¿Hambre real o emocional? Señales para identificarlo y qué hacer para regular la ansiedad

No siempre las razones por las que ingerimos alimentos están relacionadas con necesidades del organismo. Las definiciones de nutricionistas consultados por Infobae

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Quien jamás haya comido por nervios, estrés, tristeza o ansiedad, que tire la primera piedra.

La relación con la comida es tan personal como compleja, pero lo cierto es que diferenciar el hambre fisiológica del hambre emocional es posible si se observa cómo aparece el impulso de comer, qué alimentos se buscan y qué sensación queda después.

Nutricionistas consultadas por Infobae coincidieron en que tomar conciencia del registro corporal y emocional ayuda a salir del “piloto automático” y a evitar que la comida se convierta en la respuesta inmediata ante determinadas emociones, casi siempre negativas.

Para comenzar, la médica especialista en Medicina Interna y Nutrición y vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) Marianela Aguirre Ackermann (MN 151.867) explicó que el hambre fisiológica “responde a necesidades energéticas del organismo”, mientras que el hambre emocional “se define como la propensión a comer en respuesta a emociones”.

Manos de un hombre sosteniendo un celular que muestra una hamburguesa para ordenar, sobre un escritorio con documentos, laptop y taza de café.
El hambre emocional puede activarse por estrés, ansiedad, tristeza, enojo, aburrimiento o cansancio, más que por una necesidad energética del organismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Consultada al respecto por este medio, la médica especialista en endocrinología, directora de posgrados en obesidad de la Universidad Favaloro y coordinadora del grupo de trabajo de Obesidad de la SAN, Ana Cappelletti (MN 76523) sostuvo que comprender estas diferencias ayuda a alejarse de la idea de la “falta de voluntad” y a pensar estrategias “más personalizadas y empáticas”.

Y si bien la distinción “no siempre es perfecta”, y una persona puede tener hambre física y, al mismo tiempo, estar ansiosa, Aguirre Ackermann propuso ampliar la pregunta antes de comer: “Más que preguntarse solamente ‘¿tengo hambre?’, una pregunta más útil es: ‘¿qué estoy necesitando en este momento: energía, descansar, calma, distracción, contención?’”.

Qué es hambre fisiológica y qué es hambre emocional (y por qué pueden coexistir)

Vista de una persona en una cocina moderna revolviendo huevos en una sartén sobre una estufa de gas, con varios ingredientes frescos listos en la encimera.
El hambre fisiológica suele aparecer de forma gradual y se percibe con señales físicas como vacío gástrico, ruidos intestinales o baja de energía (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aguirre Ackermann señaló que “la evidencia describe la alimentación emocional como la tendencia a comer en respuesta a emociones, especialmente emociones negativas, más que por señales corporales de hambre y saciedad”. Y la vinculó con “ansiedad, estrés, depresión, mayor consumo de alimentos hiperpalatables y mayor dificultad para sostener cambios de peso en algunas personas”.

Cappelletti, desde la práctica clínica, explicó: “Siempre que una persona llega a la consulta por sobrepeso u obesidad, conversamos sobre su relación con la comida”. Y advirtió: “No siempre las razones por las que ingerimos alimentos están relacionadas con necesidades reales del organismo o con hambre física”. En esa conversación, describió distintos patrones: personas que “comen grandes cantidades hasta sentirse excesivamente llenas”, otras que sienten saciedad rápido pero luego necesitan “picotear”, y quienes comen “por placer aprendido, como forma de recompensa” o ante disparadores emocionales “de manera compulsiva”.

Señales corporales y conductuales: el “mapa” para identificar qué te pasa

Primer plano de una mujer sosteniendo una manzana roja en una mano y un paquete de snack ultraprocesado Rapons en la otra.
La presencia de culpa, malestar o sensación de pérdida de control después de comer puede indicar que el impulso estaba ligado a una emoción (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aguirre Ackermann explicó que se puede diferenciar el hambre real del emocional según “su origen, qué alimentos se buscan y las sensaciones posteriores”. Cappelletti coincidió en que “el primer paso es poder identificarlos” y sugirió “estar atento/a” para reconocer el hambre física y distinguirla del deseo de comer “aun sin hambre real”.

