NBA | Finales 2026 / La canción de guerra de la Gran Manzana
Unos Knicks acorazados roban el factor cancha en las Finales, suman su duodécima victoria seguidas en los playoffs y se colocan a tres de su primer título en 53 años.
Como los Spurs tenían factor cancha, llegaban con la cabellera del campeón (los Thunder) en el bolsillo y, claro, tienen a Victor Wembanyama, partían como favoritos. ¿Pero, cuánto? Esa es siempre la pregunta del millón antes del arranque de unas Finales, cuando los supervivientes de las dos Conferencias se encuentran después de semanas viviendo vidas separadas, en casos como este muy distintas. La respuesta, después de este 95-105, es que si los Spurs merecían (seguramente, sí) la condición de favoritos era por muy poco. Entre otras cosas, porque tenían el factor cancha. En pasado. Ahora son los Knicks los que serían campeones ganando solo sus partidos como locales, en esa jaula de grillos histérica que será, habrá que prepararse bien para el lunes, el legendario Madison Square Garden.
Los Knicks, los viejos Knickerbockers, llevaban 9.840 días sin jugar un partido en las Finales. Y estuvieron a la altura, vaya que sí. En el último, entregaron el anillo de 1999 al rival que han vuelto a encontrarse ahora, cambiar todo para que nada cambie, unos Spurs que por primera vez en siete Finales arrancan la serie con derrota. Desde entonces, nadie había ganado más partidos en total que los Spurs y solo Washington Wizards había perdido más que los Knicks. Pero estos son otros Knicks. Unos con pinturas de guerra. Y están por delante en una serie por el anillo por primera vez desde el quinto partido de 1994, el día que la televisión saltó del Madison a la persecución policial, por la Interestatal 5 del sur de California, del Ford Bronco blanco de OJ Simpson. Aquel día solo estaba vivo un jugador de los actuales Knicks, Jordan Clarkson (tenía dos años). Esta es otra historia, una nueva, la de un equipo en estado de gracia, capaz de ganar de todas las formas posibles y, ahora, a tres victorias del título. No es nada, es muchísimo: las dos cosas son verdad.
Los Knicks, y no solo porque el Este era una chufla (esa cantinela ha muerto en este primer partido de las Finales), han ganado doce partidos seguidos de playoffs y no pierden desde el 23 de abril. Siete de esas victorias han llegado fuera de Nueva York, todas por más de diez puntos. De hecho, aterrizaron en las Finales con la mejor diferencia de puntos de la historia (+19,4 de media) y son ahora el tercer equipo, en ocho décadas de competición, con doce victorias consecutivas en las eliminatorias, las mismas que los Spurs de 1999 (precisamente) y tres menos que los Warriors de 2017, la Mona Lisa de Stephen Curry y Kevin Durant. Esos dos fueron campeones. Ahora… veremos.
El caso es que el guion inicial ha saltado por los aires a la primera: los Knicks tienen ahora la mano en la partida, y otean lo que viene desde una ventaja física que, en algún punto, puede convertirse en un factor clave. Es el primer equipo de la historia que juega tres series seguidas contra rivales que aterrizan desde un séptimo, pero ellos vienen de dos barridas a Sixers y Cavs. Apilan en playoffs cuatro partidos menos que los Spurs con, antes de esta serie, 129 minutos menos de sus titulares. Todo cuenta cuando ya no hay futuro, cuando la temporada se decide prácticamente en cada posesión.
Así fue en un estreno de las Finales duro, físico, con un arranque eléctrico, un tramo central árido y un final apasionante. Los Knicks empezaron mejor (7-14), cayeron después en la trampa de los Spurs (65-51) y cerraron el partido con uno de esos ejercicios de escapismo y supervivencia que son ya marca de la casa, las siete vidas de Jalen Brunson: del 86-86 al 86-94 en el ecuador del último cuarto. Con el +8 y sensaciones de puntilla, los Knicks perdonaron dos ataques y Victor Wembanyama, en su llamada a la heroica dentro de una noche muy complicada, lideró un 9-0 que metió al Frost Bank Center en temperaturas extremas: 95-94 a dos minutos del final. El resto, buenas noches querría presentarles a mi amigo Jalen Brunson, fue un 0-11 final que deja una moraleja clara para los Spurs, heridos pero desde luego no muertos: los Knicks son un muy mal cliente para cierres igualados. Ni son los Thunder ni quieren serlo. No pasean en una asfaltadora sino que mudan permanentemente de piel, sin descanso. Hasta que ganan. Y Jalen Brunson no es Shai Gilgeous-Alexander. No tiene su continuidad ni su cadencia dulce. Pero cuando hay que jugarse la vida, es un jugador especial. Un descorchador, alguien que hace-que-pasen-cosas.
