Una Muslera, una guerra y a soñar
Una cantada del meta uruguayo tras remate de Baena otorga el liderato a España en un partido ante un rival durísimo con un arbitraje esperpéntico
MarcaEn un semillero de patadas, codos, roces y trifulcas, España, incómoda, alcanzó el liderato del grupo con un golpe afortunado tras una cantada estrepitosa de Muslera a tiro de Baena. Uruguay, con la complicidad de un arbitraje esperpéntico, jugó la trampa de la intimidación, pero se va del Mundial antes de tiempo.
España encontró más resultado que fútbol. La fotografía del grupo español no es la más idónea para una guerra como la de Guadalajara. Uruguay le tomó la medida la medida al árbitro, el señor Elfath, que parecía que arbitraba con las reglas del hockey hielo.
En algún momento era más importante conservar los tendones que el balón. Los mamporros sirvieron para desconectar el habitual juego español. No había hueco para la brillantez, aunque con Lamine en el césped eso es antinatural. El interior, perseguido por los rivales, dejó chispazos de adulto.
La apuesta de De la Fuente
El fútbol es un armario de caprichos. En un segundo cambia un partido. En la misma jugada, antes del descanso, encontró España un doble paraíso. Un remate normal de Baena examinó la destreza de Muslera, que se comió un gol impropio de la élite. A la vez, unos metros más atrás, se lesionaba Ugarte, uno de los centinelas hasta ese momento del cuadro uruguayo.
Hasta esa carambola había pocos motivos para la fiesta. Son horas en España de sirenas, de camión de la basura, de cenar en copa como dice Alcaraz, de una luz en esa terraza que siempre está apagada y de ver un Mundial con el reloj boca abajo. Uruguay, tobillero y aguerrido, había minado el césped. España no estaba cómoda. Cada disputa era un suplicio.
Bielsa es un entrenador de carajos, libros, rimas y leyendas. Si le compras el discurso, sus equipos, convertidos en una secta, son la última mota del romanticismo; si no, el desorden se apodera de la mente del futbolista y el caos llega hasta las tuberías del vestuario. El entrenador argentino, discutido en Uruguay hasta el agotamiento, cocinó un partido antipático para España.
La cantada de Muslera
De la Fuente se lo olía y metió en el equipo titular a Merino y Marcos Llorente por Olmo y Pedro Porro. Más músculo y más altura. Antes y después de la primera pausa del dólar, España tenía el balón, pero no tenía el partido. Uruguay empezaba a amenazar de verdad. Así era hasta el remate de la traviata de Muslera y su estirada de señor mayor. El tamaño del error era tan grande que el meta no compareció tras el descanso.
Aparte de la lucha por encender el fuego, Uruguay se anclaba al partido con la omnipresencia de Bentancur, un compendio de carácter y buen hacer, que se ha pasado media temporada lesionado en el Tottenham. Subido a su grupa, Uruguay se apoderaba del escenario.
El extrarradio del morbo aventuraba un nuevo Valverde-Baena. Hubo que conformarse con nuevos picantes, como los que fabricaba Canobbio, un grano con el que sobre todo peleó Cucurella. El uruguayo encontró su premio, la tarjeta roja, tras una entrada de años 70 a Cubarsí.
El partido era tan agrio que De la Fuente optó por sustituir a Pedri, amenazado si veía una amarilla, para evitar que el concurso del árbitro le salpicase. Si la primera mitad fue áspera, la segunda era desagradable. De la Fuente recambió piezas. Ferran repitió larguero en la mejor ocasión del partido.
Con Uruguay intentando todo, el reloj castigó su falta de claridad. Como en Sudáfrica, España comenzó la ruta del 1-0. Antes del final, el árbitro volvió a perdonar otra roja a De la Cruz. El esperpento de una noche de verano. Ahora toca soñar con lo que venga.



