Champions (vuelta semifinales): Arsenal 1 - Atlético 0 (2-1) / Primero Saka, luego el árbitro
El Arsenal, finalista de la Champions tras ganar al Atleti 1-0 con gol de Saka justo antes del descanso. Después condicionó el colegiado al no decretar un penalti clarísimo de Calafiori sobre Griezmann.
Había sorprendido Arteta sentando a Zubimendi para dejarle su sitio a Lewis-Skelly y con la titularidad de Ben White y no Mosquera, Califiori y no Hincapié. Lo que no lo hacía era la titularidad de Saka. Sesenta minutos para ese futbolista escurridizo como el mercurio para tratar de agujerear al Atleti. Simeone a quien sentaba era a Cardoso para mover a Llorente con Koke en el medio y a Pubill, al lateral con la titularidad de Le Normand. A las nueve de la noche, fue Julián el encargado de sacar del centro. Con el pie derecho. Si el tobillo izquierdo dolía no impedía. En noches como ésta lo único que pesa es no jugarlas. En cuanto la pelota comenzó a rodar, comenzó el ajedrez de las pizarras.
La efervescencia, para la otra semifinal. El guion de esta en la vuelta era el de la ida: rigor táctico y riesgo mínimo. Partido largo, vencer a los puntos. El Arsenal pisaba la hierba como con miedo. Con el freno echado, buscaba ocasiones que no encontraba moviendo la pelota de lado a lado, como un compás, alrededor de la muralla levantada por un Atleti que aguardaba en su campo, atentísimo, condensado como una cúpula. Hancko barría, Trossard y Saka apenas habían sacado la patita, Koke ayudaba para espantar la amenaza si corría Gyokeres. El partido de camino al descanso y en ese punto: los ingleses buscando un córner en cada ocasión y los españoles celebrando cada saque de puerta. El peligro del Atleti era escaso, tan desacertadísimo Lookman cuando miraba a Raya como generoso atrás. El Arsenal seguía ganándole metros de hierba en cada posesión a un Atleti que se agrietó en el 44’.
El agujero fue un pase de Saliba a Gyokeres que Hancko rozó para rebobinarle la salida de su puerta a Oblak. Solo ese. Suficiente para el Arsenal. Mientras el esloveno regresaba a su portería, Gyokeres lanzaba un centro pasado que Pubill despejaba en el área para entregarle la pelota a Trossard. Su disparo lo repelió Oblak con una buena mano por bajo. Un rechace que, cuando Le Normand y Ruggeri fueron a despejar, Saka ya había embocado. Gol. 1-0 para el 2-1 global. Budapest, al descanso, era inglesa. Al Atleti, como en la ida, le tocaba levantarse y remontar.
Un Atleti que en la segunda parte regresó con la línea de presión adelantada en un calco del partido de Madrid. Ahora el que encajonaba era el Atleti con Pubill como sal de todas las jugadas. En su regreso al lateral derecho despejaba, llegaba, cuerpeaba, conducía, amenazaba. Y eso que Daniel Siebert con su silbato ya fácil no lo ponía: caía con su silbato sobre cada roce rojiblanco en piel inglesa pero no al revés. Pudo empatar Giuliano en una contra tras robar una pelota con la que se fue al área de Raya, donde pateó al aire: Gabriel le desestabilizaba cuando se disponía a armar el disparo. Pidió penalti el argentino pero el único gesto del árbitro fue el sigan, sigan. Cuatro minutos después el que lo pedía era Griezmann.
Y Simeone. Y cada rojiblanco en el Emirates. Después de un pisotón claro, clarísimo, meridiano, con el que Calafiori derribó al francés. Pero el árbitro había pitado falta previa de Pubill sobre Gabriel, que por cierto no era, los dos habían saltado a la vez, y desde la sala VOR no le llevaron ni ante la pantalla. Se supone que la herramienta llegó para evitar errores como este. Esos que en la Champions siempre ahogan en mermelada las aspiraciones del Atleti. Siebert ya al lado de Clattenburg y Marciniak. Estos sí que son mad, bad and dangerous pero esta vez no se verá eso titulado en la prensa inglesa.
Y peor se le pondría la noche al Atleti después de que Gyokeres errara un mano a mano solo ante Oblak: Julián alzaba la mano. Su tobillo no aguantaba más. Y a la vez también se marchaba Griezmann. En el 66’, Simeone ya había hecho los cinco cambios mientras Arteta había hecho tres para finalizar el tiempo de Saka e introducir, entre otros, a Odegaard. Un Arsenal sin arrugas ni resquicios, sostenido por un colosal Rice. El Atleti había perdido claridad en los ataques, precipitado y sin tiempo, por mucho que Llorente se multiplicara. El tridente del Cholo ahora lo formaban Baena, Sorloth y Nahuel y así es difícil pinchar.
El Arsenal guardaba la ropa para Budapest. Sorloth pudo forzar la prórroga antes del añadido pero se enredó en los pies una pelota franca de Baena. Era el final. Jaque mate. El Atleti otra vez apeado de esta competición que, con los rojiblancos, no se cansa de ser cruel.


