NBA | Finales 2026 / ¿La maldición del Donald Trump game?

Unos Knicks descosidos pierden la inercia y parte de su ventaja en las Finales. Los Spurs, en un ambiente enrarecido, dan el primer paso y, al menos, están vivos.

Juanma Rubio
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Si los Knicks pierden estas Finales, si acaban siendo el primer equipo que deja escapar una ventaja de 0-2 (la que bastó a los Bulls de 1993 y a los Rockets de 1995) en la lucha por el anillo, este tercer partido será recordado como el momento bisagra, el casi match ball (la opción del 3-0, en esencia un jaque mate) que se fue al limbo. Si acaba sucediendo, y porque en el deporte estadounidense noches así suelen acabar teniendo nombre propio, este será, seguramente y para siempre, el Donald Trump Game. Una piedra más que se sumaría al muro de las lamentaciones que es la historia de los Knicks desde que ganaron su último título en 1973. De momento, es habla por hablar, un puro condicional. Pero algo es, desde luego: los Spurs devolvieron (111-115) el primer golpe a domicilio tras llevarse dos trompazos en su casa, aparentemente letales. Mañana se juega el cuarto partido, otra vez en el Madison. Un trance para el que habrá que ver cómo están los sistemas nerviosos, los estados de ánimo y, desde luego y ya en pleno corazón de la Finales, los depósitos de combustible.

La lucha por el campeonato pisó el Madison Square Garden por primera vez en este siglo, desde un 5 de junio de 1999 en el que los Spurs (una dinastía naciente) ganaron por los pelos (77-78), el partido y el título. Con la ciudad en ebullición, los aficionados en las calles y una marea azul y naranja en feliz crecida; en pleno impulso por las históricas trece victorias seguidas de los Knicks en estos playoffs (ahí quedó el contador, a dos de las quince de los Warriors en 2017), las horas entre el segundo partido, el éxtasis, y el inicio del tercero, teóricamente un tumulto en la jungla del Madison, acabaron siendo todo lo anticlimáticas que podían ser.

Las cosas de estos tiempos, una especie de cápsula enemiga de la diversión. Primero, porque el hipercapitalismo es así y al que no le guste que se vaya a tal y cual, el cacareo por los precios de las entradas, imposibles. Estos eventos, sencillamente, ya no son para el pueblo, así que ya no pueden ser lo que fueron. Seguirán siendo una brújula de la memoria colectiva, pero de otra manera. Con una (cada vez menos delgada) línea roja que separa a las comunidades para mayor gloria de la estratificación y el selfie. Y después, claro, porque James Dolan, que llevaba demasiado tiempo sin sacar los pies del tiesto, decidió que el regreso de las Finales al Madison, 27 años después, era la excusa perfecta para convertir esa jornada, esperada por generaciones, en el día de Donald Trump. No, para qué, de los aficionados de los Knicks.

El corazón de Manhattan se militarizó, las condiciones de acceso se pusieron duras, hasta las rutinas de los jugadores se alteraron y se cancelaron los eventos y fiestas en los alrededores del Madison. Y todo porque Dolan, un propietario odiado durante lustros, decidió que era el día para invitar a su suite a Donald Trump. Una jornada de pleitesía al gusto del POTUS, y seguramente no gratuita (en ciertos niveles, todo son negocios), que enfrió los ánimos, enrareció el ambiente y acabó en pitada muy sonora, durante el himno, al primer presidente de Estados Unidos que acude a ver en directo un partido de las Finales. Y que luego, por qué no, pareció echarse alguna cabezadita en su butacón.

El exceso de seguridad terminó de distanciar a los aficionados, también a los que no pueden pagar más de 10.000 dólares por una entrada normalita (la mayoría) pero planeaban reunirse en los alrededores del pabellón. Importe todo esto lo que se quiera pensar que importó, el Madison estuvo mucho más frío de lo normal, desde luego mucho más de lo previsto. Y los Knicks perdieron. Pero Dolan pasó un buen rato con Trump en su suite.

Demasiados errores de los Knicks

Claro que perder, lo que se dice perder, los Knicks no perdieron por eso. Les faltó disciplina, continuidad, el flujo de juego que los había vuelto imposibles de derrotar. Se desangraron en un carrusel de pérdidas, muchas indecorosas, que no corrigieron en ningún momento. Parecieron nerviosos, destemplados por la trascendencia del momento y, lo peor de todo, incapaces de aprovechar las vidas extra, el santo y seña de esa racha de trece victorias que ha terminado y que les obliga a resetear de cara al partido de mañana. Demasiados errores no forzados, si fuera tenis. Demasiados riesgos innecesarios (también de Mike Brown en la rotación, seguramente porque hasta ahora todo salía bien), demasiados patinazos cuando podían haber abierto en carne viva las heridas de los Spurs, todavía frescas y ahora, veremos mañana, en proceso (al menos: no es poco) de cicatrización.

