El ‘don’ con el que nació la generación de los 60 y 70 y ahora se está perdiendo
Los psicólogos advierten que la capacidad de concentración profunda, natural en quienes crecieron sin pantallas, está desapareciendo por culpa de vivir permanentemente conectados.
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En un mundo en el que todo sucede a gran velocidad y las distracciones son constantes, los psicólogos advierten de la pérdida de una habilidad mental muy importante, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Quienes nacieron en las décadas de los 60 y 70 conservan casi de forma natural un “don” que hoy parece cada vez menos común: la capacidad de mantener una concentración profunda y sostenida en el tiempo.
La ventaja de crecer sin pantallas
Quienes crecieron en esas décadas se formaron en un entorno radicalmente distinto al actual. Al vivir sin móviles ni notificaciones constantes, se acostumbraron a centrarse en una sola cosa a la vez, lo que les permitía terminar cada tarea de principio a fin sin interrupciones.
Hoy, sin embargo, esa capacidad “está en peligro de extinción”. Diferentes estudios reflejan que a la mayoría de la población le cuesta mantener el foco en una sola tarea durante más de unos pocos minutos. Nuestra atención salta continuamente de un estímulo a otro, desviada por mensajes, sonidos y distracciones digitales que acaban sobrecargando la mente.
Perder este enfoque no solo afecta al rendimiento, sino a la salud mental. Centrarse en una única actividad aporta una mayor claridad para tomar decisiones y mejora la memoria, ya que permite asimilar la información de forma completa. Además, los expertos asocian esta estabilidad cognitiva a una reducción drástica del estrés y a una mayor productividad, demostrando que se puede ser eficiente sin necesidad de vivir con prisa.
Cómo recuperar el hábito
La buena noticia es que esta concentración profunda no es un rasgo genético o “mágico”, sino un hábito que se puede volver a entrenar. El primer paso que sugieren los profesionales es frenar las interrupciones voluntarias. Gran parte del estrés actual nos lo provocamos nosotros mismos al mirar el móvil “solo un segundo”, por eso, la clave está en fijar momentos concretos del día destinados exclusivamente a revisar mensajes.
El segundo paso consiste en obligarse a ir más despacio para imitar las rutinas del pasado. Basta con dedicar apenas diez minutos al día a realizar una actividad sin pantallas de por medio: dar un paseo corto, tomar un café en silencio o leer unas páginas de alguno de nuestros libros favoritos. Al reducir las distracciones, conseguimos que la mente no se agote con estímulos vacíos, rescatando esa capacidad de estar presentes en cada momento sin sentirnos sobrepasados.


