Así es el poder militar de Irán tras un mes de guerra: ¿Cuántos soldados, aviones, carros de combate y barcos le quedan?
Un análisis detallado del poder real del ejército iraní: cifras reales de tropas, tanques, cazas, buques y misiles, su capacidad para resistir en un conflicto prolongado y los retos que enfrenta ante un ataque como el de Estados Unidos e Israel.
Entonces llegó el 28 de febrero, el día en que Estados Unidos e Israel comenzaron a atacar el país. Desde ese día, la campaña aérea ha alcanzado cifras sobrecogedoras. En menos de dos semanas, ya se hablaba de más de 6.000 objetivos destruidos. A finales de marzo la cifra superaba los 10.000 blancos alcanzados según los propios mandos estadounidenses. Un ritmo de 300 a 500 impactos diarios que ha convertido buena parte de la infraestructura militar iraní en una sucesión de cráteres. Por eso, parece un buen momento para revisar qué queda hoy del poder militar iraní y qué ha desaparecido bajo el humo de los misiles de crucero.
Si analizamos la fuerza terrestre iraní, parece que no ha pasado nada. Es, con diferencia, la parte menos dañada. Eso tiene una explicación demográfica: el régimen tiene a su disposición a más de noventa millones de personas. Su número de varones en edad militar supera los 20 millones. Puede alimentar y mantener un ejército de 610.000 activos, 350.000 reservistas y hasta un millón de voluntarios Basij si EE. UU. cometiera la locura de iniciar una invasión terrestre.

Unidades de comandos del Ejército iraní y vehículos ligeros durante unas maniobras en la costa del Golfo de Omán. Esta franja de tierra no es solo paisaje; es el último baluarte defensivo antes de las montañas. En la doctrina militar de Teherán, cuando los misiles enemigos han neutralizado la flota en alta mar, es esta infantería de élite la encargada de convertir cada cala y cada acantilado en un nido de resistencia asimétrica.Anadolu
Antes de que cayera la primera bomba, Teherán acumulaba en sus garajes 1.713 carros de combate, una mezcla heterogénea que va desde los veteranos T-62 y T-72 de diseño soviético hasta los Zulfiqar de fabricación nacional. A eso hay que sumar 6.676 vehículos blindados para transporte y apoyo. Mientras que las operaciones aéreas de la coalición han sido quirúrgicas en el cielo y el mar, no parece que lo hayan sido tanto en tierra. La dispersión de las fuerzas hace que destruir un tanque iraní a trescientos kilómetros de la frontera sea una victoria pírrica y demasiado cara.
Aunque la infantería y los blindados han sobrevivido casi sin rasguños, la guerra sí ha golpeado donde más duele: en la cúpula. El primer día de bombardeos cayó como una guillotina sobre los despachos del poder. Más de cuarenta altos mandos murieron en cuestión de horas. Desde entonces, el goteo no ha parado. No solo se ha roto la cadena de mando militar: también se ha abierto un hueco político que Teherán intenta tapar a marchas forzadas.
El golpe más contundente quizá haya sido en el aire. Israel y EE. UU. afirman que tienen el control absoluto del cielo casi desde el primer día. Sobre el papel, Irán tenía antes de la guerra una flota de 627 aeronaves entre cazas, transportes y helicópteros, pero ese dato era un espejismo. Era más un taller mecánico que una Fuerza Aérea moderna. Sus ingenieros llevan décadas haciendo milagros: gracias al programa Owj han conseguido replicar piezas que el fabricante original dejó de producir hace cuarenta años. Auténtica arqueología industrial para mantener en vuelo máquinas con medio siglo de vida, como los F‑14 Tomcat heredados del Sha, los F‑4 Phantom o los F‑5. Según los analistas, un F‑14 iraní exigía más horas de mantenimiento por cada hora de vuelo que cualquier otro avión del planeta. El canibalismo de piezas era constante en sus hangares.
Cazas de fabricación nacional —versiones locales de modelos estadounidenses de los años 70— sobrevuelan el mausoleo de Jomeini durante el Día del Ejército.NurPhotoEse ecosistema de parches se ha desmoronado. Durante el primer mes de campaña, Irán ha perdido al menos 51 aeronaves: siete fueron derribadas en combate aéreo y otras 44 fueron aniquiladas en tierra. Se han perdido diez cazas F-7, ocho F-14, seis aviones de transporte Il-76, cinco C-130, varios Su-22, tres Boeing 747 y dos 707.