La última vez que un jugador rescató a su equipo con más de 30 tiros fuera de casa en unas Finales, ese jugador era Michael Jordan (15/35) y el partido, uno de los más célebres de la historia, el que cerró el último baile, el título de 1998 con la canasta definitiva en la cara, para siempre, del pobre Bryon Russell. Esta vez, Brunson firmó un 12/31 del que extrajo 30 puntos, 13 en el último cuarto al estilo Brunson, marca registrada: ocho puntos seguidos para el mini break (el citado 86-94) y después, cuando parecía que se había quedado encerrado en un congelador en el peor momento, un triple tras rebañar el rebote de ataque y después, con olor a jaque mate, una canasta maravillosa contra una defensa en carne viva de Devin Vassell. La imagen del partido, la primera foto fija de las Finales 2026. Y el mismo mensaje que resuena en Nueva York desde que Brunson aterrizó en la ciudad hace cuatro años: no es tanto un subid que os llevo como un llevadme hasta el sprint final y dejadlo en mis manos. Funciona, está probado.
Pero no fue solo la genética clutch de Brunson, claro. El partido, una victoria tremenda, con aroma a equipo con mil vidas (a campeón), fue un testamento de esa marcha extra que ha metido, desde que perdía 1-2 de forma poco comprensible contra los Hawks en primera ronda, un equipo que se ha pasado la temporada sometido a una presión terrible, entre rumores sobre si desde los despachos se iría o no a por Giannis Antetokounmpo y críticas a una trayectoria irregular, con tramos impropios de equipo en all in y un cambio de entrenador, de Tom Thibodeau a Mike Brown, que no parecía facilitar el salto que se pretendía dar, del pasado al futuro. Pero ahora, en estas semanas de las 12 victorias seguidas, todo ha cobrado sentido de forma maravillosa. El juego mucho más colectivo, los movimientos de Brunson sin la bola en las manos que eran inimaginables en el antiguo régimen, una defensa ultra activa, un ritmo de juego chamuscante, pura energía, y un ataque diversificado e inteligente. Con versiones blindadas de OG Anunoby y (por fin) Mikal Bridges; y con un Karl-Anthony Towns al que ya no esperábamos. Con 30 años, once después de ser número 1 del draft y cuando para muchos era ya, solamente, una estrella de cartón piedra, solo en apariencia.
Anunoby anotó 12 de sus 17 puntos en el último cuarto, cuando apretó tuercas que los Spurs no sabían ni que existían en una defensa propulsada por esa turbina en formato blue collar, la cara obrera de Nueva York, Jason Hart. Ese jugador tan especial, tan increíblemente capaz de ser importante con todos sus defectos a cuestas, que puede firmar un +22 en pista con solo tres puntos. En estos tiempos: 15 rebotes, 6 asistencias, 4 robos. Landry Shamet anotó tres triples que parecieron más, y José Alvarado dio un relevo importantísimo, masticando clavos, cuando las cosas se torcían y el equipo miraba con aprensión a la rodilla de Brunson, que dio un susto tremendo por un impacto fortuito de Harrison Barnes. Alvarado y Hart son jugadores sin miedo, que jamás van a perder sus minutos en pista si son cuestión de voluntad.
Pero entre esos parches, de oro, y el final en formato samurai de Brunson, estuvo Towns. Inmenso, más allá de los números: 18 puntos, 12 rebotes, 4 asistencias. Es un jugador diferente, renacido con Mike Brown. Que ha cambiado los fuegos artificiales y los gestos histriónicos por una solidez inteligente, un uso ordenado y selectivo de ese talento que a veces se le escapaba en borbotones inconexos. Towns, como contra Sixers y Cavaliers, dirigió el juego desde el poste, atacó sin miedo y con un enorme éxito a Wembanyama, sujetó a su equipo cuando se hundían en la fosa de las Marianas (el -14 del tercer cuarto) y defendió con concentración, físico y control de las faltas. Todo lo que antes no hacía, todo lo que hace en estos playoffs: un emparejamiento duro de verdad, quién lo iba a decir, para Wembanyama. Y un puzle que tienen que resolver los Spurs, incómodo cuando el francés se encargó de su defensa pero poco efectivos también cuando se desentendió para proteger más al aro. Towns superó a Wemby por velocidad y recursos técnicos y a los demás, por fuera. Los Spurs no tienen un cuatro puro, ni mucho músculo para las zonas. Lo notaron.
