Papelón de Boca: eliminado de la Libertadores

El Xeneize necesitaba ganarle a U. Católica en La Bombonera para clasificar a los octavos de final pero perdió 1-0: quedó 3° en su grupo y disputará los playoffs de la Sudamericana.

Pablo Ramon, Olé

Otra noche catastrófica, de fin de ciclo generalizado, con pinceladas de la noche fatídica Alianza Lima, con el peso de tres años sin títulos y otro paso fugaz por la Libertadores que tiñe de fracaso el semestre y mancha con tinta indeleble al mismísimo Juan Román Riquelme, indisimulable responsable de otro papelón. El pato, como siempre, lo va a pagar el técnico de turno que en definitiva hizo lo que pudo y la pifió como la pifiaron otros. Ibarra, Battaglia, Gago, Martínez. Ubeda se suma al club de los entrenadores a los que les quedó enorme el cargo, pero el verdadero responsable no se dejó ver anoche en una Bombonera que tuvo piedad y dejó una cortina de silbidos y algunos insultos antes de soltar, casi por no poder contenerlo, el "que se vayan todos" y "la Comisión, la Comisión", que no dejan a nadie fuera del aplazo. Boca terminó con un jugador desgarrado, un Paredes que apenas se podía mover, y un Cavani cada vez más abrigado que desde el palco suma a esta postal de la debacle.


Un rato largo antes del gol de Católica, un verdadero electroshock para toda la Bombonera, Boca estaba desenfocado, fuera de eje. El movete Boca movete con el que la gente reaccionó al tremendo zurdazo de Montes puso en palabras el clima que se estaba cocinando en la cancha, reflejo de un equipo que salió a jugar como si fuera un partido más y no una final que definía un semestre, un año, la suerte de un entrenador, de parte del plantel... y del futuro político de una dirigencia.

Los piques de Zeballos y los intentos solitarios de Aranda fueron, en esencia, el único argumento de un Boca poco expresivo, liviano en su andar, con poco juego asociado. Todo, ante un rival que no jugó como dijo su entrenador que lo haría ("No sabemos defender, nosotros jugamos a ganar", dijo Garnero), sino que se escalonó bien ante un 4-1-4-1 para ensanchar la cancha y cuidar también el juego interior de Boca, y que le iba dando resultado conforme el equipo del Sifón confundía los caminos. El Xeneize tuvo, sí, algunas aproximaciones, pero nada que asuste a niños y ancianos: un zurdazo del Chango que se fue desviado y una media vuelta de Pellegrino que astilló el palo derecho. Y no mucho más. Bastó, sí, una contra muy bien manejada por el equipo chileno, que salió prolijo de un tiro libre en contra, y que con una jugada a tres bandas entre Cuevas, Zuqui y Mena desarticuló al equipo que venía en retirada. La pelota le llegó limpia a Montes, que se hamacó y con un derechazo tremendo puso a Boca en modo crisis.

Paredes, con una visible molestia en el isquio derecho, no fue factor. No salió porque era un partido definitorio, y ni siquiera el Mundial inminente lo inmutó. Y así, limitado como estaba en sus movimientos, su presencia en cancha fue simbólica, para apostar a que con alguna pelota parada suya pudiera salir algo bueno. Como fuere, el gol chileno sólo encendió la paciencia de un público que despidió a Boca con silbidos, a las claras que algo tenía que cambiar.

El experimento de Ander Herrera, lejos de darle más fútbol, le dio más lentitud y parsimonia al equipo. Por eso la decisión de Ubeda de sacar al español para que ingrese Velasco. Pero fue Aranda el que siguió tirando del carro, con alguna que otra aparición de Zeballos. El pibe se hizo cargo y dejó expuesto a más de uno que no se dejó ver cuando la pelota quemaba. Ubeda quemó las naves cuando puso a Romero y sacó a Pellegrino, para armar una línea de tres con un lateral (Blanco), un central (Di Lollo) y un lateral-volante (Braida). Pero no había forma de arreglar un equipo roto, que después de ganar sus dos primeros partidos se desintegró desde adentro, en una implosión que no se va a arreglar con sólo cambiar al entrenador.

El resto es por contexto: cuando la pelota no entra porque parece formar parte del clima negativo. Ni siquiera cuando al arquero se le cayó la pelota y la pellizcó Velasco para que en la línea la salve Valencia, ni cuando Romero la metió pero en offside, ni cuando Giménez ensayó una chilena que se fue cerca. Ubeda no hizo más cambios porque no tenía a quién poner, por algo entró un desgarrado (Merentiel) antes que varios sanos que tenía a su lado. Como fuere, Boca tenía que ganar y perdió. Perdió, también, el rumbo. La Sudamericana, más que un consuelo, es una afrenta. Una más, en esta larga marcha de lamentos que no parece tener fin.


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