Sajonia-Anhalt: el terremoto que empieza a cambiar Alemania
La formación ultraderechista obtiene alrededor del 44% de los votos, multiplica su representación parlamentaria y obliga al canciller Friedrich Merz a replantear su estrategia de contención Diego
A. Estevez, Infobae
Hay olor a cable pelado en Berlín y Frankfurt: teléfonos encendidos, una CDU en shock y una pregunta que ya llega a bancos, industrias y mesas de inversión: ¿qué ocurre con Alemania —y con el euro, los Bunds, el crédito corporativo y el DAX— si esto no es el techo oriental de AfD sino el comienzo de su expansión nacional?
Hay elecciones que cambian un gobierno y otras que cambian la pregunta. Lo ocurrido este domingo en Sajonia-Anhalt pertenece a la segunda categoría.
La aritmética parlamentaria seguía siendo decisiva: AfD proyectaba 39 escaños de un Landtag de 83 miembros. La mayoría absoluta exige 42. Quedaba a tres. El BSW, con 5,1%, conseguía por ahora superar la Sperrklausel (barrera electoral) del 5%, alejando la posibilidad de una mayoría absoluta de AfD. La participación rondaba 78%, contra 60,3% en 2021 y por encima del anterior récord regional de 71,5% de 1998.
No fue la victoria silenciosa de una minoría movilizada frente a una mayoría que decidió quedarse en casa. Fue una movilización electoral masiva.
Y mientras avanzaba el recuento comenzó otra elección: la batalla por interpretar lo ocurrido. Tino Chrupalla, copresidente federal de AfD junto con Alice Weidel, celebró un “claro mandato para gobernar” y la legitimidad que de los votos surge. Weidel presentó a Ulrich Siegmund (claro ganador del experimento) como el próximo Ministerpräsident (gobernador regional). Siegmund, de 35 años, fue todavía más lejos: “Hemos escrito historia en este Land”, afirmó; “recuperamos nuestro país, comienza en Sajonia-Anhalt” y aseguró que “un impulso recorre toda Alemania”.
Sobre el filo de la medianoche endureció el mensaje. Rechazó una Regierung in Minderheit (gobierno en minoría), dijo que AfD lleva años preparándose para asumir responsabilidades y anunció que tenderá la mano a fracciones o diputados dispuestos a acompañar su programa, especialmente en energía y migración. Y dejó una amenaza electoral de enorme potencia: si la formación de gobierno fracasa, “en el peor de los casos habrá nuevas elecciones, y entonces tendremos 50 o 55%”.
Eso cambia el tono de la noche. AfD ya no habla como un partido que reclama ser escuchado. Habla como una organización que considera que ha llegado su turno de gobernar.
El legado histórico
Existe una explicación poderosa para comprender el fenómeno AfD en el Este alemán. Sería un error descartarla. La periodista y escritora británica Anne McElvoy, que estudió en la Universidad Humboldt del Berlín Oriental antes de la caída del Muro y posteriormente cubrió las transformaciones de Europa oriental, dedicó un libro precisamente a esa fractura: The Saddled Cow: East Germany’s Life and Legacy. Su trabajo ayuda a comprender algo que desde Occidente muchas veces se olvidó: la reunificación política alemana ocurrió mucho más rápidamente que su reunificación económica, cultural y emocional.
El Muro cayó en 1989. Las diferencias no. Persistieron disparidades salariales y patrimoniales, emigración de jóvenes hacia el Oeste, pérdida de población, diferencias de productividad y la percepción —justificada unas veces, exagerada otras— de que la antigua República Democrática Alemana había sido absorbida antes que verdaderamente integrada.
A eso se agrega una relación histórica con Rusia diferente de la existente en buena parte de Europa occidental. Décadas de presencia soviética dejaron recuerdos familiares y culturales que ayudan a explicar por qué propuestas de AfD —restablecer relaciones con Moscú, abandonar sanciones y terminar el apoyo alemán a Ucrania— encuentran mayor receptividad en determinadas zonas orientales.
La historia posee incluso una presencia física inquietante y casi macabra en Magdeburgo (pero histórica). Allí permanecieron durante años (desde el 21 de febrero de 1946), bajo control soviético en el cuartel céntrico de la policía secreta soviética-alemana, parte de los restos de Adolf Hitler, Eva Braun y la familia Goebbels antes de que los servicios soviéticos procedieran finalmente a destruirlos el 4 de abril de 1970 por orden del entonces jefe de la KGB soviética Yuri Andropov bajo el visto bueno de Leónidas Breznev, presidente del Politburo ruso en aquellos momentos.
Y existe otro dato histórico que conviene tener presente: En abril de 1932, en el antiguo Estado Libre de Anhalt, el NSDAP —Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), el partido de Adolf Hitler— obtuvo 40,88%. Si AfD termina alrededor del 44%, el porcentaje sería superior. Pero la comparación termina exactamente allí: no es el mismo territorio, no es el mismo sistema político, AfD no es el NSDAP y Alemania en 2026 no es la República de Weimar. Construir una equivalencia sería irresponsable, ignorar completamente la potencia simbólica del número en Alemania también sería ingenuo.
