Un Boca de cabotaje

Acá, a veces le alcanza hasta con suplentes. Afuera le perdieron el respeto: segunda derrota seguida y Copa complicada hoy y a futuro. ¿Estamos listos para competencias internacionales?

Antonio Serpa
TyC
Hay gente a la que le gusta creer en las casualidades. Incluso las busca y se regocija al encontrarlas. La Tana Ferro, inolvidable personaje encarnado por Valeria Bertucelli en Un novio para mujer (peli argentina que protagonizaba con un bostero de ley como Adrián Suar) era todo lo contrario. Se mofaba de los crédulos, los consideraba básicos por no caer en calificaciones más despectivas (si las hubiera). Pero no estamos para hablar de cine, mucho menos en estas circunstancias, excepto que entendamos la actuación de anoche de Boca como una película de terror.

¿A qué viene lo de las casualidades? A que ni los más fervientes pueden sostenerse en sus creencias cuando la historia es tan sospechosamente repetitiva. Un par de veces Fabra, en alguna ocasión Advíncula, Medina, en el partido pasado Bareiro, ahora Ascacíbar -y hay muchos otros ejemplos-, todos han condicionado a Boca con expulsiones inexplicables, infantiles, inocentes y, para terminar de dar vueltas con las palabras, pelotudas. Cuando algo se vuelve una costumbre, es difícil creer en la presencia mágica del azar.

Es extraño porque pasan los años, pasan los jugadores, cambian los técnicos y Boca sigue cometiendo los mismos errores con distintos apellidos. El denominador común es la camiseta. Pero si en algún momento creíamos que la explicación a los constantes éxitos internacionales de Boca era la chapa, aunque también en aquellos casos mutaran los protagonistas, no debería ser difícil hacer una analogía con este momento. Lo que le pasa a Boca es que perdió el aura, se le oxidó la chapa y ya no lo respetan como entonces. Cualquiera se le anima. Hasta este Barcelona pequeño con una crisis interna terminal que amenaza con cargarse al técnico en cualquier momento.

Quién sabe qué pasa por la cabeza de un jugador maduro como Ascacíbar, líder, con la escuela copera de Estudiantes, cómo para meterle una patada en la cabeza a un rival en un partido donde pasaba poquito y que se había emparejado para mal con los charcos del diluvio. Sin embargo, y si bien la roja condicionó por un rato a Boca -que bien pudo haberse quedado con diez por una plancha inexplicable de Aranda-, no puede verse como la causa principal de la derrota. Definitivamente no: apenas jugó 20 minutos en inferioridad, hasta que Paredes hizo echar a uno de ellos. ¿La cancha de waterfútbol? Fue para los dos y en ese momento no se sacaron diferencias. Después se secó lo suficiente para jugar y, salvo el capitán, nadie lo hizo.

Boca perdió, muy a nuestro pesar, porque jugó muy mal, porque hubo jugadores que no estuvieron a la altura (no puede seguir jugando Weigandt, a quien los compañeros evitan pasarle la pelota), por un DT que volvió a pifiar desde el banco (creer que Velasco puede hacer de Aranda es no entender nada, ni siquiera con el pibe amonestado), porque jamás le tomó el tiempo a una cancha complicada y porque evidentemente no está preparado aún para los retos internacionales.

Si dentro del país gana hasta con suplentes, afuera no puede ni siquiera contra un equipo armado con el descarte de clubes argentinos de segundo o tercer orden Es feo pensarlo de este modo, pero hasta el momento Boca es un equipo de cabotaje. Y la necesidad de éxitos es tan grande que vemos crecer flores donde apenas hay yuyos. No debemos ser tan buenos como creemos. Paredes es crack, sí, un distinto, una figura de relevancia capaz de sacar agua (o pases) de las piedras. Pero Merentiel no se cansa se errar todo lo que le dan. Y Velasco tiene pánico escénico cuando debe ir a romper en la contra que termina en el gol, y Delgado que en general resuelve todo también puede pifiar una noche.

Aquellos amantes de las casualidades dirán también que no tenemos suerte. Bianchi iba a jugar al desierto con Cobreloa y llovía. Úbeda va a Guayaquil y se ahoga en un diluvio que le impide a su equipo aprovechar su jerarquía. Pero allí donde el Virrey tenía a Palermo, nosotros tenemos a Merentiel, y el puesto que alguna vez fue de Ibarra hoy lo ocupa el Chelo Weigandt. Si encima el Sifón saca a Aranda, que es el puente entre Paredes y los de arriba, el juego deja de fluir. Y si perdemos al arquero titular y no traemos a nadie, y el suplente se lesiona en pleno partido y termina atajando Javi García, que no ve un arco desde hace dos años, bueno... Eso más que infortunio es imprevisión. Y ojo que Javi nos salvó, eh, porque si no era 2 a 0. Sólo estamos hablando de hacer las cosas seriamente porque esto era algo que podía pasar y pasó. 

¿Es una derrota fatal entonces? No, todo sigue dependiendo de Boca, que si gana sus dos partidos de local clasificará sin problemas. Pero la derrota en Ecuador deja secuelas. Físicas por la cancha pesada, psicológicas porque perdió un partido ganable (los otros dos adversarios del grupo lo hicieron), y quedó condicionado a futuro si la lesión de Brey se extiende en el tiempo.

El partido con Huracán ya no es un mano a mano importante sino una cuestión de Estado. Boca pasa de príncipe a mendigo con una velocidad asombrosa y su sueño, que a veces parece tan vívido, se esfuma de a ratos, hace agua, es realismo mágico. Tantas veces nos quemamos en los últimos años, tanto prestigio fuimos perdiendo puertas hacia afuera... ¿Quién se anima a apostar por este equipo sin temor a un desengaño fatal?

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