El estrés infantil deja una “cicatriz” en el cerebro: cómo afecta el ADN de las neuronas

 Investigadores de las universidades de Washington y Princeton hallaron una marca física que explica la relación entre la adversidad en la niñez y el riesgo de trastornos del ánimo en etapas posteriores

Infobae

El estrés intenso en la infancia puede dejar una marca física y duradera en las células del cerebro, y un nuevo estudio mostró que esa huella altera la forma en que se empaqueta el ADN en neuronas vinculadas a la respuesta al estrés, lo que puede volver más vulnerable al individuo a la ansiedad, la depresión y otros trastornos del estado de ánimo en la adultez.


La investigación fue realizada por científicos de la Escuela de Medicina de la Universidad Washington en San Luis y la Universidad de Princeton, y publicada en la revista Neuron. El hallazgo apunta a un mecanismo biológico concreto que conecta la adversidad temprana con una mayor susceptibilidad posterior a la enfermedad mental.

Más de la mitad de los niños del mundo están expuestos a estrés temprano por abuso, disfunción en el hogar, violencia, consumo de drogas u otras experiencias traumáticas. La acumulación de cuatro o más de esas experiencias se asocia con riesgos mucho mayores de problemas físicos y mentales a largo plazo en la vida adulta, explicaron los autores del estudio.

Meaghan Creed, profesora asociada de anestesiología en la Universidad de Washington y una de las autoras principales, dijo que el equipo identificó “un nuevo proceso biológico” que vincula las experiencias adversas en la primera etapa de la vida con esa vulnerabilidad prolongada. Añadió que el resultado muestra “una cicatriz física” dejada por el trauma del desarrollo dentro de las células cerebrales y ofrece un objetivo biológico preciso para futuros tratamientos e intervenciones.

El estudio ubicó la huella del trauma en neuronas dopaminérgicas

Detalle de una red de neuronas con múltiples ramificaciones azules, un nodo central brillante que emite luz blanca sobre un fondo negro oscuro.
Científicos identificaron una “cicatriz física” provocada por traumas infantiles dentro de las neuronas cerebrales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los investigadores se centraron en el área tegmental ventral, una región cerebral en la que las neuronas productoras de dopamina intervienen en el procesamiento de elementos relevantes del entorno, entre ellos la recompensa y la adversidad. Cuando esas células se activan de forma anómala, algo que puede ocurrir como respuesta al estrés, se altera la manera en que el cerebro procesa la recompensa y aumenta la vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.

Dentro de esas neuronas, el equipo examinó el epigenoma, es decir, el conjunto de marcas moleculares que indican a la maquinaria celular qué genes deben activarse o desactivarse. Esas señales modifican la actividad de las células sin cambiar la secuencia del ADN.

Cuando ese “resorte” genético está comprimido, los genes quedan apagados. Cuando se estira y se abre, los genes se vuelven más accesibles y pueden activarse con mayor facilidad.

El estrés temprano se asoció en ratones con una mayor vulnerabilidad a la ansiedad, la depresión y otros trastornos del estado de ánimo (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio halló que una enzima llamada SETD7 era más abundante en las neuronas dopaminérgicas de ratones jóvenes sometidos a estrés que en los criados en un entorno habitual. Esa enzima favorece la colocación de una marca química llamada H3K4me1, que señala la estructura para que se desenrolle.

Según Peña, ese cambio deja a la célula más reactiva frente a lo que ocurre en el entorno. En términos prácticos, el cerebro queda preparado para activar con más facilidad los genes que responden al estrés.

Como adultos, esos ratones mostraron neuronas dopaminérgicas más reactivas y conductas más ansiosas que los animales que mantuvieron niveles normales de la enzima durante toda su vida. El estudio señaló que ese estado epigenético persistente elevó la reactividad neuronal y el comportamiento similar a la ansiedad en la adultez.

Hombre, bata blanca, guantes azules, computadora, pantalla con ADN y gráficos, tubos de ensayo, placas de Petri, impresora de ADN sintético.
Bloquear la enzima SETD7 después del estrés impidió la hipersensibilidad al estrés en etapas posteriores (Imagen Ilustrativa Infobae)

El experimento también mostró el efecto inverso. Cuando los científicos impidieron que SETD7 añadiera un exceso de la marca H3K4me1 después del estrés temprano, la estructura del ADN permaneció cerrada y los ratones quedaron protegidos frente a una sensibilidad excesiva al estrés más adelante.

Incluso después de haber atravesado estrés en etapas tempranas y también en la adultez, los animales con niveles reducidos de la enzima conservaron conductas sociales y exploratorias comparables a las de ratones no estresados. Sus neuronas dopaminérgicas, además, mantuvieron niveles normales de actividad.

La investigadora añadió que, si durante esas ventanas sensibles del desarrollo se ofrece apoyo, terapia o recursos sociales a los niños, podría protegerse el epigenoma. Eso, dijo, podría impedir que ese “resorte” genético quede fijado en una posición abierta y dar al cerebro en desarrollo una oportunidad de construir resiliencia natural.

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