Un Boca tibio y sin identidad se llevó una lección (y una dura derrota) ante el audaz Vélez
El equipo de Úbeda no tuvo respuestas ni reacción en el segundo tiempo y cayó por 2-1; Pellegrini marcó dos goles en dos minutos
LA NACION, Claudio Mauri
Perdió y pudo ser goleado en el segundo tiempo por el atrevido y lúcido Vélez. Apenas el golazo del pibe Zufiaurre a un minuto del final maquilló una derrota que igual le dejó moretones a Boca; salió magullado de Liniers. Sin el Changuito Zeballos, a Boca se le agotó la chispa, fue un equipo vulgar, tibio; de no ser por el zapatazo final de Zufiaurre. Vélez le hizo dos goles en dos minutos y en un par de contraataques más lo pudo mandar a su casa con una dura tunda.
No se sostuvo con la batuta de Paredes ni con un Ascacibar que corrió sin encontrar su sitio. Se cita a dos referentes dentro de un equipo con varios momentos oscuros. “No fue un buen partido, no tuvimos el rendimiento esperado”, reconoció Claudio Úbeda tras el final.
Las horas previas al encuentro se consumieron informativamente con las negociaciones avanzadas para que Edwuin Cetré sea un nuevo refuerzo de Boca. Está cerca el acuerdo económico y el otro indicio es la ausencia del extremo colombiano en lista de concentrados de Estudiantes para el partido de este lunes frente a Riestra.

Desde los primeros días de la semana, Boca tuvo que ocuparse en reemplazar a los desgarrados Zeballos y Herrera. Cambió la configuración del mediocampo, con el ingreso de Delgado en el eje, Ascacibar como N° 8 y Paredes de interior izquierdo. Aunque con diferentes características, son tres volantes centrales, de mucho control y pase, sin gambeta. Recuperado de la lesión, reapareció Merentiel, que le devolvió al equipo la capacidad para ser apoyo y descarga, pero sin peso en el área. Lo afectó la inactividad y salió malhumorado cuando lo sustituyó Ángel Romero.
Con menos nombres y relieve individual, Vélez mostró actitud y personalidad para intentar dominar el juego. El juvenil Andrada y el experimentado Baeza patrullaron con criterio varios pasajes del primer tiempo. Aprovecharon que Boca ejercía una presión discontinua, con tendencia a replegarse para recuperar la pelota en su campo y salir con la distribución en largo de Paredes, cuando no lo hacían de manera más imprecisa Di Lollo y Costa con pelotazos.

En los primeros 25 minutos, el factor diferencial del cotejo fue la gambeta de Lanzini, mucho más confiado, ágil y creativo que la versión lánguida que lo persiguió en River. Lanzini aportó lo que escaseaba en el desarrollo: gambeta y control orientado para encarar. Vélez insinuaba un poco más, pero le costaba redondear los avances. Monzón (Braian Romero está lesionado) era absorbido por los zagueros centrales, Pellegrini estaba un poco aislado por la derecha -sería letal cuando hizo las diagonales para llegar como centrodelantero- y al resto de los volantes se le acumulaba el trabajo como para pisar el área con pretensiones.
A Boca no le fluía el juego, no había complementación entre Paredes y Ascacibar, que en la primera etapa se lo vio en un segundo plano que nunca tenía en Estudiantes. Lo de Boca pasó mucho por los pies de Paredes, cerebro y ejecutor. En los primeros 45 minutos, el campeón del mundo no le pudo sacar jugo a uno de los recursos más redituables de Boca: la pelota detenida. Los cinco córners que tiró quedaron cortos, se diluyeron en el tumulto en el área.
El partido había empezado con buen ritmo, prometedor, pero lo que siguió demostró que era un espejismo. Compartieron dificultades para generar situaciones de gol. Se nublaban en los últimos 25 metros. Si no era una imprecisión, la toma de decisiones no era la correcta. Se imponían las defensas, que en el caso de Boca está consolidada en cuanto a presencias, con la misma línea de cuatro en 16 de los últimos 17 partidos.
Remates sin potencia de Paredes y Zenón por el lado de Boca; un remate mordido de Valdés, otro alto de Lanzini y un par de cabezazos incómodos de Monzón por el de Vélez. Los arqueros tenían una noche tranquila, eran poco exigidos.
Del descanso, Boca volvió con un cambio de juveniles de las inferiores: Zufiaurre por Gelini, que había estado más pendiente de las subidas de Elías Gómez que de profundizar por su sector. De la imagen de equipo mejor cohesionado que había mostrado Vélez salió una ráfaga de dos goles en dos minutos. Ambos muy bien construidos colectivamente, con combinaciones, cambios de frente y movimientos de distracción.
El primer tanto surgió de una equivocación de Barinaga en la mitad de la cancha y el segundo tuvo el punto de partida en una pérdida de Ascacibar. La cuidada construcción de los dos ataques tuvo la misma resolución: asistencia del chileno Valdés y definición de Pellegrini, uno con un cabezazo cruzado y el otro en una entrada frontal. En ambas acciones quedó pagando la zaga central de Boca.
Fueron dos sopapos que dejaron a Boca en babia, expuesto a recibir dos goles más con Pellegrini y el juvenil Godoy. Había entrado Ángel Romero en un equipo que necesitaba despertar, darse cuenta que Vélez se había agrandado y ya no lo respetaba. Como ocurrió en otros partidos, no se sabe a qué juega Boca, no tiene un estilo ni una identidad. Da la sensación de que juega a lo que le sale, no hay un plan, más allá de intervenciones individuales que pueden ser desequilibrantes.
Los hinchas de Vélez, felices con su equipo, cantaban “ole, ole” cuando llegó el descuento de Zufiaurre. Una música que a los oídos de Boca debe hacer mucho ruido.


