Guardiola, el frágil sueño italiano
Italia espera al técnico catalán del Manchester City, pero él parece difuminarse cuanto más se acerca.
“Guardiola goza de una experiencia total y absoluta. Conoce perfectamente nuestro campeonato. Hablamos de un técnico capaz de crear talento y, a su vez, mejorarlo. Verle dirigir la Azzurra sería fantástico. Me encantaría”. Así se contundente se muestra con AS el ex jugador Angelo Di Livio, campeón de Europa con la Juventus y más de cuarenta internacionalidades con la Nazionale. Un lugar, hoy, convertido en páramo que vive de recuerdos ligeros y pobres: el último gol en un Mundial lo anotó, contra Inglaterra, Mario Balotelli. Era el año 2014, y el rebelde —por iconoclasta— grupo de Cesare Prandelli no pasó de la primera fase. Desde entonces, tres ediciones sin Mundial (derrotas contra Suecia, Bosnia o Macedonia del Norte en la clasificación) y el efímero oasis de la Eurocopa lograda bajo las órdenes de Roberto Mancini en Wembley. Poco bambú en el lodo.
Es precisamente él, vieja estrella de la Sampdoria de Boskov, quien suena con fuerza para volver a dirigir Italia, pese a voces procelosas y discordantes. Emerge la de Gianni Rivera, quien —en detrimento del propio Guardiola— apuesta por un técnico italiano. Así las cosas, con la más que probable llegada de Giovanni Malagò al cargo de la Federación (con Paolo Maldini bajo el brazo), despuntan los nombres de Claudio Ranieri, Antonio Conte, Max Allegri o Francesco Farioli, joven técnico del Oporto. Ninguno con la envergadura, el encanto y la seducción que produciría el efecto Pep, quien la Gazzetta dello Sport ya no lo ve como una utopía.
Lo cierto es que su hipotética llegada rompería un muro importante, lleno de contrafuertes. Revestido con cadenas atávicas y puristas asociadas al campanilismo italiano. Sí, ese apego ciego a sus costumbres, su linaje, su gente. La puerta derribada en Brasil con Carlo Ancelotti podría servir de ejemplo lampante, aliciente en un país joven con apenas un siglo y medio desde la unificación. Una tierra grácil y bella que optó por el catenaccio cuando sufrió la crueldad de Superga (se estrelló el avión del Gran Torino). No fue voluntario, sino más bien un mecanismo de defensa. También convertir el fútbol de selecciones en nexo de unión de una tierra compuesta por una amalgama de pueblos y condados obligados a conocerse y coexistir —sin hablar el mismo idioma— a partir de 1860, con la avanzada de Garibaldi.
Es precisamente en esa jungla misteriosa, por acerva y contradictoria, donde tendría que pergeñar su idea contracultural el genio catalán, para los más clásicos un intruso, un sospechoso, alguien con una libreta adocenada que podría aniquilar la esencia, la praxis italiana del Calcio. “No soy lo suficientemente bueno como para eso”, llegó a responder precisamente él ante un ataque de Fabio Capello, en las antípodas de ese fútbol.
De fecundar la idea, pues, el de Santpedor sería el segundo seleccionador extranjero en dirigir Italia (en 1954 estuvo el húngaro Lajos Czeizler). Gozaría, a priori, de todos los números para erigirse en uno de los predestinados a comandar el cuero del país, sucediendo también a otros gurús foráneos con límpidos recuerdos en la Serie A: Árpád Weisz en el Bolonia (1935-38), Helenio Herrera en el Grande Inter, Eriksson en la Lazio…
También Mourinho como nerazzurro y, de seguir así, Cesc Fábregas en el Como, hoy acusado por el mismo motivo que es endiosado: jugar bien al fútbol según determinados cánones de belleza, menospreciados —imputados de inútiles y estériles— por una parte de la nación cuya estética solo la reserva para el arte, la moda y la gastronomía, curiosamente pasiones italianas que también ama, cultiva y nutre el entrenador del City. Sí, los vinos, la Toscana, el Palio de Siena, el estilo minimalista en la alta costura y las canciones de Fabrizio De Andrè.
