Baresi, el hombre que sabía demasiado

No fue un central, sino un ejemplo de cómo triunfar sin ser el más rápido ni el más atlético.

Luis Nieto
As
Franco Baresi ganó tres Copas de Europa, fue Balón de Plata, le retiraron su camiseta número 6 en el Milan, la única casa futbolística y casi familiar que conoció, y fue justamente condecorado con la Orden de Mérito de la República Italiana. Sin embargo, podría decirse que el suyo fue un éxito casi inexplicable: tuvo una infancia difícil (perdió a sus padres con 16 años), jugaba de defensa, donde son mayoría los actores de reparto, y no era el más rápido ni el más corpulento ni el más atlético ni el más mediático ni el más estético. Pero fue un jefe natural, porque en aquel Milan de tulipanes de oro (Rijkaard, Gullit y Van Basten) nadie leía el fútbol como él. “El juego se entiende por instinto, antes de que ocurran las cosas. Aunque seas más lento que tu rival, si interpretas la jugada, llegarás más rápido al balón”, explicó una vez, en lo que puede considerarse su retrato-robot como futbolista. Y años más tarde abundó en el asunto: “Mi primera virtud era pensar antes que los demás. Luego dirigir al equipo, saber siempre dónde debían estar nuestros jugadores y dónde encontrar a los del adversario”. Podría valer como diario de a bordo de un almirante.

Su papel preferido era el de líbero, especie extinta que venía a ser el central sin marca que mandaba en todo y lo corregía todo. Al menos así le vieron Liedholm y Sacchi, los dos técnicos que marcaron su carrera y le convirtieron en su brazo armado dentro del terreno de juego. Fue la pieza fundamental en ese achique asesino del Milan en el que murieron repetidamente Madrid y Barcelona sin perder la admiración por él. Siempre dijo que aquel 5-0 de 1989 al equipo de Beenhakker fue el partido de su vida, quizá porque retrató bien su idea del fútbol: organización, conocimiento del adversario y humildad. “Sacchi tenía una atención maniaca al trabajo diario y al estudio del rival. Nos pidió que lo hiciéramos con aquel Madrid, que jugaba de una forma muy desorganizada. Éramos más equipo que ellos”.

Baresi fue, en definitiva, un guía silencioso, que no silenciado. Hace casi treinta años que se retiró del Milan, el equipo donde entró con 14 y solo lo dejó para colgar las botas a los 37, y aún se le cantaba en San Siro: “Un capitán, solo un capitán”. Fue más que eso, el jefe del estado mayor de la defensa del siglo XX.

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