La tesis histórica funciona. El problema es que ya no alcanza.
Los hijos del muro ya son adultos
Han pasado 37 años desde la caída del Muro. Una parte creciente del electorado actual no vivió la RDA como adulto. Muchos ni siquiera habían nacido. Y las encuestas a pie de urna muestran que AfD quedó primera entre hombres y mujeres y entre jóvenes y mayores.
Ayer los estudios demoscópicos mostraron que entre los 18 y 24 años, los primeros desgloses de Infratest dimap sitúan a AfD alrededor del 42%, frente a apenas 18% en esa franja en 2021. Es más del doble en cinco años. Y entre los 35 y 59 años su penetración llegó a niveles todavía mayores. La explicación de la Ostalgie (nostalgia por la antigua Alemania Oriental) empieza así a crujir: un joven de 18, 20 o 24 años no recuerda la RDA, los soldados soviéticos ni el Muro.
Existe además una transformación demográfica silenciosa. La generación que vivió directamente la guerra, la destrucción del nazismo y la inmediata posguerra está desapareciendo naturalmente del electorado. Incluso quien nació en 1954 tiene hoy 72 años. Prácticamente todo el electorado menor de esa edad nació una década o más después del final de la Segunda Guerra Mundial. La memoria de 1933-1945 pasa progresivamente de ser memoria vivida a memoria transmitida.
Para las nuevas generaciones Hitler, Stalin, la RDA y el Muro pertenecen a los libros. El alquiler, el sueldo, TikTok, la energía, el empleo y la inseguridad económica pertenecen al lunes por la mañana. Y entonces cambia la pregunta: ya no es solamente qué recuerda un votante, sino cuánto gana, qué puede comprar con su sueldo, cuánto paga por la energía, qué seguridad posee su empleo y si cree que dentro de cinco años vivirá mejor o peor que hoy.
Del muro de Berlín al recibo de Luz

Alemania lleva años discutiendo inmigración, identidad, Rusia, Ucrania y el pasado. Mientras tanto, debajo de esa gigantesca conversación política existe otra bastante menos sofisticada: el bolsillo.
Sajonia-Anhalt arrastra desde la pandemia un período difícil, con aumento de insolvencias y desempleo, aunque todavía lejos de los niveles posteriores a la reunificación. El votante no necesita estar desempleado para sentirse económicamente inseguro. Le basta con comprobar que su salario compra menos, que determinadas facturas pesan más, que una fábrica reduce personal o que sus hijos encuentran menos oportunidades.
Alemania tampoco necesita encontrarse en una depresión para producir malestar político. Su industria procesa simultáneamente energía más cara, competencia china, transformación del automóvil, digitalización, inteligencia artificial y un entorno geopolítico radicalmente diferente. La percepción económica muchas veces precede a la estadística económica. Ahí encontró AfD uno de sus nuevos combustibles. Weidel percibió antes que el actual canciller Merz dicho cambio. Había visto la dinámica durante su larga estadía de años en China.
El establishment empieza a oler humo
Durante años la gran industria podía considerar a AfD un problema periférico: reputacional, político y esencialmente oriental. Después de esta noche resulta mucho más difícil. Alemania necesita exportaciones, inversión, talento extranjero, cadenas internacionales de producción y un mercado europeo integrado. Pero existe otra pregunta igualmente seria: ¿por qué millones de ciudadanos dejaron de escuchar a quienes les explican que determinada alternativa sería perjudicial para ellos?
Steffen Kampeter, director general de la Confederación de Asociaciones de Empleadores Alemanes, condensó recientemente el nuevo pragmatismo con una frase extraordinariamente épica, filosa y cáustica: “La patronal es un grupo de interés, no un centro de educación política de adultos”.
Ahí está el cambio. Si AfD gobierna municipios, regiones o eventualmente participa algún día del poder federal, las empresas deberán relacionarse con esas administraciones. Marie-Christine Ostermann, dirigente de las empresas familiares, intentó abrir contactos con representantes de AfD. Hubo una reacción empresarial durísima y posteriormente retrocedió. Pero quedó flotando una pregunta: aislar políticamente a una proporción cada vez mayor del electorado no constituye, por sí mismo, una estrategia para recuperarlo.
Esta noche ese problema dejó de ser académico. Es difícil imaginar los teléfonos apagados en Berlín a esta hora: en la CDU, en los grandes grupos industriales, en los bancos, en las embajadas y en las mesas de inversión. La pregunta empieza a ser inevitable: ¿qué demonios hacemos ahora? Hay olor a cable pelado.
