El deporte ha dejado de fingir que todo va bien
Calendarios imposibles, redes sociales y presión constante, es el nuevo escenario emocional del deportista que afecta a la estabilidad.
Marta Trabanca, As
Durante décadas, el deportista profesional ha sido retratado como una máquina: fuerte, resistente e impermeable al dolor. El talento era visible, pero el sufrimiento no. En los vestuarios se aprendía a callar y a seguir compitiendo aunque muchas veces la cabeza pidiera parar. Pero algo ha cambiado y hoy los testimonios se multiplican. Futbolistas, gimnastas, tenistas o atletas hablan sin rodeos de ansiedad, depresión, ataques de pánico o agotamiento. La pregunta ya no es si existe el problema, sino por qué ahora lo vemos más: ¿estamos peor o simplemente el deporte ha dejado de esconderlo?
Araújo y el momento de levantar la mano
“Llevaba un año y medio con ansiedad que se volvió depresión”. La frase de Ronald Araújo, defensa del Barcelona, cayó como un golpe de realidad en el fútbol moderno hace sólo unos meses. El central uruguayo explicó que intentó seguir adelante durante un tiempo hasta que asumió que necesitaba parar y pedir ayuda. “Necesité levantar la mano y decir que algo me estaba pasando para poder recuperarme”.
Para Andrés París, pedagogo deportivo especializado en alto rendimiento, con más de cinco años de experiencia en el programa Mens Sana de la AFE y actualmente entrenador en el fútbol femenino del Levante UD, ese “clic” suele llegar tarde: “Cuando llega el clic, normalmente es porque el deportista ya está al límite y necesita parar”. Por eso insiste en la prevención, dotar de herramientas antes de que el cuerpo siga y la mente ya no pueda.
Hansi Flick pidió respeto al confirmar que era un asunto personal. Y el propio Araújo dejó una de las frases que explican por qué el debate ya no cabe solo en los vestuarios: “No todo es dinero ni fama. Somos personas más allá de futbolistas”.
El fin del tabú: del “sé fuerte” a “pide ayuda”
El deporte profesional siempre ha vivido bajo una misma cultura: la fortaleza emocional es sinónimo de silencio. Pedir ayuda se interpretaba como debilidad. En España, ese cambio empezó lentamente. A principios de los 90, Benito Floro impulsó la incorporación de uno de los primeros psicólogos en un cuerpo técnico, una decisión adelantada a su tiempo. Emilio Cidad rompió barreras y luego tuvo como sucesor a Emilio Lamparero.
París cree que parte del problema viene de una herencia cultural: “En el deporte se confundió el sufrimiento con carácter”. Pero esa idea —dice— ha hecho daño: “El sufrimiento no genera carácter; genera sufrimiento”. El cambio real, apunta, es aprender a gestionar frustración, decepción y presión sin convertirlo en una batalla silenciosa.
En esa misma línea, el futbolista del Rayo Vallecano Isi Palazón explicó cómo llegó a somatizar la ansiedad: “Si no sabes lo que te está pasando, piensas que te está dando algo”. Y defendió que acudir a un especialista “es un acto de valentía, no de debilidad”.
Su compañero en la Franja Sergio Camello ha descrito lo que durante años se castigó dentro del vestuario: “Si lloras, está el vacile de ser un llorón”, y ha reconocido que lleva tiempo en terapia para aprender a gestionar esa presión.
Cuando el éxito no protege
El relato se repite incluso en la cima. El éxito no inmuniza. Lo han demostrado algunos de los nombres más grandes del deporte.
Andrés Iniesta confesó que atravesó una etapa oscura tras la muerte de Dani Jarque: “Cuando luchaba contra la depresión, lo mejor del día era tomar mis pastillas antes de irme a la cama. Había perdido las ganas de vivir”. Años después, convirtió su experiencia en un mensaje claro: los problemas de salud mental “pueden afectar a cualquiera”, incluso a quien lo ha ganado todo. Incluso Messi admitió que sabía que necesitaba ayuda psicológica, aunque le costara dar el paso.
En baloncesto, Ricky Rubio decidió detener su carrera para priorizar su bienestar emocional: “He decidido parar mi actividad profesional para cuidar mi salud mental” y reconoció que “el jugador se comió a la persona”. Simone Biles renunció a competir en plenos Juegos Olímpicos para protegerse: “Debo hacer lo que es bueno para mí y concentrarme en mi salud mental”. En tenis, Naomi Osaka abrió un debate global tras abandonar Roland Garros al reconocer que llevaba años lidiando con la depresión y que las ruedas de prensa afectaban a su estabilidad emocional.
Y uno de los testimonios más crudos ha sido recientemente el de Álvaro Morata. El delantero habló de depresión, ataques de pánico y pensamientos autodestructivos: “Tenía miedo de todo”. A esa batalla interna se sumaron los pitos y los insultos que recibía hasta plantearse si compensaba seguir en la Selección: “¿Compensa ir para que te insulten y te piten? No compensa”.
