“Se sintió como si me hubieran golpeado en el estómago”: por qué el ghosting activa en el cerebro las mismas zonas que el dolor físico
La interrupción intempestiva de la comunicación afectiva de una pareja o amistad desencadena una respuesta neurobiológica equiparable a una lesión corporal. De acuerdo con la especialista Jennice Vilhauer, docente de Emory University, la falta de explicaciones ante un rechazo deja secuelas profundas sobre la autovaloración
InfobaeLa psicóloga Jennice Vilhauer sostiene que el ghosting duele porque combina rechazo, ambigüedad y silencio, y que esa desaparición sin explicación no dice nada sobre el valor de quien la sufre sino sobre la incapacidad de la otra persona para sostener una relación madura.
El dato de contexto es amplio, de acuerdo con la experta: cerca del 50% de hombres y mujeres lo ha experimentado, y casi la misma proporción admite haberlo hecho. Según la publicación, aunque desaparecer de la vida de otro no es una conducta nueva, su extensión actual la convirtió en una práctica frecuente en la cultura de las relaciones contemporáneas.

El rechazo social activa las mismas vías cerebrales que el dolor físico
Una de las razones por las que el ghosting resulta tan doloroso es biológica. La especialista afirma que el rechazo social activa las mismas vías cerebrales que el dolor físico y agrega que el dolor emocional asociado al rechazo puede reducirse con analgésicos como el paracetamol.
La autora explica que el cerebro humano evolucionó con un sistema de monitoreo social que busca señales del entorno para orientar la respuesta en situaciones interpersonales. Cuando esas señales desaparecen de golpe, como ocurre con el ghosting, puede aparecer una sensación de desregulación emocional y de pérdida de control.
Ese vacío no solo pone en duda la relación. También empuja a cuestionamientos personales: por qué no se advirtió antes, si se juzgó mal el carácter ajeno, qué se hizo para provocarlo o cómo evitar que vuelva a ocurrir.
Para Vilhauer, ese proceso erosiona la autoestima porque los mecanismos psicológicos que monitorean la pertenencia social transmiten esa información a través de la autovaloración. Si una persona ya arrastra una autoestima baja o pasó por rechazos repetidos, el golpe puede sentirse con más intensidad y durar más tiempo.

La psicóloga añade otro elemento: quienes tienen menor autoestima liberan menos opioides naturales en el cerebro después de un rechazo que quienes tienen una autoestima más alta. Esa diferencia, señala, puede explicar por qué algunas personas tardan más en recuperarse de una experiencia de exclusión.
La desaparición sin explicación
Vilhauer atribuye el comportamiento, sobre todo, al intento de evitar una incomodidad emocional propia. Quien desaparece, indica, se concentra en no atravesar una conversación incómoda y no en el efecto que su conducta tendrá sobre la otra persona.
La lógica de los vínculos nacidos en internet también influye. La falta de amigos, espacios o conexiones sociales en común reduce las consecuencias sociales de cortar el contacto y facilita que alguien salga de la vida de otro sin dar explicaciones.
La autora recoge testimonios de personas que admiten haberlo hecho por confusión emocional, por creer que se trataba de una aventura pasajera o por miedo a encontrar una relación que sí querían. Uno de esos relatos resume esa evasión así: “No entendía exactamente cómo me sentía en ese momento, así que en lugar de hablarlo, simplemente dejé de responder”.
Otra persona describió la práctica como la salida “más fácil y agradable” desde “la perspectiva de un cobarde”, hasta que se la hacen a uno. Un tercer testimonio citado por el medio vincula esa conducta con la cultura de las citas en línea, donde la falta de lazos compartidos vuelve menos costosa la desaparición.


