Rockets 78-Lakers 98 (2-4) / LeBron James no quiso más jaleos
Los Lakers frenan la remontada en la serie de los Rockets, vuelven a ganar en Houston, pasan ronda y se las verán ahora con el campeón, los Thunder de Shai.
Esos mismos Rockets que asomaron, al menos lo suficiente, desde el 3-0 al 3-2, se hicieron minúsculos en el primer día en el que tenían una opción real, al menos una rendija, de hacer algo gordo. En paralelo, y no por casualidad, emergió la versión definitiva de LeBron, la del martillo: 28 puntos, 7 rebotes, 8 asistencias pero ya 18+3+5 en el descanso, cuando el partido (y la eliminatoria) había saltado por los aires: 31-49. Jugando contra aspirantes a estrella que no habían nacido (Reed Sheppard) o solo tenían meses (Amen Thompson, Jabari Smtih Jr) cuando él debutó en la NBA, LeBron amarró el partido desde el comienzo, se aseguró de que la rebelión de los Rockets no viviera para contarlo un día más y concentró una de esas victorias de cultura, la que los Lakers demostraron tener y la que le faltó, de cabo a rabo, a un rival que cierra una temporada, a la vista de las expectativas que se crearon en verano, calamitosa.
Conviene recordar que LeBron está en su temporada número 23 en la NBA, más que nadie jamás. Que tiene 41 años y que durante meses ha aguantado un discurso centrado en debates sobre cómo se retirará, si con tour de despedida o sin él, cuánto estorba en según qué quintetos o cómo demonios va a poder jugar en un equipo de aspiraciones altas otra temporada más. Pero ha llegado mayo y mientras otros importantes, en esta eliminatoria y en el resto, pasan las de Caín o acaban retratados, él ha vuelto a estar donde tenía que estar, cuándo tenía que estar y cómo tenía que estar.
Su legado ya está escrito: es la carrera más increíble que hemos visto, por tiempos y récords, y un trayecto que es el del mejor o el segundo mejor de siempre, según gustos y debates (eternos). Pero el epílogo, las bifurcaciones de la historia que queda por contar, sigue siendo fascinante. Ahora, a partir del martes, los Lakers jugaran en OKC contra la armada de los Thunder. Luka Doncic no estará, como mínimo, en el inicio de la serie, pero por lo que parece no volvería ni aunque los angelinos, cosa muy difícil, consigan alargarla. Los Thunder no son los Rockets: son otro nivel, otro universo; casi otro deporte. Pero los Lakers han conseguido algo que se dio por imposible cuando hace un mes y precisamente en OKC cayeron lesionados Doncic y Austin Reaves: han competido, han superado una ronda y han demostrado cohesión y orgullo. Han llegado hasta donde podían. Ahora, seguramente la realidad los aplastará y la ausencia de Doncic se convertirá en un agujero gigantesco por el que se escaparán las pocas opciones que habrían tenido en cualquier caso. Pero esta serie, esta victoria (4-2) contra los Rockets, es un buen mensaje y un giro con respecto al guion que parecía cantado. Y eso no es poco.
Final catastrófico para los Rockets
Los Rockets solo se parecieron a los de los dos últimos partidos en los primeros seis minutos: un 16-11 (su máxima ventaja) se convirtió en ese 31-49 del descanso, un parcial de 15-38 que dejó en evidencia a un equipo local que se cayó al primer envite, no resistió ni una embestida de unos Lakers que hicieron lo que pidió LeBron tras el quinto partido: tirar de la cadena, resetear, aislar las sensaciones y poner el mundo en marcha, desde cero, en el salto inicial. Su ventaja llegó a los 29 puntos, con toda la segunda parte jugada en marchas ya más cortas, simplemente conteniendo sin esfuerzo las minúsculas apariciones de unos Rockets que en ese tramo decisivo que fue del ecuador del primer cuarto y el descanso firmaron un 6/28 en tiros, fallaron quince seguidos y se quedaron en un 0/5 en triples con diez pérdidas. Acabaron la primera parte con un 28,6%, llevaban solo 40 puntos en el ecuador del tercer cuarto y bastó un simple golpe (1-13 de salida en el segundo parcial) para enviarlos a la lona. Acabó siendo su décimo partido de playoffs desde 2000 con menos de 80 puntos. Más que un mal trago.