Lo que ha ocurrido en el mar es muy similar. Antes de la guerra, Irán proyectaba poder naval hasta el Índico a través de sus dos armadas: la regular y la de la Guardia Revolucionaria. Entre ambas sumaban cerca de 97 barcos operativos, incluyendo seis submarinos —los tres Kilo rusos, varios mini‑submarinos Ghadir y su única joya moderna, el Fateh—, decenas de lanchas rápidas armadas con misiles y seis fragatas de la clase Jamaran. Irán también tenía dos joyas tecnológicas: la gigantesca Makran, un buque base de más de cien mil toneladas, y el Shahid Bagheri, su porta-drones recién estrenado.
Los registros de daños confirman la pérdida de al menos 27 barcos en un mes: 14 han sido hundidos en combate o por ataques de precisión, 11 han sido destruidos en sus propios puertos y dos han sido capturados. El Shahid Bagheri fue reducido a un cascarón humeante en cuestión de minutos y la Makran arde todavía en su muelle de Bandar Abbas. De las seis Fragatas Jamaran, dos han sido destruidas y otras dos o tres han sido severamente dañadas. El submarino Fateh, único moderno de su clase, también ha sido destruido.
Imagen satelital del Shahid Bagheri, el primer "porta-drones" de la Guardia Revolucionaria. Con una pista de aterrizaje de 180 metros añadida de forma asimétrica a un antiguo buque portacontenedores, este navío simbolizaba la apuesta de Teherán por la guerra híbrida. Ya ha sido destruido.MaxarPero incluso con la marina reducida a chatarra, Irán no ha perdido su amenaza más peligrosa en el mar: las minas. Teherán posee el arsenal de minas más denso del Golfo Pérsico, con miles de artefactos —desde las viejas minas de contacto hasta las EM‑52 acústicas— capaces de cerrar el estrecho de Ormuz sin necesidad de una flota. La capacidad de sembrar minas sigue intacta, y basta con eso para que el tráfico de crudo siga temblando.
Ese tipo de soluciones imaginativas y baratas para problemas graves define la verdadera naturaleza del régimen: Irán se vuelve más peligroso cuanto más herido está. Es el mayor fabricante de drones del mundo en relación coste-eficacia, y eso no se destruye con una campaña aérea de treinta días. Produce desde los grandes Shahed-129 y Mohajer-6 hasta la estrella de la guerra de guerrillas moderna: el Shahed-136. Se estima que Teherán puede seguir fabricando entre 200 y 300 drones mensuales gracias a la simplicidad de sus componentes y a la dispersión de sus centros de producción.
Junto a los drones, el gran temor de Israel es el arsenal balístico. Antes de la guerra, Irán disponía de entre 3.000 y 4.000 misiles de todo tipo, desde los Shahab-3 y los Emad hasta los precisos Zolfaghar y Fateh-110, el mayor arsenal de Oriente Medio. A pesar de que EE. UU. ha golpeado silos, fábricas y centros de mando, la red de ‘ciudades de misiles’ ha protegido buena parte del arsenal. Se estima que la capacidad actual iraní sigue en torno al 60–75 % del volumen inicial: todavía tiene entre 1.800 y 3.000 misiles operativos con una precisión de menos de 10 metros sobre el objetivo. Prueba de ello es que sigue lanzando salvas de diez misiles en una sola noche, como demostró a comienzos de abril, e Israel tiene cada vez más problemas para destruirlos antes del impacto.
Soldados del Ejército iraní durante las maniobras anuales en la costa del Golfo de Omán. Estas unidades de tierra son las encargadas de proteger las baterías de misiles antibuque ocultas en la costa.AnadoluFinalmente está la Guardia Revolucionaria (IRGC), el alma política y militar que sostiene el régimen. Sus bases han sido castigadas y muchas de sus instalaciones presentan graves daños, pero su red de aliados —el llamado Eje de la Resistencia en Líbano, Irak, Siria y Yemen— sigue operativa.
Por último, está el ciberespacio. Irán es una de las cuatro grandes potencias cibernéticas del mundo por detrás de EE. UU., China y Rusia. Sus unidades de ciberataque siguen devolviendo golpes contra infraestructuras críticas de Israel y EE. UU., desde redes eléctricas hasta plantas de agua. Teherán no necesita una pista de aterrizaje para seguir haciendo daño.
El resultado del primer mes de guerra es un Irán con dos caras. Una, visible y convencional, está herida de muerte: sin marina, con la aviación castigada y las fábricas en el punto de mira. La otra, más profunda, sigue siendo un adversario temible. Esa dualidad explica por qué Teherán sigue sin tambalearse. A veces, para ganar una pelea no hace falta tener la mayor pegada, sino ser el que más tiempo aguanta sobre el cuadrilátero


