Para muchos estadounidenses, el estatus define la amistad

La soledad ha dado origen a un mercado que ofrece clubes, actividades y nuevas formas de socialización, pero deja fuera a quienes enfrentan mayores barreras económicas y sociales

Infobae

¿Por qué siento que me están vendiendo amigos?

Una publicidad me invita a unirme a un “club social moderno”.

Convierte a desconocidos en amigos” a través de cenas organizadas en restaurantes de moda.

Un edificio de departamentos de lujo promociona su “club social comunitario” como una atractiva amenidad, mientras que otra empresa emergente dedicada a las relaciones sociales me informa, de manera un tanto inquietante, que “encontramos a tu gente”.

Es posible que mis redes sociales estén demasiado bien configuradas para mí: los algoritmos saben que tengo más de 30 años, que vivo en una ciudad conocida por su constante movimiento de población y que suelo buscar datos y leer artículos sobre los cambios en nuestra vida social. Pero la enorme cantidad de estos anuncios sugiere que la necesidad de amistad está lo suficientemente extendida como para que se esté formando toda una industria a su alrededor.

Están los clubes de running y los “cultos” del ejercicio. En Instagram, me sedujo una publicación con mucho ambiente que evocaba con nostalgia la época anterior a los teléfonos celulares, cuando se organizaban fiestas en casa. Después de deslizar por un carrusel de imágenes cargadas de nostalgia, me invitaron a asistir precisamente a una reunión de ese tipo… pagando.

La epidemia de soledad ha recibido una amplia cobertura, desde las reiteradas advertencias del último cirujano general de Estados Unidos hasta las reflexiones publicadas en importantes medios de comunicación. Y el mercado de la soledad ha experimentado un auge: las firmas de capital de riesgo están invirtiendo en la “salud social y relacional”; los tecnólogos venden compañeros virtuales y chatbots como remedios contra el aislamiento; y políticos y filántropos han adoptado el concepto de “pertenencia” como una palabra de moda.

Una mujer sentada en el alféizar de una ventana con gotas de lluvia, sostiene un teléfono móvil con cable, una taza humeante y un edificio con una lámpara encendida en el fondo.

La inestabilidad laboral, la falta de dinero, tiempo y espacios accesibles dificultan construir amistad, comunidad y vínculos duraderos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aunque todavía me encantaría hacer nuevos amigos, tengo la suerte de formar parte de un grupo muy unido que se remonta a mis años universitarios. Y todas estas soluciones con fines de lucro parecen estar dirigidas precisamente a quienes menos las necesitan: la socialización se presenta como un bien de lujo. Si el aislamiento es realmente una crisis que afecta a toda la sociedad, necesitamos soluciones que también abarquen a toda la sociedad, así como comprender quiénes han quedado más profundamente excluidos de aquello que la amistad promete.

Con ese objetivo, los investigadores Sam Pressler, miembro del Instituto Karsh para la Democracia de la Universidad de Virginia, y Soren Duggan, estratega de comunicaciones y veterano del Ejército con experiencia en labores de inteligencia humana, elaboraron esta primavera un informe titulado “Nobody to Call” (Nadie a quien llamar), basado en una serie de 30 entrevistas cualitativas y exhaustivas con hombres de entre veintitantos y cuarenta y tantos años que no tenían un título universitario. Su intención era aportar una perspectiva más profunda al debate sobre la soledad mediante la búsqueda de personas que, según consideran, enfrentan las mayores dificultades. “Todos hemos experimentado una atrofia de nuestra vida social”, me dijo Pressler, “pero para los hombres sin títulos universitarios el fondo se ha desmoronado”.

Persona con capucha cubre su cara con las manos, sentada en un sofá con ropa y platos sucios, ventana con lluvia al fondo.
Las entrevistas muestran que terminar la escuela secundaria implicó perder una infraestructura social sin que otra institución ocupara su lugar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Menos de la mitad de los estadounidenses tiene un título universitario de cuatro años, pero quienes no lo tienen tienen menos probabilidades de contar con lugares donde reunirse —parques, bibliotecas e incluso cafeterías—, de participar en organizaciones cívicas o clubes sociales y de tener amigos cercanos o personas a quienes recurrir en busca de apoyo social. El título universitario de cuatro años ya no es solo una señal económica; se ha convertido en un factor que determina el estilo de vida.

Y aunque la educación superior suele analizarse en términos de su valor económico, su valor relacional queda extrañamente relegado. La experiencia universitaria, que se extiende durante varios años, reúne a grupos de pares que atraviesan juntos la transición a la adultez, a menudo estableciendo vínculos duraderos en el proceso y conectándose, a lo largo del camino, con mentores e instituciones.

Dos figuras femeninas sentadas en un banco largo roto, separadas por una grieta que se extiende por el suelo. Fondo azul grisáceo.
El informe "Nobody to Call" analizó la soledad en hombres sin título universitario a partir de 30 entrevistas cualitativas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las amistades, el sentido de propósito y las oportunidades se construyen con el tiempo, a través de instituciones y espacios compartidos. Para muchos hombres, la inestabilidad laboral —trabajos temporales en la economía de plataformas, horarios impredecibles— solo permite crear vínculos frágiles y fáciles de romper. La falta de dinero, tiempo y lugares accesibles donde reunirse se suma a la falta de confianza y de habilidades para relacionarse, lo que dificulta establecer o mantener nuevas relaciones. Como explicó uno de los entrevistados: “No es una comunidad cuando excluyes a personas que no tienen trabajos como el tuyo, dinero como el tuyo o que ni siquiera se parecen a ti”.

Muchos admitieron que, aunque querían construir una comunidad y hacer amigos, no tenían claro por dónde empezar. “No sé cómo salir simplemente ahí afuera y hacer amigos. La gente ya no hace tantas cosas en persona como antes”.

Un adolescente escribe en un cuaderno abierto con un bolígrafo, sentado en un pupitre dentro de un aula con sillas, ventanas y una mochila en el suelo.
Los hombres sin título universitario tienen menos acceso a parques, bibliotecas, cafeterías, organizaciones cívicas y redes de apoyo social. (Imagen Ilustrativa Infobae)

También existen cambios concretos en las políticas públicas que podrían ayudar: poner fin a la asignación de horarios laborales con poca antelación, ofrecer mayor apoyo y protección a los trabajadores de plataformas y establecer mejores políticas de permisos laborales que permitan disponer de tiempo para desarrollar la vida cívica. Pero uno de los principales problemas es, sencillamente, que estas personas sean vistas y comprendidas, no como estadísticas o caricaturas, sino como miembros de una comunidad compartida.

Entradas populares