Reconstruyen la vida y muerte de una joven enterrada con rituales antivampiros en Polonia
Una investigación sobre un entierro del siglo XVII en Pień halló que la mujer tenía entre 17 y 19 años, era de origen local y fue enterrada con una cuchilla curva sobre el cuello y un candado en el pie, en una práctica destinada a impedir su regreso de la tumba
InfobaeUna tumba hallada en Polonia volvió a poner en primer plano uno de los episodios más singulares de la arqueología europea. Un estudio científico reconstruyó la vida y la muerte de una joven enterrada con una hoz sobre el cuello y un candado sujeto al dedo gordo del pie, un tratamiento funerario que los investigadores vinculan con prácticas dirigidas a impedir que los muertos regresaran de la tumba. El caso corresponde a un cementerio del siglo XVII en Pień, en el norte del país, y fue difundido a partir de un trabajo académico publicado en la revista Journal of Archaeological Science: Reports.

El nuevo estudio intentó ir más allá del impacto visual del hallazgo. En vez de apoyarse sólo en una lectura folclórica del entierro, el equipo reunió evidencia arqueológica, análisis químicos, datación por radiocarbono, estudios isotópicos y pruebas de ADN para reconstruir quién era esa mujer, de dónde venía, qué comía y en qué contexto fue enterrada. Ese abordaje permitió asociar el caso no sólo con creencias sobre los muertos, sino también con tensiones sociales y temores colectivos que atravesaban a la región en esa etapa.
De acuerdo con el análisis, la joven tenía entre 17 y 19 años cuando murió. La datación por radiocarbono ubicó su entierro entre 1620 y 1674, con una probabilidad del 52,6% para ese rango cronológico. El análisis genético indicó que pertenecía a una línea materna rara, identificada como haplogrupo J1c2c1, con origen en Escandinavia y casi ausente entre las poblaciones eslavas actuales. Aun así, el estudio isotópico de sus dientes infantiles mostró que había crecido en el área local de Pień, lo que refuerza la hipótesis de que no se trataba de una extranjera llegada en la adultez.
Uno de los datos que más llamó la atención de los investigadores fue su posición social. Cerca del cráneo aparecieron restos de finos hilos metálicos de plata y alambre recubierto en oro, integrados a un tocado de seda. En el siglo XVII, ese tipo de materiales tenía un costo elevado y solía estar reservado a personas de familias con recursos. El entierro, entonces, no correspondía a una mujer marginal por pobreza. La investigación plantea una paradoja: una joven de estatus alto pudo haber sido objeto de un tratamiento funerario reservado a quienes despertaban miedo en su comunidad.

Ese miedo aparece reflejado en varios elementos de la sepultura. El candado y la hoz son consistentes con rituales que la bibliografía arqueológica define como prácticas “antidemoníacas” o antivampíricas. En distintas zonas de Europa central y sudoriental, esos recursos funerarios buscaban inmovilizar al muerto o impedir su retorno. Entre las medidas registradas en otros entierros de este tipo figuran decapitaciones, estacas de hierro, piedras pesadas sobre el cuerpo y reubicación de huesos. En este caso, la combinación de una hoja apoyada sobre el cuello y un candado en el pie sugirió una intención similar.
El trabajo también encontró señales de que la tumba fue abierta otra vez después del entierro inicial. El suelo del interior aparecía revuelto y mezclado, un indicio de intervención posterior. La posición de los huesos mostró que alguien alteró el cuerpo antes de que terminara la descomposición completa, cuando las articulaciones aún conservaban tejido blando.
Los investigadores vincularon esa alteración con el desplazamiento del brazo izquierdo hacia el noreste y con la incorporación de la hoz dentro de la fosa en una etapa posterior al primer depósito del cadáver. Ese dato resulta central para entender la lógica del caso. No se trató solamente de una mujer enterrada con objetos extraños, sino de un cuerpo que habría provocado inquietud incluso después del sepelio.

El regreso a la tumba sugiere que la comunidad, o al menos parte de ella, consideró necesario reforzar la protección contra la fallecida cuando ya estaba bajo tierra. En contextos de superstición, enfermedad y circulación de relatos sobre muertos peligrosos, esas decisiones formaban parte de un sistema de creencias más amplio.
El contexto de miedo y las nuevas pistas del entierro
El lugar del entierro también aportó elementos para la reconstrucción. El cementerio de Pień no figura en mapas históricos y carecía de cruces católicas u otros objetos devocionales propios de ese rito. Para los investigadores, eso apunta a una posible relación con comunidades protestantes. Además, el predio estaba ubicado fuera del pueblo y cerca de un cruce de caminos. Esa localización alimenta la hipótesis de un “falso cementerio”, un espacio destinado a personas temidas, rechazadas o apartadas del circuito funerario convencional.
La arqueología europea ha documentado cientos de entierros antivampíricos en la etapa posmedieval y en tiempos más recientes, sobre todo en sectores de Europa central y del sudeste del continente. Aun así, el estudio destaca que los casos fechados entre los siglos XVI y XVIII han recibido menos atención específica en la producción académica que los descubrimientos de otros períodos. Por eso, la Tumba 75 de Pień ofrece una oportunidad para observar con más detalle cómo interactuaban las creencias populares, la religión, la enfermedad y el control social en una comunidad concreta.

El análisis isotópico también añadió un matiz social a la historia de la joven. Pese a los indicios de riqueza asociados a su tocado, los niveles de carbono y nitrógeno la ubicaron entre las personas adultas del cementerio con bajo consumo de proteína animal. Ese patrón sugiere que atravesó períodos de malnutrición. La combinación entre signos de estatus y evidencia de carencias alimentarias muestra una biografía menos lineal de lo que podría suponerse a partir del ajuar textil.