En ese sentido, algunas de las señales corporales y conductuales que diferencian el hambre emocional de la fisiológica según las especialistas son:

  • Cómo aparece el impulso (gradual vs. urgente). Aguirre Ackermann sostuvo que “el hambre fisiológica suele aparecer de manera gradual”. En cambio, “el hambre emocional suele aparecer de golpe, con más urgencia y con una sensación de ‘necesito comer algo ahora’”.
  • Qué comida se busca (opciones abiertas vs. antojo específico). “Cuando el cuerpo necesita energía, generalmente no es selectivo y acepta distintas opciones de comida”, indicó la vicepresidenta de la SAN. En el hambre emocional, describió “una inclinación marcada por alimentos densos en energía, pobres en nutrientes y muy sabrosos”, como “chocolates/snacks”. Lo resumió así: “Suele haber más urgencia y más deseo y búsqueda de algo específico: algo dulce, harinoso, crocante, salado o muy sabroso”.
  • Dónde se siente (estómago vs. tensión emocional). Aguirre Ackermann enumeró señales físicas del hambre fisiológica: “sensación de vacío en el estómago, ruidos intestinales, menos energía, dificultad para concentrarse o sensación de debilidad”. En el hambre emocional, dijo que primero aparece “tensión, ansiedad, cansancio, irritabilidad, aburrimiento o angustia”. Cappelletti aportó una definición corporal: “El hambre fisiológica se siente de forma progresiva en el estómago, como una sensación de vacío que calma al comer”.
  • Qué emoción o situación la disparó (disparadores psicológicos). Aguirre Ackermann afirmó: “El hambre emocional aparece ante estados de ánimo negativos como estrés, ansiedad, depresión o aburrimiento” y “funciona como un ‘mecanismo de afrontamiento’”. Cappelletti señaló que puede dispararse por “ansiedad, nerviosismo, enojo, tristeza o alegría según las personas”.
  • Qué pasa después de comer. (saciedad vs. culpa o malestar) Aguirre Ackermann explicó: “Cuando se come por hambre fisiológica, suele aparecer saciedad”. Si se come para tapar una emoción, “el alivio puede durar poco” y luego aparecer “culpa, malestar, sensación de pérdida de control” o la idea de que “comí, pero no era eso lo que necesitaba”. También señaló que, tras episodios de comida emocional, pueden aparecer “emociones negativas sobre su apariencia física e insatisfacción corporal”. Cappelletti sumó que a veces, aun después de comer, “persiste la sensación de necesidad porque el origen no está en una verdadera necesidad energética del organismo”.
  • Dificultad para reconocer lo que se siente (confundir emoción con hambre). Aguirre Ackermann señaló que quienes comen por emociones pueden tener “dificultad de reconocimiento interno” y que eso “puede llevar a confundir estados afectivos con necesidad física de alimento”.

Ansiedad y estrés: qué ocurre en el cerebro y por qué se come “en automático”

Manos de una persona mayor asiática con piel arrugada sostienen una tableta digital. En su pantalla oscura, un icono azul brillante de cerebro con circuitos.
Los circuitos de recompensa pueden activarse incluso antes de comer, por aprendizaje y anticipación del placer asociado a ciertos alimentos (Imagen Ilustrativa Infobae)

La relación entre estrés, ansiedad y hambre es, según las especialistas, “un fenómeno complejo” con una transición “del hambre homeostática” al “hambre hedónica”. En lo fisiológico, Aguirre Ackermann explicó que “se activa más el sistema de recompensa” y que el estrés puede aumentar el deseo por alimentos “muy palatables”. También señaló que la corteza prefrontal puede regular peor los impulsos cuando hay cansancio o sobrecarga: “Por eso cuesta más elegir con calma y aparece una conducta más automática frente a la comida”. Además, advirtió que el estrés puede “dificultar la percepción de hambre, saciedad o plenitud”.

En lo conductual, definió el hambre emocional como “un mecanismo de afrontamiento desadaptativo” que aparece cuando la comida funciona “como una forma rápida de aliviar o tapar una emoción incómoda”. Y detalló cómo se sostiene: “El cerebro aprende asociaciones” del tipo “cuando estoy nerviosa, como algo dulce”.

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