La vacuna que dejó una muesca en el brazo a toda una generación tuvo un motivo histórico que salvó a la humanidad
La vacuna contra a la viruela dejó una característica muesca que perdura en una generación.
La historia de cómo uno de los virus más mortíferos se erradicó gracias a una muesca en el brazo
La viruela ha sido históricamente uno de los virus más mortíferos a los que se ha enfrentado la humanidad. Sus síntomas comenzaban con fiebre alta, dolor corporal y un intenso malestar general. Posteriormente aparecía una erupción cutánea que evolucionaba hasta convertirse en pústulas repartidas por gran parte del cuerpo. Quienes sobrevivían a la infección solían quedar marcados de por vida por las cicatrices, especialmente en el rostro, además de sufrir en algunos casos secuelas graves como pérdida de visión.
El punto de inflexión en la lucha contra la viruela llegó a finales del siglo XVIII gracias al médico británico Edward Jenner. Con el paso de los años, la vacunación contra la viruela se convirtió en una herramienta fundamental de salud pública. Sin embargo, el procedimiento difería notablemente de las inyecciones habituales que hoy se utilizan para prevenir enfermedades.
La característica marca que conservan muchas personas no era consecuencia de la viruela, sino del propio proceso de vacunación. La inmunización se administraba mediante una aguja bifurcada especial que realizaba múltiples punciones superficiales en la piel. A través de ellas se introducía una pequeña cantidad del virus vacunal, generalmente el virus vaccinia, relacionado con la viruela pero con capacidad para generar protección sin provocar la enfermedad.
Hablando en plata: ponía un virus debilitado justo en la zona central, donde dejaba una marca pronunciada alrededor de toda la muesca. Tras la aplicación, la zona experimentaba una reacción visible. Primero se formaba una pequeña elevación o pápula. Después surgía una vesícula con líquido en su interior y, posteriormente, una costra que permanecía durante varias semanas. Cuando esta terminaba desprendiéndose, la piel mostraba una pequeña depresión circular permanente.
foto: agenciasLa razón de que la vacuna dejara cicatriz se encontraba precisamente en esa reacción local. Durante el proceso de curación se producía una alteración del tejido cutáneo superficial que generaba una cicatriz atrófica, es decir, ligeramente hundida respecto al resto de la piel. El tamaño y la visibilidad variaban según cada persona. En algunos casos apenas era perceptible, mientras que en otros permanecía claramente identificable décadas después.
Esa pequeña muesca tan característica firmó una de las imágenes históricas de los avances médicos del siglo XX. El último caso natural conocido de transmisión de la viruela ocurrió en Somalia allá por 1977. Tres años después, en 1980, la Organización Mundial de la Salud dio por erradicada la enfermedad.


