Magic 79-Pistons 93 (3-3) / La madre de todos los colapsos
Orlando Magic firma un desastre para la historia de la NBA, y del deporte estadounidense, y no puede cerrar un partido que tenía ganado: mañana, séptimo en Detroit.
Se esfumó, magia pero negra, la segunda oportunidad para los Magic desde que pusieron el 1-3, la mejor porque era en su pista, un pabellón que rugió con la temperatura por las nubes en un segundo cuarto tremendo de un equipo lanzado, en uno de esos tramos en los que parece lo que pude ser y no está siendo, las trazas de un aspirante a hacer cosas grandes. Con los Pistons aterrorizados (2/11 en tiros en casi seis minutos), el 25-26 del primer cuarto, un intercambio limpio de golpes, se convirtió en un 35-12, una paliza inmisericorde: 60-38 al descanso, 62-38 después de que los Magic anotaran también la primera canasta tras el paso por vestuarios. Otra vez sin Franz Wagner, que se ha perdido ya dos partidos y cuya ausencia se está demostrando gigantesca, por ahora insalvable, Paolo Banchero se encargó de defender, con envergadura y mucho cuerpo a Cade Cunningham. Y, en ataque, Desmond Bane dio relevos al ala-pívot. Los Magic iban a mil hora y eran, sin ninguna duda, mejores.
24 minutos de absoluta miseria
Por eso es tan difícil digerir lo que vino después, un hundimiento nunca visto en la historia de los playoffs, una caída a los infiernos tan a plomo que ya está en los libros de historia de la NBA. Los Magic, que todavía ganaban 70-54 a 16 minutos del final, perdieron la segunda parte 19-55 (11-24 y 8-31, por cuartos). Llegaron a enlazar 23 tiros en juego fallados seguidos (13 de ellos triples), y solo anotaron uno de sus últimos 28. En total, un 4/37 en una segunda parte (10,8%) en la que solo anotaron 19 puntos. En el último cuarto, un 1/20 y 16 fallos consecutivos hasta un mate de Banchero a 2:06 del final. Llegaron a encajar un parcial de 5-35 y estuvieron más de 13 minutos sin anotar en juego. En tiempo real (en la vida de la gente que veía el partido pasmada) fueron 45 minutos, desde las 20:46 hasta las 21:31 de la Costa Este.
Fue la segunda parte con menos puntos en playoffs desde 1950, seis menos que los 25 de los Rockets en el del sexto partido de la ya citada final del Oeste de 2018, contra los Warriors. Del +24 al -14, la primera vez que un equipo desperdicia una ventaja de 22 puntos a mitad de camino para cerrar una eliminatoria, la primera que se queda por debajo de 20 en una segunda parte después de que parecieran los Pistons los que iban a salir en esa foto del condenado a la horca: nunca un cabeza de serie había llegado al descanso perdiendo por 22 contra un octavo de Conferencia, nunca había entregado por 23 puntos un cuarto (35-12, ese segundo que parece ahora en la prehistoria), al menos (como todos estos datos), desde que existe (1996-97) la certeza de la medición digital del play by play. Fue la mayor remontada tras un descanso en playoffs para evitar una eliminación: este -22 deja atrás el -16 que voltearon los Nuggets contra los Clippers en 2020, en la burbuja de Florida.
Otra vez en la era del play by play, no había registros de un equipo fallando 23 tiros seguidos en playoffs: los Kings se quedaron en 22 en 2001, los Jazz en 20 en 2021. Fue fascinante pero, obviamente por el lado de los Magic, horrible de ver. Angustioso. Jamahl Mosley se quedó congelado en el banquillo, sin respuestas. Seguramente, es fácil pensarlo ahora, habría dado igual. Mientras el jolgorio se convirtió en una ola creciente de abucheos que arreciaban desde una grada entre boquiabierta y furiosa, la vida se fue escapando del cuerpo petrificado de los Magic, que no tenían una sola jugada de seguridad, ni una tabla en pleno naufragio, cuando solo necesitaban un par de canastas para ver si, al menos, amainaba.
A Bane le pudo la ansiedad, y jugó demasiados ataques como si fueran el último. Banchero se hundió y está en un 37% en tiros en la elimiantoria. Jalen Suggs era incapaz de ver el aro y marcha en un 31% con un 26% en triples. Los Magic acabaron con 27/78 en tiros totales y un 9/36 en triples, y eso después de una estupenda primera parte. No tiene explicación, pero ahora, del 1-3 al 3-3, tendrán que jugar para salvar el pellejo de regreso en la MoTown. En territorio comanche, sin tiempo para digerir esta tragedia y seguramente otra vez sin Wagner. Será mañana domingo, a la hora de la siesta en Michigan (21:30, hora española).
El superviviente, desde luego, merece una ovación. Porque escapó de la tumba y se ha regalado un séptimo partido, el primero en Detroit desde 2006 (cuando se jugaba todavía en el Palace de Auburn Hills). Porque hizo lo imposible, y no fue un sujeto pasivo en la asfixia de los Magic. Había que aguantar, intentarlo, sacar energía. Y otros no lo hubieran hecho. Estos Pistons, sí. Se diga lo que se diga de su nivel de juego en esta serie, de lo visibles que han sido sus problemas y defectos, su resiliencia, esta vez heroica, tiene que ser reconocida. Esa segunda parte fue un trueno defensivo anonadante, una exhibición de concentración y físico, con una agresividad salvaje sobre la bola y ayudas por toda la pista de Ausar Thompson, un demonio que aparecía por cada rincón.
Cade Cunningham anotó 19 puntos (32 en total) en el último cuarto, los mismos que los Magic en toda la segunda parte. Duncan Robinson recuperó el aliento, con un poquito de defensa (que ya es mucho en su caso) y los tiros que había que meter (su trabajo). Paul Reed fue la turbina en las zona que no está pudiendo ser Jalen Duren, uno de los grandes chascos de esta primera ronda y un jugador que volvió a parecer pequeño, para acabar jugadas en ataque y cortocircuitarlas en defensa.
Es, desde luego, una de las victorias más importantes en la historia reciente de Detroit Pistons. Una franquicia que, conviene recordarlo, no supera una eliminatoria de playoffs desde 2008. Si lo logran, y ahora mismo parece la posibilidad más obvia después de esta resurrección inopinada, habrán arreglado lo que estaba a punto de ser un cierre demasiado feo para lo que merecía su excepcional temporada (60 victorias en regular season). Desde el 1-3, desde la ruina y a partir del funeral que anunciaba ese 62-38 ya en la segunda parte del sexto partido, los Pistons eligieron luchar. Y eso dice mucho de ellos. Ahora, la inercia está de su lado, y solo les queda manejarla contra un rival que tiene menos de 48 horas para lamerse una herida gigantesca, resetear una memoria fragmentada y cerrar una grieta emocional que puede acabar devorando más que una temporada: un proyecto. Así de grave fue, de colosal e inexplicable, su colapso. El mayor de la historia de los playoffs.


