Un estudio sugiere que los bebés que conviven con perros tienen mejor salud respiratoria
Investigadores del Instituto de Salud y Bienestar de Finlandia identificaron bacterias específicas en el polvo de hogares con mascotas asociadas a menos cuadros febriles y una reducción en el consumo de fármacos durante el primer año de vida
InfobaeLos niños que crecen en hogares con perros suelen tener menos fiebre, menos infecciones respiratorias y menos tratamientos con antibióticos durante su primer año de vida. Esa tendencia se había documentado antes, pero nadie había logrado explicar con precisión qué la producía. Un nuevo estudio finlandés publicado en Pediatric Allergy and Immunology da ahora una respuesta parcial: ciertos microbios presentes en el polvo doméstico de hogares con perros están asociados a una mejor salud respiratoria en bebés.
Cuando los bebés tenían dos meses, los investigadores recogieron muestras de polvo del suelo de la sala de cada vivienda. Aspiraron 1 metro cuadrado en alfombras o 4 metros cuadrados en piso liso durante dos minutos. Luego analizaron el ADN microbiano con secuenciación Illumina MiSeq y midieron la concentración bacteriana con reacción en cadena de la polimerasa cuantitativa.

La bacteria de la boca de los perros
De los 14 grupos microbianos más frecuentes en hogares con perros, ocho explicaron de forma individual entre el 10% y el 23% del vínculo protector entre tener perro y al menos un resultado de salud favorable. El hallazgo más llamativo lo protagonizó Pasteurella, una bacteria que habita normalmente en la boca, las orejas y el mentón de perros y gatos, pero que casi nunca forma parte de la flora microbiana humana.
Su presencia en el polvo del hogar se asoció con menos semanas de fiebre en los bebés. Cuando los modelos estadísticos incluían este género bacteriano, la relación entre tener perro en casa y tener menos fiebre dejaba de ser significativa, lo que sugiere que Pasteurella podría ser un intermediario clave en ese efecto.

Un cuarto de la reducción en antibióticos
Tres géneros bacterianos correlacionados entre sí —Collinsella, Ruminococcus candidate group y Sutterella— explicaron en conjunto cerca del 25% de la reducción en el uso de antibióticos observada en bebés expuestos a perros. Ese porcentaje equivale aproximadamente a una cuarta parte del descenso total documentado en este grupo.
La otitis fue el único resultado en el que los microbios del polvo apenas mostraron influencia, según el artículo de Pediatric Allergy and Immunology.
Un dato que los autores subrayan con énfasis: el beneficio no depende de la cantidad total de microbios ni de la diversidad general del polvo doméstico. Hogares con perros tienen una microbiota más rica y variada que hogares sin perros, pero esa mayor riqueza no fue la que explicó la protección. Lo que importó fue la presencia de géneros específicos vinculados al animal.

Qué no prueba el estudio
Mäki y su equipo advierten que se trata de un estudio observacional: registra patrones, pero no puede establecer que convivir con un perro cause por sí mismo una mejor salud respiratoria en los bebés.
El diseño también tiene límites reconocidos por los propios investigadores: solo se tomó una muestra de polvo por hogar, no se recopilaron datos sobre virus y no se analizaron muestras de las vías respiratorias de los niños.
Los autores señalan además que otros factores del entorno familiar pueden influir en los resultados. Una vida más orientada al aire libre, hábitos compartidos en el hogar y dinámicas propias de las familias con mascotas son variables que el estudio no descarta y que podrían contribuir al patrón observado.

La protección observada en los bebés expuestos a perros se mantuvo incluso después de ajustar los modelos por factores como el tamaño de la familia, el entorno residencial y la exposición al humo del tabaco, según informó Newsweek.
Los investigadores concluyen que los géneros bacterianos y fúngicos específicos del polvo doméstico asociados a perros pueden explicar hasta un quinto de la menor prevalencia de infecciones respiratorias en el primer año de vida, aunque ese resultado aún requiere verificación en otras cohortes y con diseños que permitan establecer relaciones causales.


