River extravió el juego, perdió la solidez defensiva y suma derrotas que arrastran a gestos de nerviosismo en Gallardo
Sin fuego ni ideas, cayó 1 a 0 con Argentinos en la Paternal; suma 17 partidos sin revertir un resultado; el Muñeco, expulsado
Se extravía en la cancha y afuera. Se derrumba en el campo y no descubre soluciones en el banco de suplentes. El conductor, aquel que construyó un modelo ganador y agigantó con títulos a River, tampoco logra que sus jugadores ensayen las indicaciones y las estrategias que se trazan en la semana. La derrota por 1 a 0 con Argentinos, en la Paternal, es una nueva decepción para los millonarios, que se enredan rápidamente y pierden los estribos.
Sin juego, sin rebeldía para pedir la pelota, dependiente de lo que puede fabricar Quintero, la ilusión y los pasos firmes que dio en el comienzo del torneo Apertura se desvanecen. Dos tropiezos, dos caídas en las que la imagen no alcanza para provocar expectativas. La idea de ensayar un borrón y cuenta nueva, tras un cierre de 2025 en el que las metas no se cumplieron, es una tarea que demandará tiempo, aunque la paciencia es una virtud que River traspapeló.
Los movimientos que ensayó Gallardo son un síntoma de la anemia ofensiva del equipo. Afuera Maxi Salas, que fue decayendo en su nivel futbolístico después de que River pagará la cláusula de rescisión de contrato de 9 millones de euros a mitad de 2025, y Colidio, resistido en los últimos juegos por los hinchas. Los dos atacantes fueron reprobados en la caída con Tigre, el sábado en el Monumental. No hay demasiado para elegir en el plantel, porque no hay un N°9 de área como tuvo el Muñeco en el pasado: Scocco, Pratto, Borré, Beltrán, Girotti, Suárez, Alario, Borja, Bareiro, ni un futbolista de la técnica y la presencia de Julián Álvarez, El juvenil Ruberto, de 20 años, la apuesta en la Paternal para ser el receptor de una búsqueda que en la actualidad parece un tesoro inhallable.
La dependencia de Quintero, que con sus pinceladas marca el rumbo, necesita del acompañamiento del resto para marcar una diferencia y no caer en intermitencias que repercuten en el funcionamiento del eje de ataque, es un mal que aqueja a River, que además pierde los estribos con rapidez. Los típicos reproches para corregir errores se convierten en escenas de histeria.
Montiel, que venía de definir sin puntería y reclamó una falta de Viveros, una acción que no se percibió y que el árbitro Merlos y el VAR desestimaron, fue protagonista también en su área con un cierre imperial, después del tropiezo de Martínez Quarta, que recibió un impacto en la cabeza de Molina: además de recibir atención médica fuera del campo, el cuerpo médico utilizó un gorro de natación para cubrir la zona y sostener el vendaje.
También con gestos y palabras los millonarios se exigían concentración, actitud, compromiso... La que el conjunto no tuvo para despejar y hundirse: intentó progresar para diseñar un contraataque que el equipo no tiene y pagó con un gol en su arco. Martínez Quarta dejó la pelota suelta, provocó la captura de Viveros, que sin pausa habilitó al genial Hernán López Muñoz. Los ojos bien abiertos y el remate perfecto, cruzado, lejos del alcance del juvenil arquero Beltrán. River, como en el recorrido en el torneo, fue de mayor a menor y se enredó en su propia desazón.

Acuña, que volvía a la titularidad en reemplazo del lateral Viña, dejó de jugar y se enzarzó con el árbitro Merlos, que un rato más tarde expulsó a Gallardo al considerar que el entrenador hizo un gesto burlón por una infracción que sancionó a favor de los millonarios. A esa altura, River estaba abajo en el marcador y las escasas respuestas futbolísticas preocupaban ante un rival que ofrecía a Molina como una amenaza latente y exigía a una defensa que no tenía en Aníbal Moreno a un dique de contención.
Inconforme con lo que produjo el equipo y disgustado por la tarjeta roja que recibió, Gallardo movió piezas y la salida del colombiano Castaño -otro partido de flojo rendimiento- fue también una señal de que el volante agota las oportunidades. Otra pieza de corto recorrido como Ian Subiabre fue el elegido para acompañar a Ruberto, que quedaba atrapado en la telaraña que proponía la defensa de Argentinos. A esa altura, Acuña caminaba por la cornisa -tenía tarjeta amarilla- y fue reemplazado por Viña; sin soluciones, aquel diagrama de un único delantero quedó archivado y Salas pasó de suplente a posible carta de gol. El estreno del juvenil ecuatoriano Kendry Páez, un nuevo intento de corregir el rumbo y ofrecerle vuelo al ataque. No pasó.
La derrota de River con Argentinos
La solidez defensiva que arrastraba River en tres fechas se derrumbó con Tigre y Argentinos aprovechó el desconcierto. Y ante la adversidad se le hizo complejo pensar, agruparse, tener juego asociado. Era todo forzado, sin circulación de la pelota y los espacios para cubrir se agigantaron con la salida de Juan Portillo, que apenas estuvo un minuto en el campo de juego. El defensor se lesionó la rodilla izquierda en un intento de recuperar el balón ante Fattori; retirado en camilla, los gestos de dolor y desconsuelo invitan a imaginar que se trató de un daño de gravedad.
Blando en defensa y sin fuego en ataque, River se desplomó lentamente. No alcanzaban los chispazos de Quintero, tampoco algún arresto individual de Salas, que pretendió contagiar, aunque era controlado por Álvarez y Godoy. El pasado reciente que los millonarios pretenden olvidar y dejar en el pasado, son escenarios que no logra controlar. Un equipo que está sin brújula en la cancha y que tampoco descubre la serenidad de otros tiempos cuando observa al banco de suplentes. El deseo de renovar esperanzas se hizo cuesta arriba y batallar en los tres frentes, con la Copa Argentina y la Copa Sudamericana, es un objetivo que por ahora no tiene resolución.