Roma y Brescia
A priori, todo encaja y, sin embargo, nada es suficiente para que Pep Guardiola se convierta en el próximo seleccionador italiano. Esto dice de él Vincent Candelà, campeón del mundo con Francia y compañero en la Roma durante seis meses. “Un fuera de serie. Personalidad, carisma… Estuvimos poco juntos en la capital, pero mi opinión es que se trata de un técnico capaz de cambiar una escuadra y un país entero. Conocí al hombre y al futbolista, con una técnica sublime, una visión de juego fuera de lo común. Persona encantadora. Velocidad mental. No sé por qué jugó poco aquí con Capello. ¿Seleccionador? Es un caballo ganador tenerle, siempre. También te digo que aquí es necesario un proyecto articulado, no sólo un entrenador, aunque sea uno de los mejores de todos los tiempos. Ojalá venga, pero no sé qué piensa él… Esa pasión que tiene, esa minuciosidad y cuidado de los detalles, esa obsesión de estar ahí cada día… Verle así, décadas después, con tanta inteligencia, pasión y amor… Me encanta”, relata al teléfono.
Palabras de miel de un Candelà arraigado en Roma. Allí, Guardiola jugó apenas cinco partidos en la temporada 2002-03. Compartía vestuario con De Rossi, Totti, Cassano, Delvecchio, Montella y Batistuta, entre otros. No entraba en los planes de Capello, quien, en la posición del 4, por delante de la defensa, era más del cemento armado: Emerson, Dacourt y Tommasi. Razón por la que volvería al Brescia, ya como capitán, de Carletto Mazzone, con Roberto Baggio, Andrea Pirlo y Luca Toni como primeras espadas. Entre medias, el episodio oscuro del positivo por nandrolona. Ese que tuvo lugar en noviembre de 2001, cuando Pep llevaba pocos meses en el único club que verdaderamente había apostado fuerte por él… Más que el Parma y la Juventus (al parecer, Luciano Moggi tanteó su fichaje). Más que cualquier de la Premier League, con menos fulcro entonces.
Roberto Baggio, Stephen Appiah y Pep Guardiola en el Brescia.La hoja se marchitó. Fue en dos partidos consecutivos, frente a Piacenza y Lazio. Un índice altísimo, además. El jugador se declaró inocente; por su parte, el entonces presidente —Gino Corioni— fue más tajante aún: “Mi futbolista asume esos integradores desde hace años. Habrá pasado más de treinta controles con España o el Barça, y nunca resultó positivo. ¿Qué necesidad tiene de hacer nada si su carrera ha sido sublime ya? Creo en la involuntariedad de Pep, y el hecho de haber dado positio incluso tras el Piacenza-Brescia es una prueba más”, espetó. Declaraciones que recogió el portal Goal.com. ¿El resultado? La Fiscalía antidoping pidió un año de sanción más una multa elevada, trufada de controles por sorpresa una vez volviera a los terrenos de juego. Giacomo Aiello, jefe de la Fiscalía, incluso citó a declarar a Ramón Segura, médico social del Barça, encargado de suministrarle los integradores, analizados sin resultar nada anómalo o ilegal.
En medio de la tempestad, Guardiola estuvo firme. Optó por colaborar en todo con la justicia hasta la sentencia, en enero de 2002. Cuatro meses de sanción “por positividad involuntaria, ya que el jugador era extraño a todo”. Con más luces que sombras y algunos fantasmas por exorcizar aún, volvió —tras el pobre paréntesis giallorosso— al Estadio Mario Rigamonti, su casa italiana, bien custodiado en el campo por Appiah e Matuzalem. Allí interiorizó métodos de Mazzone (fue el primer invitado en la final de Roma en Champions con su Barça, ya como técnico) y entró en sintonía con Carlo Ancelotti, quien ya lo había solicitado un lustro atrás para su emergente y bohemio Parma. Repleto de locos maravillosos que atravesaban un parque en bicicleta para ir a entrenar.
Roberto Baggio
Fue solo en 2009 cuando Guardiola quedó absuelto de todo, tanto en Apelación como en la Sede Penal. “El hecho no subsiste”, recogía la sentencia. A partir de ahí, quedó para siempre la herida. “Me sentí engañado. En medio de un gran lío”, declaró.
