Wilstermann desnudó las limitaciones de un pobre Wilstermann
José Vladimir Nogales
Wilstermann ha traspasado el linde de la duda
para meterse en un periodo de incertidumbre. En un partido que Tiquipaya ganó (5-2)
por mantenerse sereno y fiel a cuatro reglas sencillas, hubo numerosos datos
que explican el derrumbe wilstermanista. El primer factor fue Zenteno, el
técnico, que perdió el oremus. Alteró el habitual diseño táctico (cambió el
3-4-1-2 por un 4-3-3 estándar), reconfiguró el esquema antes del descanso,
realizó compulsivos movimientos de fichas y puso a jugar a todo el mundo en
todos los puestos posibles, en medio de la confusión general. Sólo se quedó
fuera Aaron Pacheco, que no encontró sitio en un encuentro que dio
oportunidades extravagantes a jugadores como Padilla, que ocupó el lateral
derecho a falta de recursos en la banda, a proyectos como Pozo (defensa zurdo
cuya flagrante inmadurez quedó disimulada en contextos de escasa exigencia), Montaño,
Roca y Aliaga, ambos titulares por inexistencia de valores que les discutan el
puesto. A Zenteno le desbordó el partido y la situación que atraviesa. Este
hombre tan enérgico comienza a dar síntomas de desvarío.
Todo el barullo que armó el entrenador de
Wilstermann fue contestado por la receta simple del rival. Tiquipaya, líder del
campeonato, llegó al duelo en plenitud de forma, con las ideas claras, los
roles definidos y un nítido sentido de integración colectiva. Frente al
extraordinario desconcierto de Wilstermann, Tiquipaya actuó con un guion tan
simple como estricto: orden atrás, mucha actividad de sus centrocampistas y la
apuesta por la velocidad de sus puntas, que causaron estragos en la permeable defensa
de Wilstermann.
El balance de los jugadores fue desastroso.
Edward Zenteno, hijo del adiestrador, volvió a ofrecer malas noticias en el
fondo: lento, indeciso, frágil, tardón. Cometió una incontable cantidad de
pérdidas y pifias. Falló sorprendentemente en los cierres de jugadas que, a la
contra, terminaron en el arco de Salinas. Pero el zaguero no fue el que
encabezó la lista negra: Salinas expuso inseguridad bajo los palos (al menos
dos goles rozan su responsabilidad); Aliaga y Roca sucumbieron con estrépito en
el medio campo (sus errores, groseros ambos, precipitaron la caída); Delgadillo
-el cerebro del equipo- tuvo un rato espumoso y luego desapareció, consumido
por la marca y su súbita parálisis. Falto de aprovisionamiento, Rocabado fue
inexpresivo, pero también víctima de su propia abulia. Los extremos, Velásquez
y Veizaga, nunca encontraron su sitio en el campo, deambularon confundidos por la
caótica mutación posicional que degeneraba roles, alteraba funciones y que descompuso
más a una estructura frágil.
Cuando un entrenador se revela vulnerable,
está perdido. Este es el caso de Zenteno. Ahora mismo busca soluciones sin
criterio y sin confianza. Y en su errático camino está a punto de acabar con lo
poco fiable de su estructura. Los refuerzos deberían mejorar muchas de las
deficiencias observadas a lo largo del torneo, pero para que eso ocurra se
necesita elevar la calidad de la conducción.
EL PARTIDO
De inicio, Wilstermann intentó asumir el gobierno del duelo, tomando control del balón, pero le costó encontrar conexiones para darle volumen al juego. Ante un grandísimo Tiquipaya, se desconectó como equipo y redujo sus opciones a la búsqueda en largo, lanzando balones al espacio. Wilstermann confundió cómo atacar, chocó contra una pared verde y se extravió por desatenciones defensivas de bulto. Muchos de sus jugadores volvieron a donde los dejaron el pasado año. En algunos casos, como en el de Castillo, eso resulta positivo; en otros, como en el de Aliaga, inquieta y mucho.
La intensidad, orden y el entramado táctico de Tiquipaya enredaron
a Wilstermann. A partir del
4-4-2, el equipo de la provincia preparó diferentes dispositivos defensivos en
función de la altura del campo en la que se plantaba su equipo.
Los laterales saltaron con energía para neutralizar solitarios desbordes de los
extremos rojos, que, aun desbordando a la marca, carecían de destino ante el esmirriado
arribo de los volantes para ofrecer soluciones; volantes y extremos encimaban a
los receptores para estropearles la salida e inducir a que se jugara
precipitadamente en largo. Solo en acciones aisladas, fabricadas a pulso de
calidad, el equipo de Zenteno encontró la forma de avanzar por dentro. El
problema residía en la incapacidad de los volantes rojos para conectarse y
tender una red de pases. Con Aliaga metido entre los centrales, Wilstermann
perdió un receptor detrás de la primera línea de presión, facilitando la marca
sobre Roca y Delgadillo, ambos faltos de movilidad para salir del agobio y
encontrar rutas de pase. De ahí que, al no encontrar receptores por dentro,
Wilstermann buscó repetidamente por fuera y en largo. Todo sin éxito.
