Esa convicción de ser los mejores
Un francés como yo, por definición cartesiano, debería moderar su lirismo y su desmesurado optimismo. Pero no. No lo consigo. Esta selección me flipa.
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Me tendría que asustar la inmensa confianza que siento cada vez que veo a Francia empezar un partido de este Mundial. Me tendría que molestar el absolutismo que hay en mi país, esa creencia de que nuestra selección es de lejos la mejor y que el 19 de julio coseremos una tercera estrella sobre nuestras camisetas azules. La fe colectiva del otro lado de los Pirineos es tal que ya estamos debatiendo si este equipo capitaneado por Mbappé está ya por encima del grupo liderado por Zidane en la Eurocopa del año 2000 (mucho más potente y equilibrado que en el Mundial de 1998) y comparable con la legendaria Francia de Platini de los ochenta. Un francés como yo, por definición cartesiano (es decir, que usa la razón y la lógica), debería moderar su lirismo y su desmesurado optimismo. Pero no. No lo consigo. Esta selección me flipa.
Intento buscar algunos defectos y los que encuentro me parecen finalmente detalles. Por ejemplo, que existen mejores laterales que Jules Koundé y que, a veces, los galos pecan un poco de falta de concentración defensiva justo después de marcar un gol y de celebrarlo a lo grande y todos juntos. Cositas que se pueden arreglar según se avanza en la competición y llegan los Alpes (las etapas más duras como en el Tour). Así que esta noche veré el partido frente a Paraguay con el complejo de superioridad. Y no me avergonzaré por ello.


