Tenis | Roland Garros Campeón al fin
Zverev supera al italiano Cobolli para ganar con 29 años su primer título de Grand Slam. Es el tercer tenista nacido en los 90 que lo consigue.
Con 29 años, el alemán ganó por él y, en cierto modo, por esa generación perdida de tenistas nacidos en la década de 1990, que sufrieron al Big Three de Federer, Djokovic y Nadal y padecen ahora bajo el yugo de Alcaraz y Sinner. Es el tercer campeón de Slam de esa quinta, tras Dominic Thiem, que le venció a él en la final del US Open 2020, y Daniil Medvedev, triunfador en el torneo neoyorquino de 2021, contra Djokovic. Tumbado sobre la tierra batida de la central de Roland Garros y entre lágrimas, lo celebró antes de recibir el abrazo y la felicitación sincera de su rival, con quien tiene muy buena relación. Cuatro años antes (2022), en la misma pista, cuando parecía en condiciones de poder con Nadal en las semifinales, se rompió el tobillo derecho y estuvo casi siete meses sin competir.
Casi nadie quería que ganara Sascha (le silbaron incluso), comprensible por esa sombra de maltrato machista que le persigue o por la natural tendencia a apoyar al más débil. Pero él se sobrepuso y aprovechó la mejor ocasión que había tenido nunca, en ausencia de los ogros que le habían atormentado en otras ocasiones, para añadir el trofeo de un major (al cuarto intento tras perder las finales del US Open 2020, Roland Garros 2024 y el Open de Australia 2025) a los que tenía de Másters 1.000 (siete), al oro olímpico de Tokio 2020 y a dos ATP Finals. En total, 25 títulos. Su gesta es única en su país, puesto que ni el mismísimo Boris Becker fue capaz de triunfar en París desde el inicio de la Era Open (1968). El pelirrojo fue el último ganador teutón de un grande (Open de Australia 1996), después de que Michael Stich se hiciera con la Copa en Wimbledon 1991.
Tras una vistosa ceremonia con un grupo de danza bailando al son de una versión del Modern Love de David Bowie, Zverev rozó la perfección en un primer set que encaró inusualmente concentrado, porque suele entrar frío a los partidos. En esta ocasión no lo hizo y en el juego inaugural ya tuvo tres opciones de quiebre antes de aprovechar la cuarta para adelantarse. Después, le rompió otras dos veces el saque a Cobolli, que estaba sobrecogido por la ocasión y no daba con la tecla para inquietar al resto, a pesar del apoyo mayoritario de la grada y de un grupo, se supone, de amigos que le animaba sin descanso, con camisetas azules detrás del box de su equipo. Insistía demasiado contra el revés de Sascha que, además, se desempeñó con muy buena mano y mucha tranquilidad.
Lo cierto es que parecía lanzado hacia una victoria en tres mangas y, de hecho, la segunda la inició con mayor contundencia si cabe en sus servicios (ganó dos en blanco), hasta que con 3-3 se atrapó de súbito, cometió un par de dobles faltas y su oponente se vino arriba para encontrar, por fin, el primer punto de break y quebrarle. Flavio llevaba un rato jugando con mayor valentía y tuvo premio. Cuando sirvió para cerrar el parcial, no le tembló el pulso y puso el broche con un bonito saque-red.
Ahí empezó otro partido. Con los fantasmas de anteriores fracasos sobrevolando la Chatrier, Zverev amenazó con romperlo de nuevo, pero Cobolli seguía encorajinado y salvó los muebles con pericia y rabia. Ya no se iba a amedrentar. Máxime habiendo minimizado los errores no forzados y con la ventaja de haber tenido un día más de descanso que su oponente, por no haber jugado en semifinales ante su paisano Matteo Arnaldi, aquejado de un virus. Tiraba de recursos como la dejada y las subidas a la red, sin renunciar al ataque con golpes de derecha. Sin embargo, la resistencia de Alexander no disminuía y se le veía con piernas para llegar a todo. Y de repente, volvieron los fallos de Flavio. Dos seguidos de drive le dieron el tercer set al hamburgués, que levantó los brazos para pedir el calor del público.
Amenaza de autoboicot
Se repetía la situación de la final de 2024, cuando Zverev estaba a una manga de ser campeón contra Carlos Alcaraz. Parecida a aquella otra del US Open 2020, aunque en esa ocasión el teutón le había ganado las dos primeras a Thiem. Y, como entonces, amenazó con boicotear su éxito. Perdió el saque nada más empezar el cuarto parcial y le tocó remar a contracorriente hasta que niveló el marcador en el sexto juego e incomprensiblemente volvió a ceder terreno en el séptimo. Para colmo, le dieron calambres. Sin embargo, en el peor momento físico apareció de nuevo su mejor tenis e impidió que el florentino cerrara el set con su servicio. Luego se puso por delante con un ace discutido por Cobolli y, tras ser atendido y tomarse un antiinflamatorio y unos geles, encaró el tie-break con la confianza que le daba su magnífica marca en los juegos decisivos del major parisino (22-4 ahora). Había ganado 21 de los 22 últimos y falló en el más importante. Fue mérito de Flavio, que con un dejadón y un ganador tremendo con la derecha llevó el duelo al quinto y definitivo set.
Lejos de dejarse llevar por la depresión, Zverev atacó y encontró el break de inmediato. Chapeau. Ayudado por las inesperadas dudas de Flavio. Le quedaba consolidarlo y mantener la ventaja hasta el final. Dos dobles faltas consecutivas le pusieron cuesta arriba una tarea que resolvió con algo de fortuna y bastante sensibilidad en el golpeo. También algún error de bulto de su contrincante, que se derrumbó físicamente (también le atendieron) y encajó otra rotura, camino de una inexorable derrota y de la gloria, por fin, del mejor tenista sin título de Slam que quedaba en el circuito.