El partido fue tenso, por momentos dramático en las primeras Finales desde 2015 que resuelven los tres partidos iniciales por diez puntos o menos. Muy físico, deslavazado y con interrupciones constantes. Un arbitraje pésimo metió la segunda parte en un fango que bendijo a los Spurs, que necesitaban cualquier cosa que pudiera ayudar a su causa. Como no tenían nada que perder, trataron de ver cuál era el límite para cada equipo y detectaron discrepancias por las que colaron, a la desesperada, un tono defensivo extremo. Ahí, después de un segundo partido en el que también jugaron con ese factor de su lado, se ha abierto otra batalla y Mike Brown se sumergió en ella nada más terminar este tercer partido: “Nunca pensé que vería un partido de las Finales con 24 tiros libres para un equipo y ocho para el otro en la segunda parte. Si va a ser así, creo que nuestras opciones se reducen drásticamente. Si nosotros hicimos todas esas faltas... ellos también”.

En el otro lado, por ahora los Spurs no tienen nada que decir. Lo que se puso a tiro, lo agarraron con la fuerza que les faltó la semana pasada. Si tenía que ser con esa sucesión indigesta de tiros libres, pues bienvenida sea. Todo ayuda cuando el único plan es salir de la tumba y no hay más narrativa que la supervivencia. Y, en eso, desde luego, el partido de los texanos fue tremendo. Los Knicks no perdían desde el 23 de abril, jugaban en casa y parecían tener el control psicológico de la eliminatoria. Ahora, como mínimo, vuelven a ser mortales. Sangran. Y si sangra, se le puede matar. O eso dijo ‘Dutch’ Schaefer en Depredador.

Los Spurs, sobre todo, hicieron todo lo necesario para escapar. Incluida, esta vez, la dureza que les había faltado en los dos finales anteriores. No temblaron, agitados por los malos recuerdos (y eso es de equipo grande), cuando, a pesar de su superioridad de toda la segunda parte (notable), tuvieron que sacarse de la manga un par acciones heroicas contra un rival con mil quinientas vidas. Stephon Castle, no precisamente el tipo más fiable del mundo lejos del aro, metió un triple sobre la bocina de posesión con 104-108 y los dos tiros libres decisivos a falta de siete segundos (111-115). Entre ambas jugadas, De’Aaron Fox, que acabó siendo importante aunque el partido amenazó con pasarle por encima, anotó una canasta de sangre fría con 108-111. Por sus pecados, los Knicks necesitaban que el rival cometiera un par de torpezas. Esta vez, no pasó.

Con coraza y madurez, los Spurs recordaron en el descanso que pueden ser mejores que los Knicks; que, desde luego, no tienen por qué ser peores. El 47-58 de la segunda parte no solo reabre las Finales, también envía un aviso a los locales de cara al partido de mañana: no les sobra nada, el único guion que les vale pasa por acercarse mucho más a su mejor versión, la premium. Esta vez, además, perdieron una de esas rachas con el viento de cara que les había permitido crujir a sus rivales durante el último mes y medio.

Los Spurs aprenden a bucear

Después de un primer cuarto formidable de los Spurs (22-33), otra vez (+29 para los texanos en los primeros parciales de la serie), se llegó al descanso con un 64-57 que olía a 3-0. Hicieran lo que hicieran los visitantes, parecía que los Knicks encontraban siempre la forma de acabar por encima de ellos. El 42-24 del segundo cuarto fue un vendaval que hurgó en los miedos de unos Spurs que han perdido ese parcial por un -32 total en los tres partidos. Pero, desde esas profundidades, emergieron en un tercer cuarto que dejó los doce minutos anteriores encapsulados en una tormenta de pronto lejana. Se aferraron a su plan, sin más volantazos, y en siete minutos, a pesar de que Jalen Brunson trataba de esconder la congestión de su equipo, el partido había dado la vuelta (76-79). A partir de ahí hubo rachas, vaivenes y amagos, pero la cosa ya no cambió: los Spurs fueron mejores.

Victor Wembanyama acabó siendo el jugador con más impacto en el partido, la norma básica que tiene que regir las victorias de los Spurs en una serie que tiene, por ahora, otro patrón igual de simple: el equipo que se impone en la batalla de las pérdidas, se lleva la victoria. La presión en la primera línea defensiva de los Spurs volvió a ser asfixiante, pero muchos de los errores de los Knicks fueron perfectamente evitables, como si la cabeza fuera tres o cuatro jugadas por delante. Precisamente lo que no les había sucedido en los 46 días que llevaban sin perder, y una lección obvia para un cuarto partido que ahora asoma como algo mucho más importante que un punto en la serie: será, y la trascendencia es obvia más allá de la calculadora, un 1-3 o un 2-2 camino de Texas.

