River jugó mal, perdió ante Atlético Tucumán y se fue entre silbidos del Monumental

Olé

El Papa Francisco estaba vivo la última vez que Atlético Tucumán había ganado como visitante, hace 464 días. Ese mismo equipo llevaba incluso 258 jornadas sin poder sumar en esa condición. Sí, River lo hizo. El River que, esta vez, no pudo maquillar con un triunfo (ni siquiera con un mísero empate) una actuación futbolística tan pobre que terminó siendo papelonezca, reprobada contundentemente por el Monumental. Y que lo llena de dudas en el momento al que más entero debía llegar: ahora, tanto en playoffs como en la recta final de la fase de grupos de la Sudamericana, una noche así puede ser de eliminación.


Le costó horrores a River este partido, que se pareció a los del año pasado y éste que obligaron al entrenador más ganador de la historia a renunciar. Fue tortuoso, difícil de ver. Parte de una especie de loop que ni la alta efectividad del Chacho pudo frenar: gol rival, impaciencia de la gente al nivel de tener que enhebrar una jugada entera entre murmullos, desconcierto y un final empujando como sea, sin ideas y hasta cerca de sacar del medio por segunda vez.

Fue, en definitiva, algo que podía pasar teniendo en cuenta lo que se venía viendo en las últimas semanas: más triunfos que juego, algo que si bien llegó a enojar a Coudet, lo terminó aceptando (“Todos tenemos claro que nos gusta jugar mejor y nos gusta ver un fútbol más fluido”). Ese equipo “sucio, pastoso y rígido” fue el que no pudo doblegar a un ordenado Atlético, que apostó por algunas contras (gran efectividad: un tanto y un atajadón de Beltrán) y defenderse con la totalidad de sus jugadores, aunque tomando alto a los más creativos de River.

Así, con un Galván que recibió mucho de espaldas y siempre tuvo una marca encima, no hubo volumen de fútbol: a Maxi Meza le costó la vuelta tras casi seis meses sin jugar (algo lógico más allá de sus condiciones), Kendry Páez no fue incisivo con su ingreso y recayó en firuletes improductivos y Juanfer Quintero no pudo estar muy cerca del área ni encontró socios. Y si a eso se le agrega un Colidio sin peso y lo flojo que fue Pezzella en gol tucumano junto al grave error de retroceso (siete jugadores de blanco y rojo contra cuatro del rival: entraron solos dos vestidos de celeste), el combo es letal.

Tan letal que trae flashbacks de “Vietnam”, incluso cuando Núñez transitaba el camino para ponerse las orejas e intentar ser Disney. Puede serlo, pero no jugando así: el equipo combinó niveles muy flojos con una alarmante falta de rebeldía y de generación de juego. A tal punto que el único que insinuó con cambiar este 0-1 fue el joven Lautaro Pereyra, en su tercer encuentro en Primera, a base de gambetas que lo diferenciaron de sus compañeros. Después, nada cuajó para llevarle peligro a Ingolotti: las bad vibes se terminaron de confirmar cuando el cabezazo de Salas pegó en el travesaño.

Puede no cambiarle nada en la tabla de la zona esta derrota (iba a ser segundo independientemente del resultado), pero el tema son las formas: un juego feo, un rival que no ganaba de visitante hace casi un año y medio... River lo hizo. Y eso, antes de los playoffs, es por lo menos preocupante.


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