Según la métrica de la NBA, Towns defendió directamente a Wembanyama durante ocho minutos de juego real. En ellos, el pívot/jugador total de los Spurs firmó un 2/10 en tiros. Acabó, entre unas cosas y otras, con 26 puntos (6/21 en tiros, 12/13 en tiros libres), 12 rebotes, 3 tapones… y 2 asistencias por 6 pérdidas, algunas catastróficas en los ataques decisivos. Fue, más allá de los números, un partido discreto de Wembanyama, francamente malo si se piensa en su mejor versión, la que comba la realidad del baloncesto básicamente a su antojo. En defensa, cambió muchos tiros y estiró su inacabable sombra por toda la pista, como siempre, pero acabó desubicado (concedió rebotes, desprotegió la zona) en ese baile que Mike Brown le propuso a Mitch Johnson: o lo pones contra Towns, y nos lo llevamos a la línea de tres, o lo usas en ayudas como defensor fantasma de Hart, un esquema previsible que también tenían estudiado, y preparado, los Knicks.
Peor fue en ataque: Wembanyama no jugó apenas en sus posiciones favoritas, tiró demasiado de tres (2/9) y demostró que todavía le falta un puntito de solidez para jugar en estático con movimientos de seguridad, una zona de confort a la que aferrarse en días así. No es nada con lo que rasgarse las vestiduras: tiene 22 años y está jugando unas Finales mucho antes de lo que todos esperábamos. Pero sí es algo con lo que cuentan los Knicks, que intentan agotarle con su gota china, una batalla nueva en cada posesión. Los Spurs, en general, son arrebatadores cuando controlan el ritmo pero acaban teniendo problemas, por pura irregularidad y falta de una identidad definitiva que todavía se está escribiendo, si tienen que atacar mucho en cinco contra cinco.
Los Knicks apostaron a que esa cara todavía poco formada de los Spurs aparecería, y apareció. Es un equipo, conviene recordarlo, que llevaba seis años sin jugar playoffs y que tiene la segunda media de edad más joven, 25,06 años, de un finalista en toda la historia (solo por detrás de los Trail Blazers de 1977). En sus mejores minutos, los Spurs controlaron a Brunson, encontraron liberado a Julian Champagnie (5/6 en triples en la primera parte) y metieron el turbo cuando entró en pista Dylan Harper (10 puntos sin fallo en un primer cuarto maravilloso, 18 en total), un rookie de 20 años que no parece un rookie de años. Un jugador especial que se va a pasar años ganando partidos, y eliminatorias de playoffs, al lado de Wembanyama.
Y seguramente anillos, aunque los Knicks aspiran a que no sea este: las pérdidas pasaron del 5-8 en pérdidas de la primera parte al 8-1 de la segunda. Los Spurs firmaron un 9/24 en triples antes del descanso y un 2/19 después (0/4 Champagnie, ya sin espacios para tirar), y se quedaron en un 36% total en tiros que incluyó un día demasiado irregular de Devin Vassell (9 puntos, 1/6 en triples) y un De’Aaron Fox (7 y 3/13 en total con 3 pérdidas) cuyos minutos por delante de Harper en el último cuarto serán uno de los asuntos de estado en San Antonio desde ahora y hasta que se juegue el segundo partido, mañana, y todo vuelva a empezar.
Los Spurs también empezaron perdiendo contra los Timberwolves y estuvieron 3-2 contra unos Thunder que no habían perdido dos partidos seguidos en playoffs desde 2024. Son jóvenes, pero están preparados. No van a hundirse ni, seguramente, a repetir algunos de los errores que han cometido en este partido. Sus opciones no están intactas, pero sí siguen abiertas de par en par. Pero se les ha vuelto a clavar en la garganta esa espina de los Knicks que tanto cuesta tragar, la misma que les dejó sin NBA Cup en la final de diciembre. En esta, en la de verdad, la de junio, ya saben al menos que los Knicks son, ahora mismo, como mínimo tan buenos como cualquier equipo del mundo. Y que no son tan perfectos como la mejor versión de los Thunder pero son terroríficamente peligrosos por, precisamente, sus imperfecciones. Y esa es otra adivinanza que, con Wembanyama a la cabeza, tendrán que resolver a partir de mañana. Ya sin apenas margen de error.