El cuadro rojo no se encontró en el primer tiempo. A excepción de
escasos minutos de Delgadillo, careció de clarividencia en la construcción del
juego ante las evidentes deficiencias estructurales para dar salida al balón,
conectar líneas y acertar las entregas (la imprecisión agrietó las frágiles
fases de posesión). Veizaga no pudo
con Ancieta, empeñado en encerrarle,
y el equipo de Zenteno miró demasiado a una banda derecha que se mostró del
todo ineficaz. Padilla apenas
pesó cuando se soltó y Velásquez se desdibujó en las zonas intermedias. Nadie
aportó profundidad. Tiquipaya vivió cómodo, fijado cerca
de la divisoria, apretando sobre la salida, forzando el error rival, ganando
rebotes y cargando el juego sobre la espalda de laterales permeables (a Ancieta
le cuesta el retroceso, a Padilla le pesa la inmadurez).
El 4-4-2 de Tiquipaya se le atragantó a Wilstermann, obligado a
defender uno contra uno en el centro de la zaga, incapaz de imponer la
superioridad numérica en el centro del campo y sin desequilibrar por los
corredores exteriores. Con el discurrir de los minutos, Padilla se arrimó sobre
el centro para reforzar a los centrales en su duelo contra los dos puntas
rivales, pero dejó abierto su carril, permitiendo peligrosas filtraciones, que
Montaño no evitó con su tardío retroceso.
Sobre la marcha, Zenteno volvió a la línea de tres atrás (Padilla
se sumó a los centrales), en una versión suicida que prescinde de laterales y
emplea a extremos (Velaquez y Ancieta) en rol de carrileros largos (sin
retroceso). Aunque la fórmula redituó ante formaciones de escasa dotación
técnica, que apenas podían escudriñar la fragilidad del esquema, no parecía
recomendable ante un cuadro con otro nivel recursos.
Un par de groseros errores de los volantes rojos (Aliaga perdió un balón en salida y Roca erró el despeje, que fue contra su arco) rompieron el partido. Fue floja la respuesta de Salinas ante el disparo de Velásquez que inauguró la cuenta. Ante la clamorosa pifia de Roca, todo el esquema local quedó a la intemperie. Valencia fue por el balón, anticipándose a la salida de Salinas.2-0 en 37 minutos.
Dos goles abajo, el cuadro local intentó canalizar el juego que,
hasta entonces, le fue imposible desarrollar. Delgadillo, más liberado al ir
como media punta, fue el único
jugador rojo que entendió lo que debía hacer.
Se mezcló en los espacios libres a espaldas de los volantes, dio salida con
desmarques de dentro a fuera y tomó la frontal del área para dar continuidad a
la jugada o finalizarla. Supo dónde recibir, cómo acelerar las jugadas y cuándo
soltar el balón. Con Rocabado y Veizaga extrañamente desorientados, el guion de partido pedía la aparición de los laterales.
Es cierto que el escenario no era el más adecuado para los extremos, pero
ninguno de los dos ensanchó el juego o se cerró entre líneas para ofrecer una
ruta de pase por dentro. El partido les pasó por encima. Demasiado tímidos,
inocentes al no comprender qué hacer, irresolutos cada vez que entraron en
contacto con el balón. Una gran acción individual de Delgadillo, sorteando
obstáculos y disparando casi sin ángulo, recortó la diferencia e ilusionó ante
la posibilidad de incluir a los refuerzos tras el descanso.
REFUERZOS
Con los esperados ingresos de Perea (extremo
izquierdo) y Monterrubianesi (hombre de área), Wilstermann sumó recursos de
calidad en ofensiva. Zenteno mantuvo el esquema, con Pozo reforzando a los
centrales (salió Padilla), pero exponiéndose por los flancos al disponer de
laterales reales. El colombiano constituyó una amenaza real por la orilla, con
indescifrables regates y punzantes intentos de desborde, con el argentino como
faro en el corazón del área. En una ráfaga, Wilstermann pudo torcer la
historia. Un disparo de Montaño y dos fallidos cabezazos de Monterrubianesi
bajo el arco, insinuaron un diferente curso de los acontecimientos. Sin
embargo, la amenaza se fue diluyendo. Delgadillo dejó de gravitar y el juego se
desvaneció. El problema seguía residiendo en la salida de balón. Ni Roca ni
Aliaga eran capaces de conectar con el media punta, que perdió movilidad y se
tiró muy atrás para tomar el balón. Sin eslabones en la cadena de elaboración,
el juego enflaqueció y redujo sus opciones a los explosivos arranques de Perea,
sobre cuya figura fue compulsivamente doblada la marca.
Al quedar sin laterales, por la reestructuración de Zenteno, Wilstermann tuvo que asumir muchos riesgos para intentar remontar el resultado, lo que en ocasiones le dejó a merced del contrario. Tiquipaya detectó la debilidad y buscó aprovecharla, cargando el juego sobre las orillas deshabitadas. La fragilidad de Zenteno y Pozo en cierres, cobertura y marca, hizo sangrar a Wilstermann, vulnerable y agrietado por flancos porosos. Ahí se vio a un equipo descoordinado, saltando sobre el poseedor sin tener en cuenta los espacios vacíos. El tercer gol se materializó tras un desborde por derecha, desparramando a los desesperados marcadores que iban al cierre, Pol García amagó y dejó reptando a Zenteno antes de definir con sutileza ante un golero indefenso.