La variación estadística del tiro, uno de los asuntos capitales de la eliminatoria, dio otro giro y volvió a ponerse del lado (5/28 por 12/28 en triples) de unos Lakers que también anotaron más en la zona (44-46), en transición (8-19) y tras pérdida (10-19). Fue una paliza: +9 en rebotes con siete más de ataque para los angelinos, solo 13 asistencias por 14 pérdidas para unos Rockets sin alma, sin fuelle; sin vida. La táctica de forzar tiros de larga distancia de Rui Hachimura (21 puntos, 5/7 en triples) no funcionó esta vez, Marcus Smart recuperó las pulsaciones defensivas y Austin Reaves hizo un poco de todo (bueno y malo: 15 puntos) en el segundo partido tras su lesión y antes de meterse en la boca del lobo, justito físicamente y contra la jauría de guards de los Thunder, el mejor equipo del mundo.
Pero los Lakers, y LeBron, al menos estarán ahí, perdiendo (si se cumple la normalidad más aplastante) donde tocaba, no antes, y mirando de rojo a ese músculo de la corva de Luka Doncic para el que no ha habido tratamiento milagroso. Los Rockets ni siquiera se han permitido ese duelo contra el campeón, y (como hace un año) vuelven a caer eliminados en primera ronda, sin avanzar y de hecho con sensaciones de retroceso porque empezaron curso con autoridad de aspirante al título.
Pero nada ha ido bien en sucesión chiclosa de partidos en la que ni siquiera, en general, se lo ha pasado muy bien nadie, ni jugadores ni aficionados. Ime Udoka ha hecho un mal trabajo en el banquillo, y veremos cómo de segura está su posición ahora. Rafael Stone no buscó otro base cuando se lesionó Fred VanVleet antes de comenzar la temporada, pero tampoco en el cierre de mercado invernal, cuando guards valiosos (Coby White, Ayo Dosunmu) cambiaron de equipo.
El ejecutivo, y ese ha sido su pecado en un año de apuesta tan fuerte, fío todo al plan inicial, que también perdió a Steven Adams y para el que Clint Capela, vistos sus minutos, no pudo ejercer como plan secundario, un backup sin actualizar mientras desparecían secundarios de los que se esperaba mucho más (Dorian Finney-Smith, al que los Lakers no renovaron con buen ojo el pasado verano) y se iba al traste la nueva estrella en la ciudad, un Kevin Durant que después de jugar 78 partidos de regular season, una ironía horrenda, solo ha estado en uno de esta eliminatoria. Para colmo, los Rockets lo perdieron.
El alero comenzará la próxima temporada con 38 años, veremos si en unos Rockets que no saben bien qué van a poder exprimir de una reconstrucción que regrese a la casilla de la incógnita: se fueron Jalen Green y Cam Whitmore, Jabari Smith (que ha tenido buenos momentos en la serie, pero poco más) y Tari Eason son ahora mismo jugadores secundarios, Amen Thompson no puede ser (otra vez: ahora) uno de los dos principales en un aspirante con galones porque sus defectos limitan sus incuestionables virtudes.
Reed Sheppard tiene mucho camino por delante y Alperen Sengun ha firmado una temporada decepcionante, tras su maravilloso Eurobasket, y un serie de playoffs muy discreta. Sin rango, hasta nuevo aviso, de jugador franquicia y sin que se sepa muy bien cómo se reparten las culpas entre sus limitaciones, los esquemas tozudos de Udoka y la fisonomía de una plantilla que parece contrahecha si se pretende maximizar las virtudes del turco. Los Rockets iban a por todas y se han dado un trompazo monumental contra la realidad. Ya eliminados, tendrán antes que nada que repensarse, descubrir qué son y qué quieren ser. Mientras, otros cuatro jugarán por el título en el Oeste. Ese tendría que haber sido, como mínimo, su lugar. Lo contrario, lo que ha sucedido, es un fracaso con mayúsculas… y sensaciones pésimas. Al rincón de pensar.


