Infartante definición: River se metió en los cuartos de final por los penales
Infartante definición: River se metió en los cuartos de final por los penales
OléEl Millo pasó de fase en una insólita tanda: San Lorenzo tuvo dos remates para ganarlo y falló. Quintero había igualado en el último segundo del alargue y Beltrán fue héroe.
Palo y afuera. Pogo y adrenalina. Explosión Monumental. De Santiago Beltrán, patrono de la esperanza de un equipo que necesita divorciarse de su pasado para rehacer su vida. De River, que con el mismo suspenso con el que observa cada avance de su equipo esperando que por fin fluya la confianza sintió eterna esa espera entre el guantazo y el pitazo de Zunino. Para ahí estallar. Para pasar a cuartos de final. Para conseguir dar vuelta al menos conceptualmente un resultado que dos veces estuvo en contra y ganar por penales un partido que en condiciones normales de confianza debió haberse quedado antes.
En algún momento, River deberá soltar lo que le ocurrió en 2025; en tanto y en cuanto no lo haga continuará esta curva y contracurva de rendimientos incluso durante los partidos. No siempre estará Maxi Salas para correr una última pelota como en Venezuela, o Beltrán para tapar dos penales consagratorios en el Monumental, o el ingenio filoso de Juanfer para filtrar una pelota al corazón del área como en el gol de Marcos Acuña o meterla contra un palo aun sin pretenderlo. Deberá hacer más. Priorizando curarse el ánimo.
Porque el fútbol es todo cabeza. Por eso un once contra diez de casi 90’ de 120 terminó en 2-2 cuando la lógica hasta fisiológica, por los atenuantes físicos y hasta psicológicos de tener que soportar a un rival hipotéticamente superior en términos de billetera, llevaba a pensar en que River debía corregir el rumbo con apenas un par de ajustes. San Lorenzo, posiblemente con menos que perder, sí estuvo a la altura del reto de diván. De los tiempos -cuando hacía falta hacer correr los segundos- y del juego también. Nahuel Barrios mordió en ataque para recuperar y aguijonear (centrazo a Auzmendi). Jhohan Romaña bloqueó cualquier tipo de intención de jugada filtrada en el área por un adversario con poca decisión para atacar las bandas y los espacios. Orlando Gill respondió cuando todavía había paridad numérica para evitar una desventaja incómoda. Y la estrategia estuvo a segundos de cerrar un 2-1 histórico.
Cuando Coudet habla de un River pastoso, que no fluye, tiene razón: aquella frase que le dio eslogan al triunfo ante Carabobo en Valencia, la del deseo de ganar superando al temor a perder, le aplica de a ratos a un equipo que no se termina de animar. Que tiene una buena baraja -superior a la variedad de otros adversarios del fútbol vernáculo- pero no sabe usar las cartas. Teme usar el ancho de espadas o lo tira antes. Comete errores por falta de tensión y atención en zonas críticas (Aníbal Moreno, Lautaro Rivero y Lucas Martínez Quarta en tiempo regular; Giuliano Galoppo en la tanda con un penal demasiado mal pateado). Y sufre.
San Lorenzo tuvo la mente lo suficientemente templada como para maquillar su inferioridad numérica con disciplina, mientras que River apenas logró avanzar con probabilidad de daño cuando se apoyó en los (pocos) sabios de su tribu. Aquellos cuyo umbral de tolerancia a la adversidad está por encima del resto: Quintero y Acuña. Para ser campeón se necesita más. Comenzando desde el carácter.
El equipo del Chacho debe empezar a sentirse cómodo en el ring psicológico: si desea ganar un título no puede tender a quedar contra las cuerdas por errores propios, por no tener oficio. River deberá soltar su crisis pasada y hacer el clic. Quizás la victoria por penales, exigida, con fragancia a milagro, le sirva para corregir el rumbo. Ligar, a veces, es el primer paso para crecer. Si en Núñez necesitaban de algo a lo que aferrarse para despegar, ya tiene de qué hacerlo.


