Atlético 1 - Barcelona 2 / Sangre, sudor y semifinales
El Atleti sigue adelante en un partido épico en el que se levantó de los goles de Lamine y Ferran a los 23 minutos. Lookman tapó los errores de Lenglet. Roja a Eric.
Un Atlético que salía con Musso, aunque estuviera Oblak, y Le Normand y Lenglet, que el resto de defensas del Cholo eran chavales. Flick lo hacía sobre ese césped de 26 milímetros con Gavi al lado de Pedri y Ferran en la punta. Lamine no tardaría en sacar la pistola. No había llegado el reloj al minuto y había tenido ya la primera ocasión con intención de arañarle al Atleti la ventaja que traía de la ida (0-2): apareció entre líneas para lanzar un tiro raso, con toda malicia, que se toparía con el guante de Musso. La siguiente que asomara por allí ya no terminaría igual.
Porque la amarilla a Pubill, apercibido, y el esguince de Hancko en el Camp Nou condicionaban la vuelta. La titularidad de Lenglet a los cuatro minutos ya era tiro en el pie. En campo propio, se giró para entregársela a Musso sin observar que Lamine acechaba. Un Lamine que primero combinó con Ferran y después le coló el balón a Musso entre las piernas. Era el minuto cuatro. El Barça era dueño del campo, del cuero y del aire. Dueño de todo alrededor de Lamine, puro regate, filigrana y amenaza. Un Barça vigoroso ante un rival empequeñecido, incapaz ni de oler su juego interior. Porque ahí el Atleti no estaba. El miedo entumecía sus músculos, cada decisión. Grizi, torpe; Julián, apagado y fuera de cobertura. Arriba sólo asomaba Lookman. Un Lookman solo en un equipo con ese roto detrás: Lenglet de Troya, Lenglet de flan. El francés se reeditaba a sí mismo en el 0-2: Ferran le ganaba la posición ridículamente fácil tras recibir de Olmo y soltar un zurdazo cruzado que se fue a la red por la escuadra. 23 minutos había tardado el Barça en empatar la eliminatoria.
Y un minuto después Musso evitaba el 0-3 después de que Lamine asistiera a Fermín quien, al rematar en plancha, se cortaba primero con la bota del arquero y, después, se estampaba de cabeza en la hierba. La sangre saliendo a borbotones de su labio paró el juego. Cuando regresó, Lookman se plantó ante Joan García para devolverle al Metropolitano la voz y la respiración con un derechazo. La pelota se la había puesto Llorente en los pies, desde la derecha y subido en la moto. Vayan pidiéndole medidas para la estatua, por favor, con gafas, si quiere. Simeone pedía calma porque volvían a tener ventaja pero seguía el mismo guion: Pedri la tocaba y se giraba, sin oposición. Y Ferran. Y Olmo. Y qué decir de Lamine. El mejor del Atleti era el de amarillo. Ese Musso que vio cómo Ferran le lanzaba alto el libre directo con el que finalizaba la primera parte. El Atleti ya se había levantado y sufrido.
Del reposo, el partido regresó con un bigote de esparadrapo en el rostro de Fermín y en el mismo lugar: los pies del Barça. Corrían solos, sin que los rojiblancos presionaran alto. Un Barça que amasaba pelota ante un Atleti acurrucado atrás y afilado al robar. Musso seguía agrandando sus guantes al detener un tiro a bocajarro de Ferran que, al minuto, repetía. Y aquí aparecería de nuevo Lenglet, pero, como esta era otra parte, lo haría para salvar y no condenar: frenó el tiro de Gavi y, cuando el que remató, después, fue Ferran, aunque marcara, lo hacía en fuera de juego. El 1-2 seguía, el Atleti seguía siendo el equipo en semifinal. Entonces Simeone cambiaba las alas y teñía los minutos que vendrían de rojiblanco.
Con la entrada de Baena y Nico, el Atleti recordó presionar arriba pero a Llorente y a Le Normand les faltó tino. El refresco de Flick eran Lewy y Rashford mientras la sangre recorría ahora el rostro de Ruggeri tras un codazo de Gavi. La entrada de Sorloth lo que provocó fue que, en la primera carrera hacia Joan García, Eric, hasta el momento perfecto, lo derribara en la media luna. Era el último hombre y no estaba en fuera de juego, lo avisó el VAR y Turpin sacó la roja. El portero que ahora saldría en todas las fotos sería el de naranja, Joan García. La última carta de Flick fueron Roony y Araújo disfrazado de 9. Los ocho minutos de añadido fueron balones colgados mientras el Atleti resistía, Ruggeri con su cabeza vendada de azul. El Metropolitano alzaba sus banderas tratando también de empujar, acelerar el tiempo, que llegara ya el final, en este partido ya por siempre prendido a su historia. Ese final que llegó en el 98’. La grada había perdido años, había sumado arrugas, pero lo había logrado: la semifinal. Y que siga sonando alto en Europa su Thunderstack.