Desde ese momento, cualquier pase hacia los atacantes provocó un alboroto en la defensa roja. Los dos delanteros se enfrentaban a dos defensas y a Roca, pero recibían sin ninguna marca encima, generalmente en los tres cuartos. Luego metían la directa y llegaba la hora de Salinas, que acertó en muchas. En la escala de despropósitos nadie ganó a Roca, que se equivocó siempre. Su descalabro le inhabilita como medio centro, con un problema añadido: es un jugador sin recursos.
Además de la afilada contribución de sus dos
delanteros, Tiquipaya se encontró con el impagable despliegue de sus volantes, jugadores
livianos y trabajadores que se impusieron con claridad en el medio campo. Se
adaptaron mejor al ritmo del juego, cerraron espacios, interceptaron, robaron y
abastecieron continuamente a los depredadores de arriba. El otro héroe fue el
golero, que sólo intervino en tres ocasiones, pero lo hizo con carácter
decisivo.
Tras el tercer gol, Tiquipaya jugó vigilando
sus posiciones defensivas (especialmente el carril de Perea) sin encerrarse
demasiado en su área. Aprovechó las debilidades rojas en la presión para salir
con velocidad a la contra. En los peores momentos supo enfriar el juego y nunca
renunció a otro gol.
La ausencia de un medio
centro de oficio, obligó al comando técnico a insistir con Aliaga y Roca como
doble mediocentro. En una actuación desafortunada
del todo, esa configuración enseñó los problemas existentes para afrontar
desafíos de ese tipo. En distintas ocasiones, perdieron la posición, erraron con el balón, bascularon
cuando no tocaba, replegaron con excesiva calma y condujeron el balón de forma
peligrosa ante la presión de los rivales. Pero más allá de aquellas
deficiencias, lo crítico es que resultan incapaces de dar salida limpia al
balón y ordenar el juego. El papel de mediocentro es vocacional.
Ninguno lo es, se sienten incómodos ahí y necesitan un aprendizaje acelerado y
profundo para ofrecer un rendimiento acorde a lo que exige la demarcación. Sin
resolver ese apartado, Wilstermann padecerá mucho para circular el balón,
elaborar y satisfacer la demanda de los atacantes.
A Tiquipaya no le costó aguantar su idea ante un Wilstermann que solo
amenazaba con Perea tras el pinchazo de Delgadillo. Sin embargo, siempre
pareció que la visita podía intimidar al resquebrajado y endeble bloque de
Zenteno. Algo falla cuando Wilstermann concede tantas oportunidades de gol a su
rival. La carencia en mitad del campo y el actual rendimiento de Aliaga, venido
a menos, explica esta vulnerabilidad, tanto como la dispersión de los volantes
y la separación de líneas. No es el pegamento que debe ser. Su espalda queda
desnuda muchas veces, se cohíbe en la presión y le cuesta neutralizar los
envíos de fuera a dentro. No recupera, es frágil para cerrar, apenas gana
disputas individuales. Zenteno está entregado al volante, porque no tiene otro,
pero necesita mucho más de él. Wilstermann juega ahora sin red, peor si decide prescindir
de laterales.
Si bien Zenteno intentó parar el sangrado llevando a Perea al centro para que Veizaga retrocediese, nada se arregló. Veizaga (luego Montaño) no volvió y Pozo fue una calamidad cerrando espacios. A su espalda había terreno fértil. El cuarto gol llegó por derecha, con una pelota a la desnuda espalda de un Zenteno inerte para el ingreso vacío de Leonel Ovando, que desairó el cruce de Roca y cruzó el disparo ante el cierre de Castillo. 4-1 en 65'.
El descuento de Monterrubianesi, tras internada de Perea, agitó la ilusión, pero Zenteno, con sus modificaciones, empeoró el panorama. Reemplazó a Velásquez y Veizaga con Montaño y Soto que, aunque no parezca posible, empeoraron un rendimiento ya paupérrimo. Multiplicaron los errores, no ofrecieron soluciones y atoraron la circulación sumando pérdidas e imprecisiones, sin contribuir mínimamente a la reposición del balance defensivo. Ante el desquiciamiento general, Castillo salió de zona para buscar alguna quimera metros arriba. Cuesta entender aquel alocado adelantamiento, que dejó aún más huérfana a una zaga derruida. Se estacionó en zona de volantes, tratando de conducir, pero sin marcar, sin correr rivales. Inerte, quedó atrapado en medio de la nada.
Para cerrar de la peor manera, Salinas fue sorprendido a la intemperie, a mitad del desierto, con un disparo de Ramiro Mamani, desde detrás de la divisoria, que superó su posición y redondeó la calamidad con una cifra de oprobio. 5-2.


