo que los novelistas dicen, peor aun si son novelistas históricos; pero quédense con la mayor virtud de las novelas históricas: la de recrear un mundo del pasado y transportarnos a él, es decir, aproximarnos a esa verdad que perseguimos con desmesurada sed, aunque sospechemos que es pura ficción, pura mentira. Es posible que París no haya sido como la pintó Víctor Hugo en Nuestra Señora de París o en Los Miserables, o Balzac en La Comedia Humana, pero a estas alturas es la única referencia
que persiste en el imaginario colectivo de los lectores.

Es bien posible que algún historiador nos desengañe documentos en mano, pero ¿quién le hará caso si tiene como armadura y adarga la prosa magnífica de Víctor Hugo o de Balzac?

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