La economía de guerra de Rusia tiene problemas, pero no está al borde del colapso
Vladímir Putin todavía es capaz de financiar su invasión
Empecemos por las débiles estadísticas oficiales. Se trata, en gran medida, de un espejismo estadístico. El aumento del impuesto al valor agregado (IVA) en enero, que pasó del 20% al 22%, había impulsado a los rusos a realizar compras masivas a finales de 2025, lo que apuntaló el crecimiento de ese trimestre a expensas del siguiente. El comienzo de 2026 también contó con menos días laborables que el año anterior y con un clima nefasto, incluso para los estándares rusos. Un indicador potencialmente más limpio de la actividad económica, elaborado por Goldman Sachs, es consistente con un crecimiento lento pero descarta una crisis profunda. Los datos de VEB, otro banco, apuntan a una aceleración del PIB en marzo y abril, en parte gracias al repunte de los precios del petróleo. Es casi seguro que Rusia no está en recesión.

En otros aspectos, la economía de hecho está mejorando. La inflación se redujo a la mitad de su pico reciente, que había superado el 10%. Los salarios reales, que ya son un 25% más altos que en 2019, siguen subiendo. A muchas empresas les va muy bien. En los primeros cinco meses de 2026, Aeroflot, la aerolínea de bandera, transportó a sus pasajeros en trayectos que sumaron 40.000 millones de kilómetros, casi un décimo más que en el mismo período del año anterior. Es evidente que a los oligarcas les va todavía mejor. Las ventas de autos de lujo contrabandeadas desde Occidente están por las nubes; en lo que va del año, compraron un 80% más de Lamborghinis que en 2025.
Quizás. Sin embargo, el derroche militar de Rusia representa un aumento del 3% o 4% del PIB respecto a la norma de la posguerra: no es una cifra insignificante, pero tampoco basta para generar un efecto dominó devastador. La economía civil está nadando de muertito, manteniendo el tipo más que contrayéndose.
Por otra parte, los problemas fiscales de Rusia aún no son agudos. Para pagar la guerra de Putin, el gobierno puede subir los impuestos, como hizo recientemente con el IVA. Puede financiar cualquier déficit restante —actualmente en torno al 3% del PIB— recurriendo a los fondos de reserva para emergencias. Puede endeudarse en un mercado interno que tiene cautivo. En caso de extrema necesidad, los financistas de Putin pueden confiscar los depósitos en rublos de las corporaciones y los hogares. Esto sería un último recurso con consecuencias colaterales reales. Pero ¿quién los va a detener?
Considerando todos los factores, Rusia puede esperar un crecimiento del PIB de alrededor del 1% este año: un rendimiento similar al de Francia o Canadá. Sanciones más severas, como las anunciadas por Gran Bretaña el 16 de junio, podrían recortar un poco este crecimiento. Lo mismo ocurrirá con los precios del petróleo si siguen cayendo, y si escalan los ataques ucranianos a la infraestructura petrolera rusa. Sin embargo, haría falta algo mucho más radical para frenar la marcha de la economía de guerra de Putin.