Wembanyama pareció el mejor jugador de las Finales, por fin, cuando (en el primer cuarto) jugó cerca del aro, puso buenos bloqueos y consiguió, casi por primera vez, que los Knicks no tuvieran ganas de fabricarse puntos cerca del aro. Majestuoso en los primeros minutos, tuvo un amago de desaparición después pero reapareció a tiempo, menos brillante pero con botas de combate: finalmente 32 puntos, 8 rebotes, 6 asistencias y 3 tapones.

Los demás empujaron, con esos quintetos de tres guards que por fin fueron eficaces de verdad en la Final y con más insistencia que eficiencia. Así se ganan partidos como estos: Fox y Dylan Harper hicieron lo que pudieron y Castle pasó de un primer tiempo heroico (18 puntos) a un segundo muy cuestionable en ataque hasta que anotó los cinco puntos definitivos. Además, se dio cuenta rápido de que era día para sacudir y dirigió el esfuerzo defensivo de un equipo al límite pero que esta vez sí supo sobreponerse a sus propias contradicciones, controló los espasmos en crecida de los Knicks y, sobre todo, anotó los tiros que decidieron la victoria. Así perdieron el segundo partido, así ganaron el tercero. Y ahora, como mínimo, tienen razones para creer. Era lo que necesitaban, y a ver quién gestiona mejor las próximas 48. Porque son las que pueden acabar decidiendo, en gran medida, el nombre del nuevo campeón.

El enorme esfuerzo de Anunoby

Los Knicks, pese a sus patinazos en dos de los tres primeros cuartos (49-68 entre el primero y el tercero) llegaron al último en una de esas situaciones que parecían perfectamente propicias para ellos: 91-92, otra ocasión para poner a prueba su armadura, a prueba de balas de cañón hasta este partido. Pero en esa hora de la verdad, cuando tocaba olvidar todo lo que había pasado antes, perdieron completamente el hilo, se congelaron: 7/27 en tiros, 2/14 en triples, 1/16 (0/10 desde la línea de tres) de todos los que no eran Jalen Brunson (32 puntos, pero 5 asistencias por 5 pérdidas) y un OG Anunoby (28 y 5 rebotes) que fue, por pura continuidad, el mejor.

A Mikal Bridges le sacaron de ritmo las personales, Josh Hart vivió del triple en la primera parte pero eso no suele ser un buen asunto en partidos completos y Karl Anthony Towns (11 puntos, solo visible de verdad en la estampida del segundo cuarto) perdió la jerarquía que estaba teniendo sobre Wembanyama y el juego interior de los Spurs. Unidades en formato suicida, con Jose Alvarado y Jordan Clarkson, funcionaron en el segundo cuarto pero descarrilaron en la segunda parte, cuando Brown buscaba alternativas al 1/9 en triples de Landry Shamet y Miles McBride. Brunson amagó con ponerse la capa de héroe, cómo no, pero en la eliminatoria lleva 13 asistencias por 13 pérdidas y ha necesitado 81 tiros para meter 82 puntos.

Un día de vísperas raras y horas previas poco naturales, de tinglados de seguridad sin fiesta en el Madison, acabó en una derrota cuya medida real tendrá perspectiva mañana, cuando el cuarto partido decida si la rebelión de los Spurs se queda en la primera casilla o crece hasta transformar las Finales. Los grandes equipos, los campeones, se recomponen y aprenden. Los Knicks no pueden regalar tanto, cometer pérdidas tan estúpidas y fallar tantos tiros liberados; meterse hasta el cuello en el ritmo acelerado en el que quiere que jueguen unos Spurs sin nada que perder, en versión kamikaze.

Esta es la segunda vez que unas Finales empiezan con tres triunfos del equipo visitante. En la anterior, en 1993, los Bulls de Michael Jordan controlaron a los Suns de Charles Barkley. Es, ahora, el ejemplo para unos Knicks que tienen menos margen de error del que parecía y que deberían tener claro que un 2-2 camino de Texas sería, para los Spurs, mucho más que un 2-2. Pero todas esas conclusiones quedan en stand by hasta mañana. Entonces, en un puñado de horas y aunque nada será definitivo, sabremos cuánta Final nos queda de verdad y si este de hoy tendrá realmente pinta (o no) de acabar siendo recordado en Nueva York como el maldito Donald Trump Game.

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