Trump revienta el fútbol
El presidente de EE UU fue ganando peso en las decisiones de FIFA hasta superar unos límites éticos mínimos. Entre él y el fútbol, el mundo ha escogido lo segundo.
Quizá porque viene de una cultura alejada al máximo del fútbol o quizá porque nadie le ha parado nunca los pies, el presidente de EE UU fue ganando peso en las decisiones hasta superar unos límites éticos mínimos. Se autoimpuso liderar el grupo de trabajo, el task force, del Mundial 2026, a pesar de que otros dos países más lo organizaban: México y Canadá. Convirtió el despacho oval y la Casa Blanca en un escenario televisivo que chocaba con la tradición neutral del fútbol. Infantino y la copa del mundo pasaron repetidas veces por allí como si fueran el nuevo juguete de Trump. Incluso, poco antes del Mundial pasó Cristiano Ronaldo, el hombre sobre el que existía la duda de si podía entrar en el país por causas judiciales previas. Allí mismo se disiparon.
Infantino fue cediendo terreno ante Trump. Le subió al escenario en la entrega del Mundial de Clubes para darle tanto protagonismo como a los jugadores del Chelsea, que no pudieron quitárselo de en medio para la foto. Menos mal que Rodri sí lo logró antes de levantar la copa del mundo, la segunda de España.
Premio FIFA de la Paz
Infantino concedió el premio FIFA de la Paz a Trump durante el sorteo del Mundial en Washington en un movimiento sonrojante para el fútbol. Aceptó las pausas de hidratación que en realidad eran pausas comerciales y también un show en el descanso de casi media hora.
La detonación definitiva fue el caso Balogun: una llamada reconocida por Trump a Infantino levantó la sanción de un jugador de forma bochornosa. La propuesta de vender comercialmente un 20% del Mundial a fondos con afinidad con Trump fue la gota que colmó el vaso. La opinión pública y la UEFA estaban esperando a Infantino. Era de cajón este desencuentro. Era de cajón que entre Trump y el fútbol, el mundo escogiera lo segundo.


