NBA | Finales 2026 / New York Knicks, en la cima del mundo
Un partido maravilloso, para la historia, de Jalen Brunson (45 puntos, 15 en el último cuarto) y otra remontada con un final a máxima presión coloca a los Knicks en el trono de la NBA.
Nueva York es la ciudad que te sobrecoge cuando se avanza hacia su panza desde el Puente de Queensboro, la de las leyendas (las documentadas y las apócrifas, que a veces son las mejores) del baloncesto callejero: Rucker Park, The Cage… hay muchos tonos de sangre azul, muchas formas de ser el rey del mundo. Pero esas, las de gente y barrio, parecen más a mano en esos rincones en los que, según Mark Twain, había que dejar huella para ser de verdad alguien, el imperio hipertrofiado al que Kurt Vonnegut acudió, como un peregrino, para renacer: “Cuando el tren se metió en un túnel llegando a Nueva York, con su tejido de tuberías y cables, fue como volver a salir del útero”. La agitación permanente que para Sinatra nunca dormía y para Simone de Beauvoir quitaba los motivos para dormir, la que hace tanto ruido que confunde lo que uno tiene en la cabeza y muda su piel en las marcas de una arquitectura inevitable, que está en nuestra memoria colectiva y que atrapa en su puño un mar de luces, estrellas domadas y bajadas del cielo pero también, en la visión de Frank Lloyd Wright, formas de pesadillas que elevan monumentos a la codicia y el poder del dinero.
Nueva York, en fin, depende de cómo se viva y cómo se mire. De cómo te trate la suerte. Y por eso, porque ha construido su leyenda vendiendo que es el lugar en el que todo puede suceder, resultaba una aberración ilógica que en sus calles se pudiera decir de todo menos, durante el último medio siglo (un poco más), que los Knicks eran campeones de la NBA. Los viejos Knickerbockers, la cara A del Madison Square Garden, The World’s Most Famous Arena, el templo de la cultura pop en el que Marilyn le cantó cumpleaños feliz a JFK y donde Joe Frazier derrotó a Muhammad Ali en la pelea del siglo, The Fight.
Allí, donde los Knicks han sido parte de los huesos de la NBA desde la prehistoria, desde que era BAA en 1946; donde Willis Reed emergió lesionado, por el túnel, para derrotar en el séptimo partido de las Finales de 1970 a los Lakers (“I think we see Willis coming out!”, narró Jack Twyman) y donde Patrick Ewing cargó con la ciudad sobre sus hombros durante quince años, una leyenda porque ganó y otra porque no lo hizo pero se dejó el alma intentándolo, hacía 53 años que no se podía decir que los Knicks eran el mejor equipo del mundo, el mayor espectáculo sobre la faz de la tierra como en aquellos setenta, héroes en blanco y negro, de Reed, Walt Frazier, Bill Bradley y Earl Monroe. Ahora, por fin, sí se puede. Por todos esos años en los que han estado a punto de saltar por los aires las costuras azules y naranjas de una ciudad en la que ningún equipo tiene más aficionados que los Yankees pero en la que, aunque aparentemente no tenga sentido, todo el mundo es de los Knicks. Los viejos Knickerbockers, campeones de la NBA. Como en 1970 y 1973.
Va por todas las derrotas, los desastres, los errores, los patinazos, las cagadas. No se trata tanto de quienes se reían (nos reíamos) de lo que acabó siendo una caricatura de franquicia sino de los que escucharon esas risas, sufrieron esas bromas, se acostaban pensando en cuándo surgiría alguien que les hiciera ganar como Willis Reed o perder como Patrick Ewing, alguien a quien le reventara en el pecho el carácter de la Gran Manzana, la Nueva York de verdad. Va por los que se llevaron las manos a la cabeza con los contratos de Eddy Curry, Chris Childs, Jerome James o Joakim Noah; los que vieron como se desperdiciaban picks altísimos de draft en Frank Ntilikina, Kevin Knox o un Jordan Hill que fue el plan B a Stephen Curry, cuando los Warriors se aferraron a su pick sin negociar bajadas. Lo que pudo haber sido y no fue: la calamitosa reunión con LeBron James en 2010, el intento fallido de colarse en el ultimátum de Michael Jordan a los Bulls en 1996, las negociaciones mal llevadas con los Bucks para cazar a Kareem en 1975 y el no a los Nets cuando estos ofrecieron a Julius Erving para hacer pelillos a la mar con una deuda de cinco millones en 1976. O, claro, el salto a 2019, el verano en el que Kevin Durant y Kyrie Irving se empeñaron en jugar juntos en Nueva York… pero en los Nets. La decisión que hizo que muchos escribieran esquelas sobre el antiguo régimen.
Hay muchos universos alternativos en los que los Knicks podrían haber sido los reyes de la NBA entre 1973 y estas Finales que acaban de terminar, las de 2026. El séptimo partido del equipo de Bernard King contra los Celtics de 1984, la final del Este de 1993 contra los Bulls de Jordan y la pelea de John Starks y Scottie Pippen, el 4-3 contra los Pacers en 1995 y el de 1997 contra los Heat y, claro, las Finales de 1994 y 1999. Hakeem Olajuwon y Tim Duncan. Y después, sí, los años negros de los despachos: del imperio tóxico de Isiah Thomas a las horas tardías de Phil Jackson, la tonelada de puntos sin mayor gloria de Carmelo Anthony y, hasta ahora, el sí pero no de Tom Thibodeau.
Hay muchos universos alternativos, pero los Knicks han sido campeones en este. En el que se inventó Leon Rose y al que Mike Brown llegó el verano pasado obligado a ganar (ha ganado) con el mandado de hacer las cosas que jamás habría hecho Thibodeau (las ha hecho). Este es el equipo que no podía salirse con la suya porque Jalen Brunson era demasiado pequeño; porque Karl-Anthony Towns jamás sería fiable en las batallas de verdad, porque OG Anunoby se empeñaba demasiadas veces en esconder lo increíblemente bueno que es y porque qué cabeza iba a entender que Mikal Bridges costara seis primeras rondas de draft. Este era un equipo que parecía destinado a ser devorado por la presión, por sus propias limitaciones y los rumores de que todo acabaría en un traspaso por Giannis Antetokounmpo. Y, más cadáveres en el armario de una búsqueda eterna, a intentarlo de otra manera.
Pero este ha sido, finalmente y sobre todo, un equipo de Nueva York, al que la ciudad ha abrazado como suyo durante un camino que ha estado lleno de pasos en falso y noches en vela con las cabezas hechas un lío. Estos Knicks visualizaron tantas veces su muerte que dejaron de temerla. Una armadura Made in Nueva York: Brunson correteaba por la pista antes de esas Finales de 1999 en las que su padre Rick era suplentísimo… pero era un knickerbocker. Towns creció con la mirada perdida en el skyline del millón de postales desde el otro lado del Hudson, en New Jersey; y Jose Alvarado, soñando en Brooklyn con estar algún día donde está ahora, entre los elegidos que llevan la camiseta de los Knicks. Una colección de nombres que los aficionados recitarán, de carrerilla y para siempre. Realeza de Nueva York y ahora, 14 de junio de 2026, reyes de la NBA. Cincuenta y tres años después.


