De los insultos a los aplausos, la vuelta a River en tres días
Las exigencias desmedidas de esta época se ven claritas en el fútbol, reflejo de una sociedad con expectativas que no siempre se cumplen.
Cuánto ha pasado y cuántas cosas se pueden decir entre esas dos imágenes, de River y del fútbol en general. Incluso más alla: de la sociedad en la que vivimos donde la exigencia es enorme, es desmedida. La exigencia con el otro pero también la exigencia con uno mismo.
Estamos en una época en la que nada nos llega a satisfacer totalmente. Mi trabajo no me satisface, tampoco mi vida ni el equipo cuando vamos a la cancha salvo que gane. Las expectativas son tan altas que quizá jamás podremos alcanzarlas. El éxito es la única respuesta a todo, la única solución, y si no hay éxito no hay nada. Y hablamos no solo ser campeón sino, dependiendo de qué jugador y qué equipo hablemos, el éxito puede ser clasificarse a una copa o no irse al descenso. Llegar al objetivo es la única manera de sobrevivir y seguir adelante. Sentí eso hace tres días y ayer, cuando veía a Juanfer reconciliándose con la gente.
Es el fútbol que tenemos, el fútbol nuestro, muy nuestro, con nuestras cosas. Al exitismo mundial nosotros le damos un color especial, le añadimos nuestra cuota de aceleración y de exageración, propias del argentino más que del fútbol.
Para el caso particular de River, hay un arrastre, una mirada del hincha hacia atrás que se traduce en este desencanto, motivado por dos o tres años en los que el equipo no cumplió con lo que se le pedía. Aun cuando no en todos los casos estuvieron involucrados los mismos jugadores y los mismos técnicos. El hincha explota. Y Juanfer se lo toma de modo personal y le parece exagerado, por eso reacciona.
Voy a agregar algo: cuando el Chacho y el equipo ganaban pero no jugaban bien, la gente también se quejaba. Y eso significa que pese a todo, River mantiene algo de su espíritu, aquello de exigir no solo éxitos, no solo logros, sino también las formas. Una exigencia más, en definitiva.