Dicen que lo más cercano al dolor, al odio, es el amor y la pasión. Quizás, en la nívea carrera del catalán, su relación con Italia se mueva en estos extremismos. Sus últimos días en el club color añil le sirvió para mitigar la zozobra de su alma y entablar una relación eterna con Roberto Baggio, genio incomprendido e inclasificable, gigante de cristal imposible de imbuir con ecuaciones o fórmulas matemáticas. El mejor, siempre, sobre todo en plazas pequeñas cuando casi nadie ya le esperaba. Balón de Oro. Héroe y villano de una Copa del Mundo (1994), esa que precisamente buscaba con ahínco Guardiola en 2002, cuando salió del Barça —ya era suplente— para tener minutos y tratar de convencer a José Antonio Camacho. No pudo ser.

Al parecer, las historias interesantes son aquellas que basculan por intersticios profundos y escondidos. Imposibles. Improbables. Esos en los que la trama es, precisamente, la ausencia de ella. Pep, todo y nada, es íntimo de Manel Estiarte (cuya residencia está en Pescara), gran admirador de Julio Velasco (capo de la Nazionale italiana femenina de voleibol) … Además, le fascinaba tanto Pirlo que incluso lo tuvo prácticamente fichado para su Barça. Y lo mismo con Bonucci y el City, donde educó y forjó a Enzo Maresca.
Le seduce tanto el folclore y el costumbrismo italiano que, más que acercarle, le alejan para evitar que el sueño mute en algo maniqueo. Quién sabe. A efectos pragmáticos y sustanciales, son muchos los nudos que quedan aún para deshilvanar la madeja. Lo curioso es que los motivos que se encuentran para la alegría son los mismos que conducen a la tristeza. Nada más llegar al Barça para pintar la Capilla Sixtina, el discípulo de Cruyff prescindió de Ronaldinho, Deco y Gianluca Zambrotta, apesadumbrado como azulgrana. Tampoco es de su agrado actualmente Donnarumma, portero soberbio, aunque poco hábil con los pies. Si bien una nimiedad, para Pep carecer de esa destreza es como si le quitaran la guitarra a Prince. No existiría Purple Rain. Porque ya se sabe que sin obsesión no hay arte.
Difícil encaje
Guardiola es una figura poliédrica en su intransigencia. Difícil de entender y descifrar. Casi tanto como Italia y su fútbol. Representan dos mundos diametralmente opuestos, con ideas exitosas que buscan un encuentro en el Purgatorio. Entre Caín y Abel. Entre Rómulo y Remo. La pluma y la espada.
Pep admira a De Zerbi, Sacchi, Trapattoni y el futbolista Sandro Tonali, pero si mirara el espejo donde se refleja la Serie A vería arrugas que no son de su agrado. Por ejemplo, un módulo típico patentado por el Inter campeón, que ha ido mutando de Conte a Chivu, pasando por Simone Inzaghi. Un 3-5-2 con laterales-extremos sacrificados, esquema que vira en cinco centrales cuando se defiende. Eso hizo, por ejemplo, que Thuram y Cannavaro fracasaran en España. También el propio Zambrotta. Todos venían de la Juve de Capello.
Guardiola en el partido ante el Arsenal. PETER POWELLAdemás, se trata de un campeonato repleto de medianías arribadas de fuera, rehenes de sus representantes. El punto álgido fue hace semanas, con el Udinese-Como (Zaniolo, único titular italiano en los onces). Ante ese panorama desolador, Pep no estaría obligado solo a pintar… también a romperse la cabeza para salir en busca de pinceles. Un territorio virgen que aún no ha explorado. Una incertidumbre que puede pasar factura. Una idea romántica necesitada de paciencia. Ese puede ser el reto de ambos. La mezcla de cantera, resultados, orden y espontaneidad.
Italia le espera, pero él parece difuminarse cuanto más se acerca. Lo único permanente de la vida es lo transitorio. Y es que lo que no cambia se estanca. Cuando una piedra cae en el agua surge una onda compuesta por círculos contiguos que se van haciendo cada vez más grandes. Así se expande la conciencia, que debería ser infinita. También la del fútbol.