Que los deportistas hablen no es una señal de debilidad, sino de madurez, porque “abre camino” a otros que pueden estar atravesando situaciones similares. Lo que ha cambiado no es necesariamente el dolor, sino la disposición a contarlo. En esa ruptura del silencio, el deporte ha empezado a transformarse desde dentro.
¿Estamos realmente peor?
Más testimonios no siempre significan más casos. Rafa Mateos, psicólogo deportivo de TYM Psicología, pide prudencia antes de sentenciarlo: “No sería correcto afirmar con rotundidad, con la información y los estudios de los que disponemos, que es más probable encontrar trastornos de ansiedad en deportistas de élite que en la población general”. Y añade un matiz clave, durante años pudo haber casos que no se registraban simplemente porque no se comunicaban.
También recuerda que incluso definir “salud mental” no es tan simple, ya que hay quien la entiende como ausencia de trastorno, y quien la vincula a bienestar psicológico y social más allá de un diagnóstico. Por eso, advierte, comparar épocas exige cuidado metodológico.
La presión de hoy es una competición que no se detiene
Si antes existía silencio, hoy existe exposición. París lo resume con una imagen que encaja con el fútbol moderno: “Durante décadas hemos entrenado el cuerpo, pero hemos silenciado la mente”. Y recuerda que una lesión emocional puede ser tan incapacitante como una física, con una diferencia: “No se ve”.
A esa invisibilidad se suma el contexto de un calendario cada vez más exigente y un entorno que deja poco margen para respirar. Raphael Varane, sorprendió al anunciar el final de su carrera internacional en 2023 a los 30 años. El central explicó que el aumento del calendario y la exigencia constante le hicieron sentir que “el jugador se estaba comiendo al hombre”. Tras su decisión, Varane reconoció la necesidad de tomarse un respiro y pasar más tiempo con su familia, además de advertir sobre el coste emocional que afrontan las nuevas generaciones: “Los jóvenes que empiezan van a tener que hacer muchos sacrificios si quieren estar diez años en lo más alto. Es más duro de lo que yo viví”.
FIFPRO, el sindicato mundial de futbolistas, ya ha advertido de la incidencia de síntomas depresivos en el fútbol profesional.
Las redes sociales son la nueva grada infinita
Los deportistas actuales viven con una grada permanente en el bolsillo. Cada error puede convertirse en tendencia global en tan solo minutos. En demasiadas ocasiones, el “análisis deportivo” se convierte en un ataque directo y personal.
El caso de Sergio Camello lo expuso con crudeza: uno de los mensajes que hizo público decía literalmente: “¡Que te dé cáncer y te caigas muerto en el campo, pedazo de mierda!”.
No es un episodio aislado. Carolina Marín ha decidido alejarse temporalmente de las redes sociales tras reconocer que había “colapsado”, una forma de protegerse emocionalmente ante la presión constante y recuperar cierto equilibrio lejos del foco digital.
Andrés París lo describe como “un escrutinio permanente 24/7” y recuerda que el impacto no es igual para todos: “Hay gente que leyendo poco le afecta mucho”. Por eso insiste en distinguir el mundo real del ruido digital: “La ciberrealidad nunca puede ser la realidad; si no estás preparado, mejor no entrar”.
Rafa Mateos, por su parte, pone el freno a las conclusiones rápidas: con la evidencia actual, explica, no se puede afirmar con rotundidad que las redes “causen” problemas de salud mental. En consulta reconoce que un uso excesivo puede afectar a algunos deportistas, pero diferenciar impacto personal de causalidad científica sigue siendo clave.
Salud mental como parte del rendimiento
La gran diferencia respecto a generaciones anteriores es que el deporte empieza a mirarlo de frente. París lo aterriza en rendimiento puro: “Un jugador emocionalmente desbordado es incapaz de tomar buenas decisiones”. Y deja una idea final potente: competir al máximo nivel implica “pagar un peaje psicológico”, no como condena, sino como formación para adquirir recursos para convivir con la presión.
Mateos lo enmarca desde la ética profesional: “Uno debe tener siempre en cuenta el bienestar de la persona, no únicamente el rendimiento”. No se trata de rendir a cualquier precio; se trata de sostenerse.
Romper el silencio también es competir
Quizá la pregunta no sea si los deportistas están peor que antes. Quizá la verdadera revolución es que ahora se atreven a decirlo. En palabras de Andrés París: “La mayor fragilidad mental es no reconocer tu fragilidad mental”. Para él, que los futbolistas hablen no es debilidad, sino madurez. Porque el alto rendimiento no solo se juega con el cuerpo. También se juega en la cabeza.


