Úbeda, para sacarse la P

El técnico de Boca aún está tan a prueba que tiene contrato de ayudante, pero llega al Súper con su equipo jugando mejor. Cuánto valdría un triunfo.

Antonio Serpa

No es un chico, Úbeda, que tiene 56 años y lejos está de ser un novato en esto de la dirección técnica. La ejerce desde 2008 con resultados más o menos parejos en pobreza. Tan poco se ha destacado como entrenador principal en Huracán, Independiente Rivadavia, Boca Unidos, Racing Club o Magallanes que probó suerte en Inferiores, estuvo a cargo de la Sub 20 y, cansado de los golpes, bajó a la categoría de ayudante de campo (puesto engalanado hoy con la denominación de entrenador asistente). Así llegó al cuerpo técnico de Miguel Ángel Russo y le tocó la desgracia humana de sucederlo en las peores condiciones.

Úbeda le había prometido a Miguelo hacerle el aguante, se hizo cargo en la tormenta, en la más negra de las noches supo estar a su lado y de algún modo sigue con la obra que el histórico entrenador no pudo finalizar. "Nunca pensamos que Úbeda pudiera dirigir a Boca", se sinceró Chicho Serna hace unas horas, pero se sabe que Riquelme no tiene una especial debilidad por los técnicos, confía más en lo que puedan hacer los que verdaderamente salen a la cancha y acá anda el Sifón, aplaudido por la hinchada luego de la goleada al Barcelona, firmando autógrafos en tiempo de descuento y sacándose fotos después de los partidos. Todo esto, un mes después de irse silbado de la misma Bombonera con gente que le gritaba "andate, bobo".

Hoy, mágicamente o no tanto, su Boca llega como banca al clásico con River. Es elogiado por un mediocampo que viene brillando en los últimos partidos -fútbol en estado puro de Paredes-Delgado-Ascacíbar-Aranda- y se presentará ante su rival de siempre en una suerte de clásico invertido, donde el que históricamente se destacó por el juego lujoso y el paladar negro trata de ir a los bifes y se arregla con lo que puede.

¿Por qué es relevante este Superclásico para Úbeda? Porque es el pasaporte a los pantalones largos, a despegar la P de la luneta. Una derrota lo pondría otra vez -más allá de todo lo bueno de los últimos partidos- en esa situación de asamblea permanente, de vigilia, de máxima tensión. Ya tiene un triunfo, aquel baile en la Bombonera, pero sus efluvios se perdieron rápidamente con la eliminación a manos de Racing en un ciclo que todavía era incipiente. Un golpe de visitante a este River haría que todos lo miraran con otra cara, que empezaran a respetarlo seriamente como profesional más allá de la bizarra manera en que llegó al banco más codiciado de América.

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