La victoria del Madrid no oculta el desencanto
Los melonadas del Inter disiparon la tormenta que empezaba a gestarse en la grada del estadio madridista
Al Bernabéu no le gustó lo que vio y avisó de su desagrado. No es una temporada cualquiera. El Madrid no viene de ganar títulos, ni dominar en la Liga de Campeones, la competición fetiche que tantas veces ha absuelto su discreto desempeño en el día a día de las temporadas. Esta edición del Madrid llega después de dos años de frustración, conflictos internos, cuatro entrenadores y unas elecciones que explicaron la decepción de los aficionados.
Se trata, por tanto, de un momento muy particular del club y del equipo. Desde el plano directivo, las decisiones han sido muy gráficas: el regreso de Mourinho y una potente inversión en el mercado de verano. Mourinho ya no es el entrenador que discutía a Pep Guardiola la posición puntera en el fútbol, pero eso no es necesariamente una desventaja.
En el Real Madrid dispone de una oportunidad que parecía descartada a la vista de los últimos 10 años de trayectoria. La cuestión ahora no es si Mourinho es The Special One, sino si es el entrenador adecuado para forjar un equipo de virtudes reconocibles, defectos invisibles y rendimiento constante. Para estos casos, la experiencia es más importante que la vanidad.
A Mourinho no se le puede juzgar por lo que se ha visto en tres semanas, donde se han visto versiones muy diferentes del equipo. Sufrió para derrotar al Espanyol -gol de Espí en el último minuto-, venció en los dos siguientes partidos de Liga -en el Bernabéu frente al Málaga y la Real Sociedad- y dejó sensaciones contradictorias en Sevilla, contra el Betis.
Su notable volumen de ocasiones contrastó con la misma cantidad de ocasiones desperdiciadas. Se supone que este aspecto no será un problema para un equipo poblado de fenómenos en la delantera. Es otro volumen el que no acaba de concretarse. Este Madrid no se distingue, no por el momento, por la coordinación y solvencia en la tramitación del juego. Contra el Inter, fue tan evidente este problema que el personal tardó poco en difundir sus reproches.
Dos melonadas del Inter, la segunda propiciada por una convincente presión del Madrid, disiparon la tormenta que empezaba a gestarse en la grada. El Inter había gobernado el partido con tanta facilidad y peligro -Courtois desplegó una y otra vez todas sus artes de gran portero- que a la hinchada no le gustó un pelo lo que veía. Y no terminó de convencer la respuesta general, en gran medida porque se pareció a la del Real Madrid vulnerable ante rivales competentes y bien organizados. Sí, llegaron las oportunidades con el partido roto, pero esa versión del equipo es tan vieja como el hilo negro. Es la versión integral, la del equipo pleno que se impone por puro fútbol, la que no aparece desde hace demasiado tiempo y eso es lo que molesta a una afición expectante, pero presa de dos años de desencanto.