El olor a cable pelado llega a Frankfurt

Porque Alemania no es un país cualquiera dentro del euro. La madre monetaria del euro fue el Deutsche Mark, el marco alemán. No jurídicamente, pero sí económica, cultural y reputacionalmente. La disciplina del Bundesbank, la obsesión alemana por la estabilidad monetaria y la credibilidad acumulada durante décadas por el marco constituyeron buena parte del capital intelectual sobre el cual se edificó la moneda única europea.
Por eso, si la madre empieza a enfermar políticamente, el hijo inevitablemente lo siente. El primer termómetro aparecerá este lunes en los mercados: el euro, los Bunds (bonos soberanos alemanes), los bonos corporativos, los bancos, las acciones industriales y el DAX, principal índice de la Bolsa de Frankfurt, todos acusarán el impacto de la crisis política en marcha.
No sabemos todavía si este lunes el euro caerá medio punto o dos; si los Bunds subirán o bajarán inicialmente por búsqueda de refugio o serán castigados por una prima política; ni si el DAX sufrirá una corrección violenta o absorberá rápidamente el resultado. Afirmarlo antes de que el mercado cotice sería confundir análisis con adivinación. Pero un gestor de activos, un presidente de banco o el director financiero de Mercedes-Benz, Siemens o BASF inevitablemente deberá preguntarse: ¿cuánto riesgo político alemán incorporo ahora a mis modelos? El riesgo político pasa a incertidumbre y de ahí a la volatilidad de los activos financieros.
Durante décadas Alemania fue exactamente lo contrario de una prima de riesgo: era el país contra el cual se medía el riesgo de los demás. El Bund fue la referencia. El marco era la referencia, la estabilidad alemana era LA referencia. Sajonia-Anhalt no destruye nada de eso en una noche, pero introduce una variable nueva.
La crisis de una moneda no siempre comienza en el mercado de cambios. A veces comienza mucho antes, cuando empieza a deteriorarse la confianza política del país que le dio reputación. Durante treinta años Alemania exportó estabilidad. Ayer a la noche empezó a exportar incertidumbre.
La lección incómoda de Trump
Estados Unidos proporciona una advertencia interesante. Donald Trump ha cometido numerosos errores económicos y políticos. Su utilización errática de los aranceles y decisiones difíciles de anticipar han generado costes e incertidumbre. Pero existe también un hecho incómodo para sus críticos: varias predicciones mecánicamente catastróficas sobre las consecuencias inmediatas de sus políticas no se materializaron exactamente en la magnitud ni en los tiempos anunciados.
Eso no convierte a Trump en buen economista. Demuestra que una economía es un sistema bastante más complejo que un modelo político. Que Siemens, Deutsche Bank, Mercedes-Benz o un instituto económico adviertan sobre los riesgos de AfD no demuestra que estén equivocados. Pero tampoco garantiza que el ciudadano vaya a obedecerlos. Cuando la experiencia cotidiana contradice durante demasiado tiempo lo que se escucha de gobiernos, empresarios e instituciones ocurre algo peligrosísimo para cualquier establishment: pierde autoridad predictiva. Berlín hizo oídos sordos a las advertencias.
Widel y Merz: dos radares diferentes
Lo que detectó antes. Alice Widel: Economista, antigua empleada de Goldman Sachs, experiencia profesional en China, dominio del mandarín y años en Suiza: una biografía que difícilmente coincide con el estereotipo tradicional del nacionalismo alemán. Eso no elimina sus contradicciones. Las multiplica. Pero también le proporciona un radar diferente.
Mientras Friedrich Merz y buena parte de la CDU continúan moviéndose dentro del ecosistema tradicional alemán —gran industria, asociaciones empresariales, instituciones europeas, prensa establecida y estructuras partidarias— Weidel parece haber comprendido antes otra transformación: la política se está desintermediando.
Redes sociales, podcasts, TikTok, X, inteligencia artificial, comunicación directa, comunidades digitales y rechazo de intermediarios. Y aquí aparece Ulrich Siegmund, el gran vencedor operativo de este domingo.
Siegmund, de 35 años, es el Spitzenkandidat (principal candidato electoral) de AfD en Sajonia-Anhalt y el hombre que pretende convertirse en Ministerpräsident (gobernador regional). Antes de profesionalizar su carrera política trabajó en el sector privado vendiendo equipos de aire acondicionado, e incluido en el negocio de la climatización. Su campaña intensiva en redes estuvo cuidadosamente diseñada para presentarlo simultáneamente como radical en determinadas posiciones y absolutamente cotidiano en su imagen personal. El lobo con piel de oveja como dijimos el sábado.
Puede hablar de inmigración, Rusia y seguridad y luego mostrarse con su familia almorzando un plato de pasta con tuco ayer al mediodía. La banalidad forma parte del método: parecer menos político que los políticos. No significa necesariamente que tenga mejores políticas. Significa que habla donde una parte creciente del electorado escucha.


