Esta final es toda de Coudet
El Chacho es el máximo responsable de que River haya vuelto a una final después de más de seis años y de un sinfín de eliminaciones prematuras. Si bien le faltó reacción para evitar que Belgrano se lo llevara por delante en el final, dio sobradas señales de que tiene capacidad para ser el técnico que el club necesita.
El Chacho agarró a un equipo sin rumbo, que venía a los tumbos, y, de a poco, lo levantó hasta llevarlo a una final. Si River jugó - y perdió - esta tarde la definición del Torneo Apertura fue pura y exclusivamente por su entrenador. Hacía seis años y medio que el club no llegaba a una definición y en ese lapso sufrió eliminaciones muy dolorosas, incluidas nada menos que tres frente a Boca.
Coudet cortó la malaria, pero no pudo coronar. Antes de criticar los tiempos de sus cambios en la final, hay que resaltar que por primera vez en estos últimos años hubo un principio de conexión entre hinchas y jugadores. Luego de aquel partido milagroso ante San Lorenzo pareció generarse algo nuevo, que le dio a la gente una ilusión que no tenía hacía tiempo. Por eso la derrota duele tanto.
Gallardo había dejado un equipo perdido, desordenado, frágil y mal armado, incluso con internas. Un plantel sin delanteros, con pocos mediocampistas y con defensores (centrales, sobre todo) que ya venían de un período de dudas y alarmas encendidas. Incluso en el arco se tomó la decisión de dejar ir a Conan Ledesma y repatriar a Ezequiel Centurión, pero cuando nadie lo esperaba apareció este unicornio llamado Santiago Beltrán para adueñarse del puesto, a pesar de la vuelta de Franco Armani.
Los datos indican que cuando llegó Coudet, River marchaba séptimo de la Zona A y 20° de la tabla anual el día que, en la fecha 7, el Muñeco renunció tras perder su tercer partido seguido. Dirigió - y ganó - un partido más, ante Banfield, antes de irse. Quizás no tanto como Vietnam, pero el Monumental era un campo minado, en más de un sentido (recordar los imperdonables recitales de AC/DC). La relación con la gente estaba rota y la sensación de desesperanza era total. Y sin embargo, algo cambió.
En silencio y con la cabeza gacha, la salida de River del Estadio Mario Alberto Kempes
No, no hubo River campeón. Tampoco hubo fútbol total ni un equipo avasallante. Pero sí hubo nuevas y buenas intenciones, hubo momentos de lucidez, hubo mucha fortuna (a la suerte siempra hay que acompañarla), hubo entrega y compromiso y también hubo puteadas, algo injustificadas, en aquella noche increíble ante San Lorenzo. Atrás de este subibaja de emociones y de rendimientos estuvo siempre Coudet.
Con buenas y malas sostuvo a flote un barco que recibió totalmente a la deriva y lo llevó hasta una definición de campeonato por primera vez en 20 torneos de los que se definen en mata-mata, desde la Copa Argentina 2019. Claro que en River no alcanza con ser finalista, ni tampoco es admisible perder un Superclásico con Boca sin prácticamente patear al arco.
Hay que valorar el proceso, porque en el camino apareció una ilusión. Hay que entender que uno de los motivos válidos por los que Coudet no realizó cambios a tiempo en la final fue porque no confía en sus suplentes (solo en Juanfer, que estaba lesionado). Había al menos cinco futbolistas que necesitaban salir (Moreno, Vera, Juan Cruz Meza, Colidio y Freitas), pero en el banco no había más de una o dos opciones (Salas, ¿Maxi Meza?) que se hubiesen ganado la chance de entrar. Así y todo, la evidencia marca que aunque no tuviese ninguna garantía en el banco, terminó siendo peor dejar en cancha a jugadores que ya no podían ni pensar.
Y más allá de haber tardado en oxigenar al equipo, tampoco encontró la manera de bajarle el ritmo. River cedió por completo la pelota tras la salida de su mejor jugador, el Huevo Acuña (cabe recordar que, al borde de la lesión, contra Central entró porque era el único capaz de hacerlo en todo el plantel), y no la recuperó más. Tampoco recuperó el ímpetu ni la presencia física y el golpe de ese penal inesperado lo dejó nocaut. El equipo no reaccionó y el entrenador tampoco. Y la derrota cayó por decantación. Para bien y para mal, hay una lectura que resulta inequívoca: esta final es toda de Coudet.


