Final Conference League / Mateta despertó del sueño al Rayo

El Palace se impuso por la mínima, aprovechando un balón muerto tras un rechace de Batalla. Los franjirrojos pelearon su primera final y cayeron con honores.

Maite Martín
As
El Palace se llevó la Conference, pero el Rayo, la victoria. No siempre ambas cosas van de la mano. Es el fútbol. Es la vida. Pero no pasa nada, porque si de algo sabe Vallecas es de levantarse de la lona, una y otra vez. No importan los golpes, sino los progresos. El sueño era vivir una final y se cumplió. Recorrer las calles de Leipzig como si del barrio se tratase, buscando las caras conocidas y las franjirrojas, para sentirse en casa. Cantar en la ‘fan zone’ hasta quedar afónicos. Abrazar a los de siempre como si no hubiese mañana. Por si acaso esto no vuelve a suceder. Por si toca, de nuevo, bajar al barro. Todavía quedan restos en un equipo, donde la mayoría de sus jugadores (Isi, Óscar Valentín...) se rebeló a los rechazos. Al “no puedes” o “no vales”. No ha sido un camino plácido, aunque el Rayo es eso también. Sufrir para aferrarse a esos chispazos de alegría. Lo de Leipzig ha sido el Big Bang. La mayor explosión de felicidad que ha asomado en 102 años de historia y eso no lo apaga un resultado. Ni el tiempo. Ni la distancia. Ni siquiera el gol de Mateta. Porque “No conocí mayor victoria, que contigo en una derrota”, como lucía la pancarta final.

Los vallecanos eran novatos en la mística de una final, pero pintaron Leipzig con su Franja y honraron a sus orígenes de leyenda, como hijos del caballo blanco. Y entre el humo de las bengalas, aparecía la figura de Lejeune comandando la zaga y cortocircuitando la conexión entre Mateta y Sarr y una internada de Yeremy Pino. Al Rayo le estaba costando hacerse con el balón y tejer jugadas, así que abogaban más por la velocidad y el contragolpe, pero los centros no encontraban rematador. Lacroix cortó uno de Álvaro para Alemão, después de que el de Utrera hubiera sacado petróleo de un error de Canvot. Abajo, todos remando. Todos defendiendo. Solidarios, como si de uno se tratase. “Eres el orgullo de un barrio obrero”, tronaba desde su fondo, que silenció a los ingleses, que los triplicaban en número. En la grada, ganaba el barrio.

Alemão puso el uyy en su boca, cuando remató un balón servido por Chavarría, ante el fallo de Riad, y se perdió por apenas unos metros. Los de Iñigo se iban viniendo arriba, hasta que Batalla advirtió que algo sucedía en la grada y paró el juego para que atendieran al aficionado rayista. Se reanudó con otra ocasión de los vallecanos nacida de la banda derecha. De Frutos brujuleó a Álvaro y este, de espaldas a la portería, se la dejó a Unai, que chutó desde la frontal ligeramente desviado. Aún más cerca se fue el cabezazo de Mitchell, quien remató solo y en plancha la asistencia de Wharton, para microinfarto franjirrojo. El saldo de la primera parte se quedaba a cero: ningún tiro a puerta.

La efectividad del Palace se plasmó en el 51′, cuando Mateta cazó un balón muerto en el área pequeña, tras el despeje de Batalla a un disparo de Wharton. Ahí, de repente, se escuchó a los aficionados británicos. Tanto la grada como el equipo se vinieron arriba y el palo —por partida triple— le echó una mano a los de Iñigo. Una falta de Yeremy Pino se estrelló en dos de ellos y el tiro posterior de Mateta también sacó astillas a la madera. Este volvió a buscar la sentencia con un tiro a bocajarro, pero Batalla frustró su doblete. Iñigo metió cambios para virar el rumbo del Santa Inés, mientras llegaban desde Vallecas los cánticos de “Sí, se puede”. Rendirse estaba prohibido. De Frutos mandó al lateral de la red una asistencia de Álvaro.

Isi buscó el empate con un lanzamiento de falta, pero su zurdazo se perdió demasiado alto. Los franjirrojos echaban el resto, conscientes de que el reloj corría en contra. Lo intentó Lejeune y se fue desviado. También Camello y se marchó alto. Incluso Pedro Díaz. El Palace acariciaba el título en este duelo de Euro-novatos.

Dicen que cuando la vida acaba, el cerebro repasa sus instantes más felices. Cuando terminó la travesía del Euro-Rayo en Conference, los recuerdos sonaban a los cánticos de David Manchester a puerta cerrada contra el Neman, sabían a las magdalenas de Lola, se sentían como aquellos abrazos en Atenas después de tres infartos y lucían la cara de todos los rayistas: los más de 11.000 desplazados y quienes ahogaban sus lágrimas a miles de kilómetros de Leipzig. El hilo que conectaba a todos era el dolor por acariciar algo único y el orgullo de haber llegado tan lejos. El sueño duró más de lo esperado y se disfrutó. ¡Vaya si se disfrutó! Iñigo solo había pedido una cosa a sus chicos, recuperar la inocencia y la alegría del patio del colegio y eso se contagió a la gente, que pasó la noche de Reyes por adelantado. Mereció la pena. El regalo no era el esperado, pero la decepción no empañó lo demás. El haberlo vivido... juntos.

Porque el Rayo es, principalmente, familia. Ese hilo inquebrantable que conecta generaciones, como el amor. El Rayo son aquellos veranos en los que Rafael Sanjuán (abonado número 1 durante 15 años) dibujaba el escudo en la arena y no permitía que nadie lo pisara, solo las olas, que le obligaban a renovar sus votos la mañana siguiente. O las visitas de Josefa, con Juampe en la barriga, al antiguo campo cuando en Vallecas solo había huertas. O esa mirada al cielo de Lola, abrazada por la camiseta de su Antonio. O esa emoción de Tanco, que a sus 73 años, se ha traído desde Sabadell el espíritu del Matagigantes. La Franja es mucho más que fútbol. Mucho más que un resultado. El Rayo no ha ganado la Conference, pero la Conference sí ha ganado con el Rayo.

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